Daniel Omar De Lucía
El objetivo del presente trabajo no fue realizar un estado de la cuestión exhaustivo sobre la relación entre campo intelectual y campo político en Latinoamérica en las décadas del 60 y 70 del siglo XX1. Nos propusimos un objetivo bastante más modesto. Nos interesa reconstruir el itinerario general por el cual la historia de los intelectuales críticos, en aquellas décadas, se terminó constituyendo en un tópico central de la reflexión sobre la historia de los intelectuales de nuestro subcontinente y su proyección hasta nuestros días.
Para alcanzar tal objetivo nos planteamos analizar una serie de textos axiales que desde los años 80, del pasado siglo, vienen poniendo el lente en el rol de los intelectuales iberoamericanos durante el periodo que va desde el impacto de la revolución cubana al cierre autoritario del campo intelectual por las dictaduras de los años 70 y la posterior transición a democracias constitucionales. Nos propusimos cruzar a autores que le concedieron centralidad en sus análisis a las relaciones entre el campo intelectual y campo político con otros que analizaron el agotamiento o el auge de distintas formas de leer la realidad como un proceso transversal a las esferas política e intelectual en las décadas predichas. Desde dicha perspectiva buscamos identificar los momentos claves en que las relaciones entre campo intelectual y campo político, en aquellas décadas, fueron revisitadas, a partir de los interrogantes que los estudiosos fueron capaces de formular y las respuestas que ensayaron desde ese entonces hasta el día de hoy. Por último, nos animamos a una modesta incursión en el campo propositivo sugiriendo algunos caminos que, entendemos, pueden ayudar a enriquecer la agenda temática y aportar a las líneas de interpretación del estado de la cuestión sobre estos temas. Este último objetivo lo encaramos partiendo de la idea que, luego de décadas de correr ríos de tinta al respecto, el estado de la cuestión sobre campo intelectual/campo político latinoamericano entre 1960 y 1980 puede abrir sus campos temáticos en varias dimensiones. Uno de los objetivos que nos propusimos al acometer la tarea de redactar el presente artículo fue poder establecer cuáles son, a nuestro entender, los límites y el alcance del estudio de las relaciones entre la esfera política y la esfera intelectual latinoamericana en las décadas del ascenso revolucionario, pero contemplándolas desde los interrogantes que podamos hacer desde el tercer milenio.
Los intelectuales de la transición y el balance de un pasado reciente
En Argentina, como en el resto de Latinoamérica, los años de la transición a la democracia alumbraron un interés natural por revisar el papel de los intelectuales en el ámbito nacional y latinoamericano en las décadas precedentes. Este interés nacía de la necesidad de explicar una etapa reciente de la historia del país donde el rol de los intelectuales sobresalía, aún para el más elemental de los abordajes del periodo, y donde dicho protagonismo había pasado por etapas vertiginosamente cambiantes. Incluyendo una revalorización y crecimiento de la centralidad del rol de los intelectuales críticos en el campo político y su posterior sindicación como un elemento clave de la construcción del enemigo interno por los regímenes dictatoriales que clausuraron el periodo. Pero hay algo más. La democracia “participativa” de los años 80 se anunciaba como un proceso en el cual la relación intelectual y poder político podría replantearse en un sentido que se suponía fecundo. Se trataba de una relación deseada por los actores involucrados, aunque, y en eso parecía haber un consenso, debía replantearse revisando los paradigmas de los nexos entre esfera política y esfera intelectual de las décadas anteriores.
Dosartículos de destacados intelectuales argentinos de los años 60 y 70, que alcanzarían una importante inserción académica en las décadas siguientes, plantearon, en los primeros años 80, lo que serían las líneas generales de la reflexión sobre las relaciones de los intelectuales y el poder político en el pasado reciente y en los tiempos que corrían. En 1985 Beatriz Sarlo rompería el fuego, en la revista Punto de Vista, desarrollando dos ejes propositivos que serían tomados como puntos de fuga por muchos analistas que seguirían su camino: a ) la toma de distancia, por parte de los intelectuales, de la violencia insurgente de los años 60 y 70 y su alineamiento acrítico con los modelos del “socialismo real” y; b) una revalorización, a futuro, de la democracia política como un régimen capaz de favorecer el desarrollo gradual de una sociedad más igualitaria y replantear de una manera pluralista las relaciones entre la esfera política y la esfera intelectual recreando una cierta autonomía para esta última. Del replanteo de la relación intelectuales/poder político/sociedad, derivada de los dos ejes anteriores, Sarlo arriba una tercera conclusión. Si en las décadas signadas por expectativas revolucionarias los intelectuales pretendían hablar en nombre de la clase, la nación o la revolución ahora podían plantearse como un actor social que interpelaba la realidad desde sus propios límites. Si con estos elementos nos encontramos frente a ideas fuerza que ganarían un amplio consenso, Sarlo agregaba otra preocupación que no tendría la misma fortuna viendo disminuida su centralidad incluso en futuros trabajos de la propia autora: la necesidad de que el papel de los intelectuales no se limitara a un apoyo pasivo y acrítico de los procesos políticos en marcha. La idea que el trabajo de revisar el rol de los intelectuales de las décadas precedentes no condujera a una desvalorización del rol crítico del intelectual frente a los puntos oscuros de las nuevas situaciones políticas emergentes. Sarlo insistía que, aunque ya no tenían validez las certezas con que los intelectuales de los 60 y 70 buscaban interpelar a los sectores populares a partir de modelos políticos e ideológicos inapelables, todavía tenía sentido querer recrear un diálogo con las masas en un sentido más flexible, pero sin renunciar a la búsqueda de promover una transformación. Los intelectuales no debían tomar como único interlocutor a los nuevos poderes políticos dispuestos a concederles algún espacio de poder ni tampoco escribir para sí mismos.
