Coordenadas para situar la publicación «Revolución en los Andes…» de Ediciones Achawata (2025)

Luis Miguel Purizaga Vértiz

https://orcid.org/0000-0002-6236-7153

Pasada la década de los noventa y del gobierno de Alberto Fujimori en el Perú, se comenzaron a publicar trabajos que buscaban comprender el período de violencia política en el que estuvo inmerso el país desde la década de los ochenta, con el surgimiento de grupos armados como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Se podría decir que el “documento oficial” que vio la luz en esos primeros años del nuevo siglo fue el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), publicado en agosto de 2003. El debate acerca de la violencia política y la memoria, entonces, comenzó a girar en torno a este informe: en relación con los hechos que describía, con los que consideraba los principales protagonistas del período de conflicto, con el número de víctimas que estimaba, así como con quienes fueron los principales responsables de producir estas víctimas.

Los textos académicos no tardaron en publicarse. Textos como los de Carlos Iván Degregori (2003, 2011), Gonzalo Portocarrero (2012, 2015) o Antonio Zapata (2010, 2017) buscaron respuestas al periodo de violencia desde la antropología, la sociología y la historia. En el 2012 se publicó el libro de Lurgio Gavilán, Memorias de un soldado desconocido, y en el 2015 José Carlos Agüero publicó Los Rendidos. Sobre el don de perdonar. Estos dos textos eran novedosos porque narraban el conflicto armado desde la primera persona. Los autores no solo eran académicos provenientes de la antropología y la historia, respectivamente, sino que ellos mismos habían sido parte del proceso de violencia política. Gavilán fue captado siendo niño por Sendero Luminoso, y los padres de Agüero pertenecieron al grupo senderista.

De esta forma se abrió un espacio de publicaciones y debates que involucraba a otro tipo de actores del conflicto. Estos testimonios escapaban de la dinámica simplista de la dualidad para analizar el periodo de violencia política: los buenos contra los malos, y complejizaban el proceso que vivió el Perú en las décadas de los ochenta y noventa. Para comprender en su real dimensión este periodo de la historia peruana era necesario escuchar (y leer) a todas las voces involucradas. Voces que, para muchos, podían resultar sumamente “incómodas”: las de quienes no encajaban fácilmente en la dicotomía víctima/victimario. Salir de esta dicotomía implicaba incomodarnos y hacernos preguntas profundas. Escarbar la superficie y no conformarnos con lo que decía el discurso oficial.

En el 2017, Antonio Zapata publica La guerra senderista. Hablan los enemigos: en donde se recoge desde la cárcel el testimonio de Elena Iparraguirre, pareja de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso y número dos en la organización. El texto de Zapata puso los reflectores sobre un tipo de testimonio incómodo pero necesario: el de los victimarios. A pesar de esto, fue recibido con curiosidad, aunque con cierto recelo. Si bien el libro de Zapata recoge el testimonio de Iparraguirre, este está mediado por el académico que hace preguntas, guía la conversación, delimita la dinámica de esta y, finalmente, estructura el texto. Podría decirse que este libro cuenta con la figura de un “traductor”, entendido como un filtro que asegura a muchos lectores que determinadas ideas no serán incluidas en el texto exactamente como Iparraguirre las habría concebido. Posteriormente, en el 2022, Rafael Salgado publicó su testimonio como hijo de un militante emerretista. En su libro, Rafael describe cómo la muerte violenta de su padre marcó el inicio de diversas formas de padecimiento y abuso a lo largo de su vida. Rafael también fue una víctima, obligada a guardar silencio injustamente debido a la vergüenza y a la censura que, en un inicio, le generaron las filiaciones políticas e ideológicas de su padre.  

Con el libro de Víctor Polay que ahora reseñamos, ocurre algo diferente. Este libro no ha tenido “intermediarios” ni “traductores”. Polay tampoco es el “hijo de”. Y quizá a esto se deba el revuelo que ha ocasionado su publicación en Perú, donde incluso se ha llegado a cancelar presentaciones del libro en ferias debido a la censura.

El testimonio de Polay, líder del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), es un testimonio de parte, político y autobiográfico, con balances y reflexiones, y ha sido escrito desde la cárcel. Cada capítulo del libro es una etapa de la vida del autor y del MRTA: sus orígenes familiares ligados al APRA, su militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), la fundación del MRTA, el inicio de lo que él llama la “lucha armada” en las ciudades, la guerrilla en el campo, la fuga del penal de Canto Grande, las relaciones nacionales e internaciones que tenía el MRTA, su cautiverio en la Base Naval del Callao, la toma de la residencia del embajador japonés por el MRTA, y su opinión respecto al rol de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y su informe final.