Sin duda, esta situación es producto de la situación que acabo de describir estas notas. La desconfianza ante el imperio de las razones exteriores que habían borrado las tensiones entre cultura y política es una de las formas de la crítica a nuestro pasado. Sin embargo, la conformidad con los límites de nuestra práctica presente no tiene que ser necesariamente la consecuencia de esa crítica. Del mismo modo, la crítica de nuestra política no tiene como corolario indispensable el moderantismo. Se trata de ver si los intelectuales que venimos del proceso de radicalización de las décadas anteriores, podemos proponer algo diferente a una reafirmación obtusa del pasado (que tiene a la esclerosis ideológica como argumento central) o a una crítica que en lugar de deconstruirlo para leer sus varios sentidos, se empecine en enterrarlo y, en consecuencia, en aplanar esos sentidos planos y contradictorios. (Sarlo, 1985, p. 6)
Parecidas preocupaciones planteaban Carlos Altamirano, viejo coequipero de Sarlo en la tarea de estudiar a los intelectuales, en un artículo aparecido en la misma publicación al año siguiente. Altamirano tomaba como eje el análisis de la situación de los intelectuales bajo la represión y en democracia. Al igual que Sarlo planteaba la toma de distancia de la violencia revolucionaria setentista y la revalorización de la democracia política. También para Altamirano los intelectuales podían, frente al nuevo escenario posdictatorial, hablar en nombre de sí mismos como un actor político con peso propio. Altamirano le dedicaba unos párrafos a analizar las consecuencias de un fenómeno a esa altura bastante visible: la ocupación por parte de los intelectuales, solidarios con los nuevos oficialismos políticos, de posiciones de poder de relativa magnitud. En esa perspectiva tampoco se privaba de expresar preocupaciones como la de Sarlo, en el sentido que no termine campeando en el campo intelectual crítico una adhesión unilateral a los nuevos consensos establecidos. Altamirano proponía hablar más que de “mímesis”, como hacía Sarlo, de “institucionalización” y del peligro que el intelectual devengara en mero académico
Si la modernidad no ha de ser únicamente una cultura de la eficiencia y la razón instrumental, si la democracia no ha de ser solo preservación del estado de derecho y ritualización de la competencia política, siempre aparecerán, más allá del poder y de los que aspiran al poder, más allá de la institucionalización académica o estatal, intelectuales que hagan preguntas impertinentes, reinterpreten el conflicto, lo hagan aparecer y legitimen cuestiones que no figuren en la agenda pública ni merecen la atención de la media. Es deseable que así sea, a menos que se aspire a la institucionalización total, sin márgenes para la innovación cultural y social por fuera de la lógica de los aparatos de la vida contemporánea. Aún con lo incierta que es todavía la proceso democrático que estamos recorriendo, creo que es deseable que así sea. (Altamirano, 1986, p. 4)
Imagen 1. Portada de Punto de Vista

Fuente: Archivo Histórico de Revistas Argentinas, https://ahira.com.ar/ejemplares/25-4/
El rasgo que más aproxima a ambos artículos son las preocupaciones comunes y diagnósticos semejantes. Esa proximidad se proyecta en la salvedad que ambos autores plantean frente al peligro de la integración de las fracciones de intelectuales en un consenso acrítico frente a las situaciones políticas consolidadas. Siendo llamativo que, a nuestro juicio, un análisis del derrotero de los espacios de referencia donde se reconocían Sarlo y Altamirano, en esos años, (Grupo Esmeralda, Club de Cultura Socialista) no arroja el establecimiento de un límite programático claro, un non plus ultra, en el apoyo al pragmatismo político del primer gobierno de la democracia constitucional recuperada2. Pero más allá de las conductas políticas de personas y grupos lo interesante, de ambos artículos, es que sentaron las bases de una línea de análisis sobre el rol de los intelectuales en las décadas precedentes a la transición a la democracia política. Estos dos artículos son una muestra de una clara autoconciencia, de parte de los intelectuales críticos, de los cambios que se habían producido en las relaciones entre esfera intelectual y esfera política, las transformaciones que se proyectaban a futuro y la centralidad que estos temas estaban llamados a tener de ahora en más. Pronto llegaría la hora de que este campo temático comenzara a hacer abordado en trabajos de más largo aliento y con una agenda temática más amplia.
Terán y Sigal. El caso argentino, especificidad e inserción continental
A comienzos de la última década del siglo veinte aparecieron dos importantes trabajos sobre los intelectuales argentinos en la década larga que siguió a la caída del primer peronismo. Situándose en la coyuntura marcada por una serie de procesos convergentes en nuestros medio Néstor Terán se propuso estudiar el derrotero de una fracción de intelectuales críticos en Argentina en esos años,
en una época en que la política paso a ser una instancia legitimadora también en el medio intelectual. definidos en sus intereses por la fuerte direccionalidad de sus discursos hacia los aspectos sociales y políticos de la realidad argentina; en esa empresa escrituraria ellos constituyeron una serie de objetos teóricos recurrentes que concluyeron por diseñar un mapa temático que los identificó. (Terán, 1991, p. 11)
Por su parte Silvia Sigal se propuso centrar su lente en las relaciones entre esfera intelectual y la esfera política como punto de fuga de la misma coyuntura.
Estas diferencias expresan la existencia de una esfera propiamente cultural y de una esfera ante todo política, dotadas de principios y de reglas de funcionamiento específicos; es el reconocimiento de esta distinción, precisamente, el que autoriza un examen de las relaciones entre ambas. (Sigal, 1991, p. 23)
Partiendo de presupuestos comunes ambos trabajos se inscriben en perspectivas teóricas diferentes. Nuestros años 70, de Terán, se sitúa en la perspectiva de una historia de los intelectuales en diálogo con la historia de las ideas e Intelectuales y poder en la década del sesenta, de Sigal,se relaciona más con la búsqueda de hacer una sociología de los intelectuales. Mientras Terán tomó como punto de partida liminar la crisis que siguió a 1955, Sigal procede a una interesante indagación y balance del rol de los intelectuales en la vida intelectual y política de la Argentina desde los años de la consolidación del Estado Nación y el modelo agroexportador, tomando como puntos de inflexión la ampliación del sistema político (1912-1916) y el proceso de la Reforma de 1918. Le interesa a esta autora resaltar las particularidades del rol de los intelectuales en la historia larga de la Argentina donde, sostiene, estos no habían jugado tradicionalmente un rol tan directamente ligado a la intervención política, como en otros países latinoamericanos. A la hora de definir los marcos de su trabajo Sigal se propuso trabajar con una definición flexible de lo que es un intelectual.
Un rasgo singulariza las actividades que aquí interesan: son discursos y prácticas que se apoyan en la posesión de un saber para legitimar pretensiones de intervención en la esfera social –ideológica o política–. No nos interesan entonces, los intelectuales en tanto creadores, educadores o profesionales, sino como agentes de circulación de nociones comunes que conciernen el orden social. (Sigal, 1991, p. 19)
Tanto Terán como Sigal les conceden centralidad a determinados procesos (La crisis del consenso luego de la caída del primer peronismo, la experiencia frondizista y el proyecto desarrollista, el impacto de la revolución cubana, y la conformación del espacio político e ideológico identificado con el modelo castrista) Las diferencias, entre ambos autores, se dejan sentir más cuando se trata de analizar las distintas etapas de este proceso. A nuestro juicio Terán establece una agenda temática más rica que le permite analizar mejor el fenómeno de la llamada Nueva Izquierda y los múltiples diálogos interdisciplinarios que se tejieron alrededor de ella (diálogo cristianismo-marxismo, auge del estructuralismo, psicoanálisis, el fenómeno del cepalismo) Resalta la importancia del golpe de 1966 como un punto de ruptura con todo un proceso de renovación iniciado una década antes. Por su parte Sigal sostiene que la instauración de la dictadura de Onganía significo un quiebre en algunas áreas del campo intelectual y el campo político, pero no en un sentido tan general como el que plantea Terán. Ella se inclina en ver en un suceso como el Cordobazo, que marcó la defunción del proyecto autoritario corporativo del onganiato, como el inicio de un escenario en donde la inestabilidad del país derivó en violencia mientras se agotaban, una tras de otras, las soluciones políticas que buscaban estabilizar la situación hasta el golpe de 1976. Sigal ve en la Argentina de principios de los años 70 como el comienzo de una etapa en que se acentúa la tendencia de la subordinación de la cultura y la actividad intelectual a la lógica política (Sigal, 1991, p. 249). Por su parte Terán resalta, en ese mismo periodo, el avance del anti intelectualismo, entendido como crítica al intelectual que no se identifica plenamente con el proceso revolucionario (Terán, 1991, pp. 150-159). Etapa que en otros abordajes se ha propuesto generalizar al conjunto de América Latina.
A nuestro juicio Terán contextualiza mejor el proceso del paso de un escenario marcado por la expansión y la consolidación de la Nueva Izquierda a un periodo donde el establishment logró enfrentar a los intelectuales críticos con cierta solidez. Especialmente en su análisis del “bloqueo tradicionalista” representado por los intelectuales de la derecha católica y la inserción de su ofensiva en los marcos de la Guerra Fría Cultural que buscaba confrontar con la buena prensa del modelo revolucionario cubano. En Nuestros años sesenta los actores políticos y sus estrategias revisten una mayor centralidad que en un trabajo como el de Sigal que apunta a la identificación de tensiones más estructurales
Imágenes 2 y 3. Portada y portadilla de Nuestros años sesenta

Fuente: Imágenes del autor.
Quizás la mejor síntesis sobre los elementos comunes y las diferencias entre estos dos trabajos se encuentre en el diálogo entablado entre ambos autores reproducido en la revista Punto de Vista en abril de 1992. Es interesante la discusión de Terán y Sigal sobre un tema que ocupa una atención central para ambos: la violencia. Mientras que Sigal cree ver prefigurado en la temprana adscripción del modelo cubano, la subordinación del debate intelectual a la lógica política y la futura acción de las organizaciones armadas, Terán cree que la identificación con la revolución cubana excedió, en mucho, la opción por las armas. Cree que la génesis de la violencia política hubiera que buscarla también en la evolución política de la Argentina después de la ruptura producida por el golpe de 1966 (Terán y Sigal, 1992, pp. 42-48).
Halperín y Aricó y las formas de leer el pasado/presente de América Latina
En este punto analizaremos dos trabajos tempranos que analizan aspectos particulares del campo intelectual de los 60 que se relacionan con las tensiones involucradas en una historia de los intelectuales latinoamericanos y sus formas de leer el pasado/presente del subcontinente en el periodo que nos ocupa. Ellos son: Tulio Halperín Donghi en Nueva narrativa y ciencias sociales hispanoamericanas en la década del 60 (Rama, 1984, pp. 144-165) y La cola del diablo (1988), el clásico libro de José Aricó sobre la difusión del pensamiento de Gramsci en América Latina. Los ejes que nos interesan resaltar de estos trabajos son: a) la vigencia de determinadas formas de leer el pasado/presente latinoamericano, en la coyuntura del 60, desde la literatura y desde las ciencias sociales (Halperín); b) y el opus de Gramsci como un instrumento con el que se pretendía leer la realidad continental dentro del universo de ideas del marxismo en clave iberoamericana (Aricó). Estos dos ejes se relacionan con un fenómeno, cuasi liminar, que ambos autores perciben en el campo intelectual y político latinoamericano al comenzar el periodo de los años 60 y 70: la crisis de un esquema de tiempo largo en la forma de leer la historia latinoamericana: Civilización/Barbarie en la versión liberal; la traslación marxista clásica: revolución democrático burguesa contra los restos del feudalismo y, finalmente, la oposición atraso/modernidad en la mirada de los nuevos sociólogos de la modernización. Halperín dice que la narrativa del “realismo mágico” fue una forma de leer en clave utópica dicha crisis que, en el caso de las ciencias sociales, derivó en un proceso que pasó del entusiasmo revolucionario a un catastrofismo pesimista a pesar de sí. Por su parte Aricó sostiene que cierto descubrimiento de Gramsci en los años 50-60 fue también una forma de leer la realidad latinoamericana nacida de una ruptura con el etapismo tercerista. Luego durante la ofensiva contrarrevolucionaria de los 70 Gramsci sería leído buscando concebir la lucha por la hegemonía ya no entendida desde una perspectiva revolucionaria.
Según Halperín la narrativa del realismo mágico plantea, en un esquema de mitos y fábulas, y en una exaltación exuberante de la vitalidad, la crítica de la lectura evolucionista, gradualista o etapista del pasado/presente latinoamericano y proyecta ese optimismo hacia un futuro utópico del que no se dudaba que iba a ser radicalmente distinto del presente.(“…esa narrativa latinoamericana parece cumplir por fin la promesa del surrealismo: al arte, empresa del conocimiento, es a la vez, empresa lúdica, colocada bajo el signo del gozo”; Rama, 1988, p. 154). Inscrito dentro del fenómeno del llamado “boom” de la literatura latinoamericana esta narrativa, a tono con la subjetividad de la época, tuvo fuerte éxito en el mercado literario sobreviviendo al fin de la atmósfera política en el cual se gestó. Halperín contrapone el proceso que se dio en el campo literario con el desarrollo de las ciencias sociales en ese mismo periodo resaltando que el científico social no pertenece al mundo del mercado sino que su principal vínculo es con el Estado, en su rol investigador o académico, o dependiendo de la financiación de los centros de investigación de los países centrales que, a comienzos de los 60, estaban interesados en comprender los movimientos que impugnaban la realidad dominante en el subcontinente. Los debates en el campo de las ciencias sociales se vieron mucho más determinados por las condiciones políticas cambiantes que la literatura. El optimismo que acompaño las expectativas revolucionarias de los primeros sesenta dejaría paso, a una visión más tensionada en la transición de los sesenta y setenta. La principal expresión de esta inflexión fueron algunas lecturas de la realidad latinoamericana basadas en las versiones duras de la teoría de la dependencia, casi en vísperas de los golpes de Estado que cerrarían el campo político y el campo intelectual a sangre y fuego. Halperín ve en la obra de André Gunder Frank el reflejo, más crudo, del derrumbamiento de la vieja visión etapista de la historia latinoamericana, pero, en este caso de signo pesimista. América había sido capitalista dependiente desde la llegada de los españoles. Siempre igual a sí misma en su dependencia y atraso. La tarea no era liquidar los restos del feudalismo. Solo podía cambiarse la realidad por medio de una revolución radical que, luego de 1970, parecía menos posible que unos años atrás.
Es interesante que Halperín ponga como ejemplo de esa visión pesimista que ganaba terreno en las ciencias sociales a comienzos de los 70 a un intelectual como Gunder Frank que fue participe y analista, desde un ángulo crítico, de un proceso que alumbró una fuerte esperanza y luego una dura desilusión como la Unidad Popular en Chile. Un proceso que nunca contó con el consenso generalizado, a favor, de los intelectuales de izquierda latinoamericana pero que fue leído, evaluado, revisado y criticado atentamente. Especialmente por mujeres y hombres salidos de su propio seno, pero excediendo en mucho ese ámbito. Un proceso que podía ser tanto defendido o criticado desde distintas perspectivas y que ofrecía rasgos originales a la hora de pensar la posible autonomía de los intelectuales frente al poder político. Una experiencia que, a nuestro juicio, puede considerarse como parte del momento político e intelectual del 68, pero en versión latinoamericana. El gobierno de la “vía chilena al socialismo”, sin dejar de revestir algunos rasgos muy locales, tuvo ese carácter de “estado de asamblea” y experiencias de contra poder que lo hermanan con las primaveras europeas, aunque con mayor extensión cronológica. Leído desde la perspectiva de las relaciones entre el campo político y el campo intelectual se trata de un proceso que se caracterizó por haber llevado adelante, su análisis y revisión, desde perspectivas teóricas de cierta entidad, a medida que se iban desarrollando los acontecimientos. Un proceso en el que, entendemos que no por casualidad, la dimensión comunicacional ocupo un lugar central en los balances realizados por los intelectuales, locales, e internacionales. Incorporando de esa manera la crítica de las estructuras simbólicas que hacen al hecho social, expresando u ocultando relaciones de poder, hija de la experiencia del mayo del 68, a un proceso de transformación que se producía en el Cono Sur de América.3 Contemporánea al momento de mayor entusiasmo político e ideológico por el modelo de la insurgencia armada en Latinoamérica la experiencia de la UP nos recuerda que la relación intelectuales, política y pensamiento de izquierda nunca fue unilateral ni se resumió en unanimidades de criterio.