Polay da su lectura particular del periodo de la historia que le tocó vivir, donde la revolución era más que una posibilidad. Cuenta sus orígenes en el APRA, su giro hacia el APRA Rebelde, su posterior paso por el MIR y la fundación del MRTA. Considera que es un guerrillero y señala que las acciones que se tomaron estuvieron enmarcadas en el actuar de las guerrillas. Las imágenes del Che Guevara y de Luis de la Puente Uceda son recurrentes cuando habla de las ideas que impulsaron la fundación y el actuar de su movimiento. Considera que el MRTA reivindicaba “las insurrecciones apristas de 1932 y 1948 y la guerrilla de 1965” (Polay, 2025, p. 83), y que el movimiento partía de una “concepción leninista del quehacer”, asumiendo “que el nivel  más alto de la lucha de clases era la lucha armada”, así como que “el guerrillero debía tomar la revolución como un apostolado” (Polay, 2025, pp. 84-85).

A lo largo del texto, Polay busca diferenciar el actuar del MRTA del de Sendero Luminoso. Considera que Sendero fue un “fenómeno de maoísmo dogmático [que] tenía una base estalinista con sus propios condimentos y añadidos” (Polay, 2025, p. 83); y que era “el enemigo que toda fuerza armada sueña enfrentar porque, a pesar de su fortaleza interna, por su política dogmática y sus métodos crueles contra el mismo pueblo que dice representar, al final terminará aislado y será derrotado” (Polay, 2025, p. 106). Señala que a diferencia de Sendero, el MRTA “surgía como una opción distinta que, de desarrollarse, podía terminar por incorporar el movimiento popular a su proyecto” (Polay, 2025, p. 107). Cuando tiene que describir qué era para él, el MRTA, señala: “nuestro proyecto no se reducía a nuestras acciones, sino que tratábamos, por todos los medios, de llegar con nuestro mensaje a las grandes masas. […] el MRTA jamás atacó al pueblo. No se le puede imputar ninguna masacre o arrasamiento de alguna población, ni atentado contra alguna autoridad, partido político o miembros de las iglesias […] nuestra política fue de defensa , impulso y fortalecimiento de las organizaciones populares que el Estado y Sendero Luminoso pretendían destruir […] El 99% de las victimas fatales ocasionadas por el MRTA fue producto del enfrentamiento con las Fuerzas Armadas y la Policía” (Polay, 2025, p. 186). 

El razonamiento de Polay es que, dentro de la lucha guerrillera, había un costo de sangre que debía pagarse. Esta lógica se aprecia cuando narra la decisión del MRTA de ejecutar al general López Albújar como respuesta a la matanza de Los Molinos en 1989, en la que murieron 67 emerretistas. Polay señala que ante este hecho “una respuesta hubiera sido ejecutar a sesenta y siete oficiales, igual al número de nuestros muertos, pero habría sido caer en la política del ‘ojo por ojo y diente por diente’” (Polay, 2025, p. 111). En lugar de hacer eso, el MRTA fusiló a un solo hombre. Dentro de su lógica, este resultado fue más que razonable: no hubo muertes innecesarias como respuesta a la matanza de Los Molinos. Se contradice cuando, páginas más adelante, señala que actualmente es partidario de la abolición de la pena de muerte y que, en condiciones normales, no debería aplicarse en ningún caso. “Hoy no votaría por ningún fusilamiento” (Polay, 2025, p. 130).

Debemos recordar que un testimonio de parte es solo eso: un testimonio. Necesario para comprender la complejidad de un proceso político y social que se dio en un periodo determinado y que pierde su potencia explicativa si se lee de forma aislada y literal. El testimonio sirve para identificar otras voces que, por alguna razón, no tuvieron la oportunidad de expresar sus impresiones acerca de lo ocurrido, a pesar de ser actores importantes en el devenir de los hechos y de los procesos. En el caso de Polay, ocurre lo siguiente. Capturado y encarcelado en febrero de 1989, logra fugarse del penal de Canto Grande en julio de 1990 junto con 46 emerretistas más, y es recapturado en junio de 1992, manteniéndose en prisión hasta la fecha. Casi treinta y cinco años después de su primera captura, podemos contar con su testimonio, su balance y sus reflexiones. Y esto es importante no por el valor intrínseco de éstas (muchas de ellas contradictorias, cuestionables y debatibles), sino por ser quien es: un actor protagonista del periodo de violencia en el Perú. Su voz y la de muchos otros son parte de un gran rompecabezas que es necesario armar para comprender aquello que fue el Perú en las décadas de los ochenta y noventa. Acercarse a este tipo de testimonios desde la honesta curiosidad y con el afán de comprender solo puede ayudarnos a entender que mientras existan grandes desigualdades sociales, una paupérrima y falaz representación política y un sistema democrático débil, desgraciadamente, siempre habrá la posibilidad de que surjan opciones que opten por la violencia.   