Halperín concluye su artículo analizando la oposición narrativa/ciencias sociales:
La despedida de la historia era en esta feliz, porque lo que la cerraba era la inminente madurez de los tiempos; en aquella desdichada, porque se daba ya en la nostalgia de una revolución, a la vez, necesaria e imposible, sola capaz de dar retrospectivamente sentido a ese telar de monótonas desdichas e iniquidades. (Rama, p. 164)
Lo interesante de este análisis es que permite ver en los procesos contrapuestos dos estructuras del sentir, de sentido contrario, que coexistieron en el campo intelectual latinoamericano, de esos años y que involucraban también al terreno en el que el campo intelectual y el campo político se relacionaban entre sí.
Esa misma reflexión sobre la crisis de toda una visión del pasado/presente latinoamericano la encontramos, tácitamente, en el trabajo de Aricó sobre la influencia de Gramsci entre los intelectuales latinoamericanos. Creador de una obra que reflexionaba sobre la formación económico social de países periféricos al capitalismo central Gramsci parecía muy adecuado para leer la compleja realidad latinoamericana. La importancia que Gramsci le concedía al rol del Estado, a las asimetrías regionales, y otros procesos superestructurales permitía ensayar nuevas lecturas de las contradicciones de Iberoamérica. Permitía comprender como algunas tareas históricas fueron, en nuestro continente, llevadas adelante por otros actores que los que se encontraban en la historia europea. Temas que involucraban el rol de los intelectuales en el pasado, pero, también, en los procesos políticos presentes y por venir. Señala Aricó que en la América Latina que vivía el impacto temprano de la revolución cubana el althusserianismo expreso un primer influjo más fuerte que el interés por Gramsci. Pero la lectura marxista althusseriana, voluntarista e identificada con el foquismo, dejaría lugar a una influencia, menos marcadamente política, como la de Gramsci un autor que permitía el cuestionamiento de las viejas ortodoxias terceristas desde otro lugar. Por ejemplo desde la recreación del diálogo del marxismo con otros universos de ideas y culturas políticas (estructuralismo, psicoanálisis, escuela de Annales, redescubrimiento de la obra de Mariátegui) por una publicación como Pasado y Presente (Córdoba, 1963) que se proponía: “establecer un punto de pasaje entre el proletariado y los intelectuales”(Reproducido en Terán, 1991, p. 173)4 .Pero también cuestionando la rigidez del viejo esquema de la revolución por etapas que se proyectaba sobre obra de Héctor Agosti y su búsqueda de remozar ese esquema tradicional con una primera introducción de elementos gramscianos dentro del bagaje intelectual del PC. Desde una perspectiva más rupturista la nueva generación de gramscianos buscaba releer a Gramsci para repensar el cambio revolucionario en los países latinoamericanos donde era más apreciable la coexistencia de una estructura capitalista periférica, relativamente moderna, con estructuras más atrasadas (Argentina, México, Brasil, Chile, etc.) Aricó recuerda la experiencia de Pasado y Presente, que lo tuvo como principal inspirador, como una forma de leer la realidad de la Córdoba que incubaba el Cordobazo desde un Gramsci que aparte de teorizar sobre la lucha de posiciones también fue el inspirador de los Consejos Obreros de Turín.
Fue el Gramsci “nacional y popular” quien en 1965 nos ayudó a plantear la cuestión de la caducidad de una forma histórica de pensar la soldadura de los intelectuales con los trabajadores. Y digo plantear, no resolver, porque la pregunta no tuvo respuestas. En 1973, fue en cambio la experiencia de los consejos obreros lo que alimentó nuestras reflexiones sobre un contrapoder que veíamos crecer en la sociedad argentina. (Aricó, 1988, pp. 78-79)
Esa lectura de Gramsci realizada desde la Córdoba de la “lucha de calles” también podría llegar a ser cercana a una apropiación dialógica de ideas y formas de leer la realidad de la Nueva Izquierda sesentayochista de los países centrales. Insiste Aricó que el Gramsci “nacional y popular”, leído en clave jacobina o leninista, de fines de los años 60 y comienzos de los 70 dejaría, luego, paso a una lectura distinta de Gramsci en los años de las dictaduras latinoamericanas. El Gramsci de los simposios de la UNAM de México donde los intelectuales exiliados comenzaron a sostener la necesidad de la lucha por la hegemonía y la creación de un nuevo bloque histórico, pero en la vía de la democracia política y la reforma gradual del capitalismo atrasado.
Imagen 4. Portada de Nicaragua: el papel de la vanguardia

Fuente: Imagen del autor.
En ese entonces el fenómeno disruptivo de la revolución sandinista (1979) parecía prestarse bastante bien a ser leído tanto desde el Gramsci leninista como por el Gramsci leído en clave socialdemócrata. La revolución nicaragüense no sustituyó a la centralidad del modelo cubano, pero ayudó a correr los ejes de varios debates sobre los procesos revolucionarios en Latinoamérica. (Lucha de posiciones/guerra de maniobras, protagonismo de sujetos no clasistas, reivindicación del pluralismo político, reformulación del conflicto de bloques, etc.)5. Era ese espacio donde, a comienzos de los años 80, en épocas de las transiciones posdictatoriales, podían coexistir, desde perspectivas divergentes pero no antagónicas, Marta Harnecker y Carlos Andrés Pérez; la Internacional Socialista y el eurocomunismo; la teología de la liberación, el Consejo Mundial de Iglesias, la UNESCO y los diplomáticos del Grupo Contadora. Por otra parte, fue una revolución que permitía volver a evocar un imaginario campesino de la América mestiza, más afín aún con el universo del “realismo mágico”, que el pasado afroantillano y esclavista de la revolución cubana. Managua y Masaya estaban más cerca de Macondo que de La Habana y Santiago de Cuba. El “pequeño ejército loco” de Sandino tenía un aire más de familia con las milicias de la América profunda que el Ejército verde Oliva de Fidel y el Che. Aunque, por oposición, Cuba estaba llamada a seguir siendo el recordatorio, aún tardío, que esa revolución inevitable que los teóricos de la dependencia solo podían concebir como desde el vamos anticapitalista, en la práctica había sido, por lo menos una vez, realidad.
Para resumir, podemos decir que la narrativa del realismo mágico, la teoría de la dependencia y el descubrimiento, plural y procesual, del opus de Gramsci, fueron tres elementos que encuentran un punto de fuga en la pérdida de terreno de una serie de esquemas pretéritos en la interpretación de la realidad latinoamericana. Proceso que atravesó transversalmente lo que serían los debates en el campo intelectual y político de nuestro subcontinente en aquellas décadas y hasta tiempos más recientes. Un proceso que ayudo a derogar algunos esquemas y a instalar otros en aquellos años en que el tiempo parecía haberse calzado las botas del gigante.
Imágenes 5 y 6 . Mariátegui y Gramsci . De los Apeninos a los Andes

Fuentes: Fotografía de José Carlos Mariátegui. Retrato de perfil de José Malanca, 1929. Archivo José Carlos Mariátegui – Item 018 – José Carlos Mariátegui La Chira, 1928. Imagen de dominio público.
Dibujo de Antonio Gramsci, 1922, Imagen de dominio público.
Gilman y una mirada desde el tercer milenio
Sin duda el libro Entre la pluma y el fusil… (2003) de Claudia Gilman se beneficia con la perspectiva que dan los años transcurridos desde los procesos que analiza. Dato interesante si partimos de la base que presenta deudas, de buena ley, con los trabajos de Terán y Sigal que la preceden. Tomando como base el análisis del caso argentino por dichos autores Gilman logra darle dimensión latinoamericana al problema con igual rigor y solidez. A nuestro juicio la autora de Entre la pluma… aunó el interés por analizar la acción y las estrategias de los distintos actores que protagonizan los procesos, como privilegia Terán en su libro, con el interés de Sigal de analizar las estructuras en la que se mueven dichos autores como un elemento condicionante (relación esfera intelectual y política). Uno de los puntos fuertes de Gilman es un análisis más pormenorizado de la relación de los intelectuales de izquierda con Cuba como un centro de poder político concreto que propuso políticas (“locomotora cultural”) e iniciativas en el campo intelectual ligadas a la proyección continental de su modelo revolucionario. La autora de Entre… busca demostrar cómo, a ambos lados del mostrador, la relación entre poder político e intelectuales fue procesual y cambiante. Es interesante su hipótesis sobre que el intento de los intelectuales cercanos al castrismo fue el de llegar a construir una especie de comunidad, sólidamente unida por posiciones políticas e intelectuales. Proceso que fue atravesado por un juego de presiones contrapuestas. Gilman analiza el campo intelectual latinoamericano desde su pluralidad de instancias y canales de difusión de ideas (congresos de escritores, revistas, experiencias editoriales, etc.) que se resisten a ser leídos desde síntesis unívocas y lineales. De la misma manera analiza las políticas activas que, tomando como una piedra angular la típica narrativa testimonial latinoamericana, buscaron proyectar lecturas de la realidad solidarias con un ideal de izquierda crítico a terrenos como la poesía, la dramaturgia, la canción y el cine, de ficción y documental. Uno de los méritos de Entre…es haber resaltado la incidencia de dos procesos contrapuestos que actuaron como ordenadores en la vida de la fracción de intelectuales de izquierda latinoamericana durante el periodo estudiado. Por un lado, la fuerte identificación política con el modelo castrista y por el otro el impacto de la narrativa iberoamericana en el mercado editorial en los años del famoso “boom” latinoamericano dato que también señalaba Halperín en su análisis de la persistencia del imaginario literario del “realismo mágico”. Lo mismo podíamos decir del espacio que le concede a indagar la incidencia, en esos años, de las iniciativas de promoción de políticas culturales y atracción a intelectuales desde el campo imperialista, particularmente en el medio latinoamericano.
Esta autora se detiene, con particular interés, en el análisis de un proceso como el auge del anti intelectualismo entre los escritores de izquierda tema que también había privilegiado Terán, pero en relación al fragmentado campo intelectual argentino de los años que van desde la caída del primer peronismo hasta la crisis del consenso del Cordobazo. La autora de Entre la pluma y el fusil… enfoca el momento de auge del anti intelectualismo en los de años de la transición entre la década del 60 y los primeros años de la década del 70. Momento coincidente con distintos procesos que afectaron el derrotero de la revolución cubana. (La consolidación del proceso de promoción de la insurgencia iniciado con la fundación de la OLAS en 1967; el más estrecho alineamiento con la URSS (Invasión a Checoslovaquia); el endurecimiento de la censura ideológica luego del caso Padilla, y el comienzo de los llamados “años grises” de Cuba) En ese contexto los intelectuales de izquierda que se miraban en el espejo de La Habana sintieron necesidad de reformular su perfil como intelectuales no solo comprometidos con la crítica social sino identificados de manera bastante acrítica con el proceso revolucionario. Gilman recalca que se trató de un fenómeno menos unilateral de lo que podría parecer a primera vista
El anti intelectualismo afectó sólo parcialmente la palabra “intelectual”, resguardándola cuando se aplicaba a “verdaderos intelectuales”, como Fidel o e Che Guevara. En gran parte, el anti intelectualismo fue una respuesta funcional del campo intelectual frente a la dirigencia partidaria y de la dirigencia partidaria frente al campo intelectual, en un momento de desequilibrio en favor de los líderes políticos. La positivización del término se fundó en la exclusión de quienes lo ocupaban tradicionalmente en calidad de una autodenominación que implicaba un legado social, por el cual los intelectuales eran objeto de una delegación de hecho, global y tácita. Como estructura de tópicos y sentimientos totalmente extendida en la cultura de izquierda hacia finales de la época, el anti intelectualismo fue también la respuesta histórica a un conjunto determinado de expectativas y situaciones concretas. (Gilman, 1999, p. 21)
Imagen 7. La pluma y el fusil

Fuente. Ernesto Che Guevara reunido con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, en Cuba. 1960. Imagen de dominio público.
En la perspectiva de Gilman parecería evaluarse el fenómeno del anti intelectualismo como la búsqueda de algún tipo de equilibrio o compromiso, sin duda difícil, entre los intelectuales de izquierda y la conducción política que parecía ser capaz de levantar procesos revolucionarios en los tres continentes que formaban la periferia subalterna del planeta. Pero el momento de mayor identificación de los intelectuales con la causa de la revolución no estuvo ausente de tensiones de bastante entidad. Los rechazos, polémicas y la reconfirmación de adhesiones que se produjeron alrededor del autocrítica pública del poeta cubano Heriberto Padilla (1971) marcan el punto más crítico de una relación que siempre fue tan entusiasta como difícil de estabilizar. Sin duda el balance de dicho episodio arrojó un saldo favorable a la subordinación asimétrica de la mayoría de los intelectuales, que buscaban ser aceptados como revolucionarios, a la conducción política con la que se habían identificado. Pero también es cierto que el precio que se pagó por revalidar dicho vínculo fue muy alto. Frustro incluso, como resalta Gilman, las expectativas de los intelectuales de izquierda de constituir un actor capaz de hacer oír su voz, en aras de cambiar realidades de hecho, frente al liderazgo de la revolución continental. De todas maneras, Gilman sostiene que las relaciones entre el castrismo y los intelectuales que adherían a su modelo revolucionario nunca terminaron de cristalizar del todo en un modelo único. Es como si la fuerte identificación de una importante fracción de los intelectuales latinoamericanos con el castrismo, que pedía adhesiones prácticamente incondicionales, no terminó nunca de apagar los intentos de conservar un cierto grado de autonomía política.