El libro, más allá del tono heroico y, muchas veces, hasta romántico de su autor, nos deja más preguntas que respuestas. No acerca de la veracidad de los hechos que narra, sino acerca de qué hacer con este tipo de testimonios en el proceso de memoria en el que está inmerso el Perú; proceso que es sumamente incómodo y que ha generado mecanismos de rechazo viscerales como el “terruqueo”, en donde es mejor y más fácil para muchos, el censurar y acallar voces que no encajen dentro del molde buenos vs. malos, en donde es sencillo y hasta aleccionador el repartir culpas y justificar errores de un lado y de otro. ¿Cómo rearticular, entonces, de forma democrática, las diversas memorias que atraviesan los procesos de violencia política y social ocurridos en el Perú en las décadas de los ochenta y noventa? Para Jelin, no es a través de los intentos de imponer una visión del pasado ni de buscar construir un consenso mínimo entre los actores sociales, sino que la reflexión sobre el orden democrático puede requerir “la legitimación de los espacios de disputas por las memorias” (Jelin, 2023, p. 151). Una democracia debe principalmente reconocer el conflicto y la pluralidad de voces, antes que buscar reconciliaciones, silencios o borrados. Para que este reconocimiento del conflicto realmente funcione, son necesarias una relación y una presencia fuertes de la ley y el derecho. De este modo, deben crearse diversos espacios de debate, tanto en el ámbito educativo como en el cultural, teniendo como centro la ley y la justicia.    

Finalmente, debemos hacer énfasis en algo que parece sencillo de entender pero difícil de practicar en el Perú de hoy: comprender un fenómeno no es justificarlo. Las ansias de entender y comprender son los pasos previos y necesarios para explicar y transformar. Este proceso nos llevará a reconocer la pluralidad de testimonios y voces, así como el conflicto inherente de poner frente a frente a unos y otros. Y es precisamente eso lo que hace a una sociedad democrática: reconocer la pluralidad y el conflicto, gestionándolos a través de la ley y la justicia. Pretender ir en contra de esta ansia de comprensión mediante la censura y la criminalización solo ocasiona que los procesos de memoria, justicia y democracia se trunquen, fracasen, retrocedan. Deberíamos preguntarnos entonces si actualmente Perú está inmerso en un proceso de desdemocratización y qué está pasando con la memoria y la justicia en medio de él.


Luis Miguel Purizaga Vértiz. Sociólogo y abogado. Maestro en Ciencia Política y Gobierno, con mención en Política Comparada, por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Candidato a Doctor en Investigación en Ciencias Sociales, con mención en Ciencia Política, por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Sede México (FLACSO-México). Director de Punto Cardinal Editores. Correo electrónico: luis.purizaga@estudiante-flacso.mx


Agüero, J.C. (2015). Los Rendidos. Sobre el don de perdonar. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Degregori, C. (2003). Jamás tan cerca arremetió lo lejos. Memoria y violencia política en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos/SSRC.

Degregori, C. (2011). Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú- Sendero Luminoso y el conflicto armado. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Gavilán, L. (2012) Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Jelin, E. (2023). Los trabajos de la memoria. Primera reimpresión. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Polay, V. (2025). Revolución en los Andes. Un balance del MRTA. Lima: Ediciones Achawata.

Portocarrero, G. (2012). Razones de sangre. Aproximaciones a la violencia política. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Portocarrero, G. (2015) Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Salgado, R. (2022). De silencio y otros ruidos. Memorias de un hijo de la guerra. Lima: Punto Cardinal Editores.

Zapata, A. (2010). La Comisión de la Verdad y Reconciliación y los medios de comunicación. Ayacucho y Lima. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Zapata, A. (2017). La guerra senderista. Hablan los enemigos. Lima: Taurus.

La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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