A nuestro juicio el análisis tan pormenorizado e integral que nos brinda Gilman, junto a otros autores, del proceso de identificación y apropiación del modelo castrista pudiera proyectarse en un interés por profundizar en las dimensiones específicas locales de este proceso a lo largo de nuestro continente. Porque si bien es indudable que estamos hablando de un fenómeno de dimensión latinoamericana entendemos que este produjo diálogos con realidades, experiencias y tensiones propias de cada país o región. Pongamos como ejemplo de lo anterior la inserción del modelo cubano como horizonte en las complejas relaciones entre la resistencia peronista, el nacimiento del foquismo y el surgimiento de una izquierda inspirada en las rebeliones obreras de los años del Cordobazo en la Argentina de las que dan cuenta Terán, Sigal y Aricó. Ni que hablar que tampoco eran las mismas las condiciones en que se buscaba aprender el modelo castrista en el México de la masacre de Tlatelolco, con un gobierno bonapartista autoritario aliado a La Habana; en el Perú donde Velasco Alvarado, otro aliado de Cuba, impulsaba una reforma agraria contra insurgente como respuesta a la rebelión campesina e indígena, o en el Uruguay de los Tupamaros. O, porque no, hasta en Estados Unidos donde una izquierda radical en el seno del imperialismo metropolitano, apostaba a formar una alianza de minorías (negros, puertorriqueños, chicanos) pero tomando a la experiencia cubana como un horizonte mayor de las luchas de la liberación a nivel planetario (Rojas, 2016).
Para Gilman la relación de los intelectuales y el poder político después del fin de las dictaduras y en los optimistas años de la transición ya no es solo la de los intelectuales funcionarios sino de la aceitada profesionalización académica de sus sucesores que han vivido una época en que se sintió el impacto de la digitalización y el nacimiento de la videoesfera y el auge de la condición posmoderna. Señala Gilman que el intelectual latinoamericano del tercer milenio, lejos de la perspectiva de procesos revolucionarios en el horizonte. ya no es el intelectual que adscribe a un programa político que persigue mega causas revolucionarias. Sino que tiende a identificarse con causas particulares como la cuestión de género, las minorías étnicas, la defensa del medio ambiente, etc. Pero Gilman plantea, retomando las preocupaciones de Sarlo y Altamirano, que este nuevo posicionamiento crítico no significa, forzosamente, el abandono del papel del intelectual como crítico de las deudas sociales y otros puntos oscuros. Entendemos que su mirada sobre los años de 1960 a 1980 logra, en buena medida, esquivar descalificaciones maniqueas:
Curiosamente, los encendidos debates de los sesenta/setenta marcaron solo una breve interrupción de la noción del intelectual como “crítico de la sociedad”, que resurgió casi indemne del proceso brutal de transformación económica, social y cultural de los últimos treinta años. Algunas ilusiones se han reformulado, otras sobreviven: la obstinación crítica es una de ellas. (Gilman, 2003, p. 379)6
Balance y perspectivas
Los analistas de los años de la transición a las democracias de baja intensidad “crearon” el tema de los intelectuales críticos de los años 60 y 70 como un tópico de importancia principal en la historia intelectual argentina y latinoamericana. En estos tempranos trabajos aparecen dos ejes sobre los que se va a trazar una línea persistente de interpretación sobre las relaciones entre campo político y campo intelectual en aquellas décadas: a) la identificación estrecha de los intelectuales de esas décadas con los procesos revolucionarios en cursos y la subordinación del campo intelectual al campo político y; b) la necesidad de la revisión de dicho modelo para repensar las relaciones entre el campo político y el campo intelectual en el marco de la transición a las democracias constitucionales y el papel de los intelectuales frente a los poderes políticos con que se identificaban. Dice mucho sobre la centralidad de la Argentina en el campo intelectual y político del subcontinente que los libros de Terán y Sigal, centrados en el caso argentino, se hayan constituido en una referencia central en trabajos que analizaron al campo intelectual latinoamericano en las décadas del ascenso de las expectativas revolucionarias. Siguiendo las inquietudes de los analistas que protagonizaron la transición a la democracia los trabajos de Terán y Sigal, redactados en los años que siguieron al fin de la guerra fría, sentaron las bases de líneas de análisis de largo aliento, sólidas y estructuradas. Tanto desde un enfoque en que las historias de los intelectuales convergen con la historia de las ideas como desde la sociología de los intelectuales el análisis las relaciones entre el campo intelectual y el campo político de las décadas revolucionarias quedó articulado sobre ejes temáticos comunes pese a adoptar enfoques teóricos y metodológicos distintos. Quizás la idea más general que articula la mirada de estos libros escritos sobre aquel periodo, fue la de la subordinación general, aunque con importantes matices, de lo intelectual a lo político y los límites en la autonomía de los intelectuales en aquellos años.
Junto a estos trabajos que se ocupan de la historia de las relaciones entre los intelectuales y la política en los años 60 y 70 desde una perspectiva más estructural nos interesa destacar la importancia de análisis que se centraron en temas más particulares como el artículo de Halperín y el libro de Aricó porque llaman la atención sobre la base subjetiva que acompañó los sucesivos cambios de perspectiva en las relaciones entre intelectualidad y política en esos años. La ruptura que el impacto de la revolución cubana significó en el plano político e ideológico se proyectó en el campo de los imaginarios limitando y presionando a esquemas de arraigo con los que se había leído el pasado/presente latinoamericano desde distintas coordenadas políticas y teóricas. Esa presión se expresó en estructuras del sentir de signo opuesto que dejaron huellas en distintos campos disciplinarios yuxtapuestos o en la búsqueda afanosa de un opus teórico que pudiera ser un instrumento adecuado para leer la cada vez más cambiante realidad del subcontinente. Esa realidad de la América profunda siempre tan reacia a encuadrarse en categorías demasiado fijas y que ahora le estaba ofreciendo al mundo nuevos y sugestivos modelos de procesos revolucionarios.
Escribiendo una década después que Terán y Sigal, Gilman retoma las líneas directrices de estos investigadores, pero complejizándolas y enriqueciéndolas. Los debates políticos e intelectuales del comienzo del tercer milenio alumbraron una perspectiva que permitía apreciar nuevos aspectos de la relación intelectuales/política en los 60 y 70. Podemos destacar un aspecto particular de Entre la pluma y el fusil que permite apreciar dicho cambio de perspectiva. El interés y la centralidad que Gilman le concede a la cuestión del anti intelectualismo entre los intelectuales políticamente comprometidos con el castrismo a fines de los años 60 y comienzos del 70. Su abordaje es inseparable de la consolidación, en los últimos años, de la Guerra Fría intelectual como un campo temático de análisis firmemente instalado. Si bien no se trata de un elemento tan novedoso pasada una década larga del final del llamado siglo corto las tensiones de ese periodo axial de la historia mundial contemporánea pudieran ser abordadas de otra manera y pensadas dentro de paradigmas más amplios.
Si tuviéramos que elegir un aporte del libro de Gilman que sintetiza a la vez la distancia y la cercanía con los trabajos de Terán y Sigal es su conceptualización precisa del periodo 1960-1980 como “una época” claramente diferenciada en el campo de la historia intelectual latinoamericana. Una época que reconocía etapas bien marcadas, cambiantes vertiginosos, pero sin dejar de presentar una unidad de sentido en todo el periodo. Sin duda Gilman no se aleja radicalmente de las preocupaciones que guiaron los trabajos de Terán y Sigal y aun de las más coyunturales y urgentes que planteaban Altamirano y Sarlo. Pero no está tan condicionada por esos factores como ellos. Esto se puede ver con claridad en su forma de revisar cuestiones que para sus predecesores parecían resueltas y de forma, mayormente, unilateral (la subordinación de la acción intelectual a la política, la persistencia del balance de la violencia armada, un balance del conjunto de procesos agrupados bajo el rotulo de Nueva Izquierda, ampliación de campos y giros disciplinares que aparecieron en las últimas décadas). También el retomar preocupaciones que ya Sarlo y Altamirano expresaban en los 80: el riesgo del desdibujamiento del rol crítico de los intelectuales; la posibilidad de una deriva hacia el mero academicismo, la posibilidad de los intelectuales de re-pensarse como grupo que habla desde sí mismo y establece diálogos plurales con la sociedad en su conjunto. Al filo de las décadas transcurridas y bajo la perspectiva de nuevas tensiones y debates estos temas se podían apreciar y, aun evaluar, de otra forma. El elemento de continuidad que atraviesa todo el desarrollo de la línea de interpretación principal de este campo es la preocupación por el rol de los intelectuales como grupo y como articuladores de las relaciones entre el campo intelectual y el campo político en los años que esa relación había adquirido caracteres inéditos hasta el momento. Preocupación que se continua en el anhelo expresado, por la mayoría de autores que analizamos, en el sentido de que las posibilidades de los intelectuales de jugar un rol crítico en los debates contemporáneos no se hubiera agotado definitivamente.
Por nuestra parte insistimos con que el debate sobre el campo político e intelectual latinoamericano en el periodo 1960-1980 se podría enriquecer en la medida que se profundice el análisis del impacto parcial, pero sin duda importante, de procesos como la experiencia de la Unidad Popular en Chile y la revolución sandinista7. Nosotros proponemos pensar estas experiencias, más aún que como terceras vías políticas, como parte de dos momentos transicionales en las relaciones entre la esfera política y la esfera intelectual latinoamericana. Como procesos que permitían leer dichos momentos en contra luz en relación a los movimientos y actores más centrales que se movían en la escena política e intelectual a nivel continental. Invitamos a reflexionar sobre la posibilidad de dicho ejercicio en base a ejemplos concretos. Mientras la autocrítica de Ledesma en La Habana parecía anunciar el canto del cisne del derecho a disentir dentro del campo revolucionario al pie de la cordillera un proceso, con participación de masas, se autoevaluaba de forma plural en el día a día de los acontecimientos. Mientras en la ciudadela del imperialismo se incubaba la segunda guerra fría reganeana se ensayaban, en el bajo vientre del imperio, nuevas formas de combatir la hegemonía imperialista. Fueron modelos en los que, en cada cual, en su momento, podían llegar a reconocerse como parte de un mismo campo los partidarios del castrismo y el guevarismo, los intelectuales de la Nueva izquierda y los gramscianos que querían fortalecer los procesos de “democracia participativa”. Procesos que, incluso, obligaron a los mandarines del pentágono y afines a tener que afilar la pluma y replantear argumentos a la hora de buscar construirlos como potenciales enemigos de la seguridad continental y los valores del “mundo libre”. Experiencias que permitieron, mientras duraron, repensar alternativas alrededor del papel de los intelectuales como un actor crítico en los procesos revolucionarios. Revoluciones en las que, si bien los intelectuales hablaban en nombre de la “clase”, “nación”, “pueblo”, habían dejado algún resquicio, aunque fuera de forma lateral, para que en su agenda se colaran algunas causas particulares de esas que, como señala Gilman, tanto motivan a los intelectuales de estos inciertos tiempos del tercer milenio. Con la diferencia que ese interés por causas como el problema de géneros, minorías étnicas, cuidado de los recursos naturales aun se buscaban articular con los ordenadores principales del conflicto social y político. Búsqueda que, por lo menos en nuestra opinión, a veces se deja sentir como un cierto déficit en los días que corren. Creemos que el principal aporte que podría hacer la profundización de los análisis de procesos como la UP y la revolución nicaragüense en el estudio de las relaciones entre campo político/campo intelectual en los años 60 y 70 seria descentrar la secuencia, temporal y conceptual: impacto de la revolución cubana/declive con las dictaduras/transiciones a la democracia institucional. Esquema que, sin duda, ha sido central y fecundo a la hora de trazar las principales líneas de interpretación en el estado de la cuestión del tema que nos ocupa, pero al que, entendemos, llegó la hora de tratar de enriquecer y reformular a partir de nuevos aportes. Si La Habana fue, sin duda, esa “Roma americana” de la que hablaba Halperín en aquella época también se pensaron ideas y se trazaron horizontes revolucionarios desde lugares como Managua, Santiago de Chile, las aulas de la UNAM y hasta en una recoleta ciudad provinciana como Córdoba agitada por huelgas insurreccionales. En relación al más axial proceso revolucionario cubano creemos también importante el profundizar en la pluralidad de las formas de su apropiación en distintos contextos latinoamericanos en esos años. Esa “época” sin duda conoció vectores mayores y generales que le confirieron rasgos unitarios de conjunto que no es posible desconocer. Pero dentro de esos marcos generales también presento rostros más particulares y etapas con rasgos diferenciados. Así como no todos los intelectuales latinoamericanos eran de izquierda, en aquella “época”, tampoco todos los intelectuales de izquierda concibieron siempre y de la misma manera su identificación y su compromiso con los procesos revolucionarios que como una tormenta en el mundo atravesaban el continente moreno de Tierra del Fuego al Rio Grande.
Para terminar, queremos compartir un interrogante y una inquietud que nos sugiere el análisis de los autores que venimos comentando. Este podría plantearse de la siguiente manera: ¿se puede afirmar que en las décadas del 60 y 70 llegó a estar completamente ausente o ignorada entre la intelectualidad la intención de llegar a expresarse como un grupo con contornos propios que hablaba desde su propia realidad? Nosotros creemos que no es tan así. No negamos la tendencia general a la subordinación del trabajo intelectual a la lógica política. No negamos que la mayoría de los intelectuales de izquierda se considerasen parte de una especie de comunidad solidaria con la revolución cubana en términos bastante incondicionales. Tampoco la gravitación de un fenómeno como el “anti intelectualismo” recargado de los años duros. Pero la pregunta que nos hacemos es si la idea de que el intelectual representaba un actor político que tenía derecho a tener su propia voz no encontró algunos ámbitos y espacios donde llegar a concretarse. De la misma manera que Gilman sostiene que la búsqueda de algún grado de autonomía frente a las conducciones políticas revolucionarias nunca fue abandonada del todo nosotros no hacemos la siguiente pregunta. ¿Si todos los intelectuales del periodo descartaron la idea de que a la hora de contribuir al proceso de grandes transformaciones que se perseguía se pudieran establecer diálogos con la sociedad sin pasar siempre por el filtro de las conducciones políticas? Quizás en este tema, como en otros que estamos analizando, el rescate de espacios alternativos y la pluralidad de experiencias, dentro de los grandes procesos políticos, puede aportar nuevos elementos de juicio. Nos referimos a espacios donde la voz épica, estructurada y unitaria de la vanguardia podía convivir con una palabra más difusa, inorgánica y plural. Ámbitos donde se interpelaba a sujetos más particulares y acotados. Pensamos por ejemplo en la participación de intelectuales militantes de base en las campañas de alfabetización, en programas de vacunación masivas, en experiencias de autogestión industrial y rural, movimientos contra la desaparición forzada de personas y la violencia institucional, radios comunitarias rurales, experiencias de educación bilingüe, formas de teatro y cultura popular, ocupación de espacios urbanos por pobladores sin techo, comunidades psicoterapéuticas alternativas, comunidades religiosas de base o en experiencias en espacios comunitarios indígenas. Procesos particulares mayormente insertos en los ordenadores políticos generales y comprendidos en las subjetividades ideológicas dominantes pero que no fueron del todo ajenos a dimensiones un poco más autónomas y dialógicas. Ese fue el ámbito de otro tipo de intelectuales que aparte de ser de izquierda eran de base. Intelectuales que no publicaban en Casa de las Américas, no participaban de los Congresos de escritores, ni formaban parte del boom de las letras latinoamericanas en Europa pero que aportaron sus conocimientos, saberes y experiencias en los procesos de reproducción y transformación de la vida social en el día a día. Experiencias en las que participaron muchas mujeres y hombres anónimos que, cuando hizo falta, también supieron cambiar la pluma por el fusil. Junto al intelectual académico y el intelectual revolucionario la historia de América Latina de aquellas décadas incluyó a muchos intelectuales anónimos e incluso a intelectuales no académicos. Nos referimos a los referentes sociales de los movimientos de las clases subalternas que buscaron hacer oír la voz de los sin voz en los grandes procesos políticos de la época. Mujeres y hombres que participaron en el campo político e intelectual con capitales culturales que se derivaban de ser depositarios de saberes, experiencias históricas y cosmovisiones relacionadas con la alteridad social y étnica. Gente que encaja perfectamente en la definición de intelectuales que proponía Sigal y que reproducimos más arriba. Protagonistas de un tipo de experiencia que puede simbolizarse en el emotivo pedido de la palabra de la activista Domitila Barrios, frente al Tribunal del Año de la Mujer en la ONU (1975), en su carácter de mujer, minera e indígena, para hacer escuchar la voz de los explotados de los Andes (Viezzer, 1978). Para todos aquellos intelectuales anónimos que no fueron parte de los grandes “mercados de la palabra” (Silvio Rodríguez dixit) o no pasaron por las aulas de la Universidad el reconocimiento y el homenaje del poeta:
Trabajador eres tú,
trabajador también yo
si seguimos separados
nunca habrá revolución.
Con la herramienta en mis manos
con un libro en mi overol
voy en pos de un mundo nuevo
sin frontera ni patrón.
(Gabino Palomares; Son del obrero)
Notas
- Una primera versión abreviada de este artículo se presentó como un trabajo para aprobar la cursada de la materia Historia y sociología de los intelectuales de la Maestría de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) a cargo de los profesores Ricardo Hernán Martínez Mazzola y Martina Garategaray, año 2024 ↩︎
- El hecho político más representativo en ese sentido fue el apoyo a las leyes de impunidad (Ley de punto final, 1986 y; Ley de obediencia debida, 1987) por parte de la mayoría de los intelectuales que le brindaban un apoyo “crítico” al gobierno de Alfonsín y se habían identificado fuertemente con la bandera de los Derechos Humanos. ↩︎
- Pensamos en la obra de intelectuales como Ariel Dorfman y Armando Mattelart, en la importancia que les concedió a las políticas comunicacionales el gobierno de la UP, a experiencias como la cooperativa editorial Quimantu y hasta la creación de boletines informativos en los cordones obreros y otros espacios de poder popular. Incluso también, por qué no, por la importancia que le concedió al campo simbólico y la dimensión comunicacional la oposición de derecha golpista a la hora de crear un frente de masas contra el proyecto socialista. Son interesantes los parrados que Gilman (2003, pp. 285-286) le dedica al interés por la experiencia de la UP de parte de la revista Libre (1971-1972) fundada en París por intelectuales de izquierda críticos del castrismo después del caso Padilla. ↩︎
- Resalta Terán que la vocación gramsciana del grupo redactor de Pasado y Presente lo preservo de la tentación anti intelectualista que en esos años ganaba terreno en la intelectualidad de izquierda especialmente la identificada más estrechamente con el castrismo. Por su parte Petra propone pensar la raíz gramsciana del grupo de Pasado y Presente en un sentido más centralmente intelectual que político (2017, p. 383) ↩︎
- La revolución sandinista fue parte de algo que podemos llamar el “momento de 1979” año que junto con la revolución nicaragüense se asistió al estallido de otro proceso tan disruptivo y difícil de evaluar como la revolución iraní. Fue el momento de las “revoluciones atípicas”. Elementos claves en el contexto de lo que sería el acenso de la Segunda Guerra Fría con el reganismo. El impacto del proceso sandinista se prestaba a ser leído a la vez como una variante revisada, pero no antagónica, del castrismo, y como un movimiento que llevo adelante un elaborado proceso de construcción de una contra hegemonía popular. Este fenómeno se hizo extensivo al análisis del proceso de construcción política llevando adelante, en esos años, por el Frente Farabundo Martí en El Salvador (Harnecker, 1991). ↩︎
- Proponemos una periodización general de la relación entre campo intelectual y campo político en América Latina desde el final de las dictaduras hasta la actualidad a partir del siguiente esquema: a) Las transiciones post dictatoriales y la participación acrítica de muchos intelectuales en los llamados proyectos de “democracias participativas”; b) el auge neo liberal, de la década del 90, la identificación de muchos gobiernos con el llamado “pensamiento único” y una menor cercanía de los intelectuales con el poder político. Por oposición se fortalece el impulso de redes de intelectuales y fuerzas políticas de centro izquierda e izquierda (Foro de San Pablo) y el impacto de una experiencia como la del EZLN en Chiapas; c) Una nueva convergencia de una parte importante de los intelectuales críticos con los gobiernos neo populistas del comienzo del tercer milenio. Para tiempos más recientes es bueno considerar al impacto del COVID (que curiosamente alumbro alguna momentánea expectativa de recomposición de un espacio político e intelectual progresista de alcance internacional: el tema del salario o renta universal y un mayor protagonismo del Estado) como un punto de inflexión que favoreció el clima para la actual ofensiva de extrema derecha que contiene fuertes elementos de un anti intelectualismo de signo reaccionario y oscurantista. ↩︎
- Nuestro interés por el análisis de procesos como el gobierno de la UP o la revolución sandinista no tiene origen en una identificación política acrítica con dichos movimientos. Por el contrario, se trató de procesos de transformación atravesados por fuertes contradicciones que terminaron impidiendo que alcanzaran sus objetivos. No nos identificamos con caracterizaciones como, por ejemplo, las de Castañeda (1993) que ve en las revoluciones de Chile y Nicaragua como paradigmas modelos que fracasaron por no haberse animado a profundizar más su vertiente pragmatista. Nos inclinamos más bien a encontrar las causas que debilitaron a ambos procesos en su falta de capacidad de superar ciertos límites y de re inventarse para afrontar desafíos nacidos de la agudización de la lucha de clases. Agudización y tensiones que encontraban su origen en los efectos disruptivos de la llegada al poder de estos movimientos y el comienzo de la implementación de sus programas primigenios. No obstante, entendemos que se trató de intentos revolucionarios honestos, vigorosos y que no eludieron la necesidad de debatir sus propias contradicciones sin disimularlas. Creemos que estos elementos los convierten en páginas históricas dignas de ser revisadas, sin idealizaciones, más allá de cual haya sido su resultado final. ↩︎
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