DE TRZCIANY A LA HABANA: LOS SENDEROS DE FABIO GROBART

Daniel Kersffeld

Abraham o Avreml Grobart (más tarde popularmente conocido con el seudónimo de “Fabio Grobart”) fue sin duda alguna una de las figuras centrales en el proceso de creación y de consolidación del Partido Comunista Cubano (PCC), sobre todo, en el proceso que va desde su fundación en 1925 hasta fines de la década del ’40. Convertido en un personaje de leyenda, Grobart fue. al momento de su muerte, en 1994, un verdadero puente histórico que unía dos épocas totalmente diferentes: la del primer y viejo Partido Comunista, con su enfrentamiento frontal a los regímenes de Gerardo Machado y Carlos Mendieta, y la del nuevo Partido, surgido especialmente luego del alineamiento soviético por parte del gobierno de Fidel Castro. Fue en todo momento un hombre de acción y de consulta del Partido, especialista en el trabajo clandestino y en la labor organizativa de “agitación y propaganda”: mientras tanto, y en el exterior, fungió como su principal cuadro y representante en la Unión Soviética y frente a dirigentes tanto de Europa (principalmente de Alemania) como de la región caribeña y centroamericana. Habiendo sido secretario general de manera intermitente entre 1930 y 1932, y responsable de la organización partidaria entre 1936 y 1947, su figura fue no pocas veces discutida e incluso repelida por su alineamiento estalinista, por lo que sus enemigos llegarían a calificarlo de “tenebroso agente de Moscú”. En las páginas que siguen nos ceñiremos, sobre todo, a los orígenes de Fabio Grobart, centrándonos en el proceso de formación política que vivió este dirigente justo antes de su llegada a Cuba en 1924.

Fabio Grobart nació el 30 de agosto de 1905 en Trzciany, un shtetl situado en Polonia, cerca de Bialystok y de la frontera con Lituania, que por aquella época pertenecía al imperio ruso. Se trataba de un pequeño y humilde pueblo de trabajadores cuya principal actividad económica era la elaboración de pelo de celo para fines industriales. Sin embargo, y más allá de su aparente calma, todavía podían sentirse en él los ecos de las fuertes movilizaciones que entre 1870 y 1871, y entre 1877 y 1878 habían surcado a Bialystok, principal polo industrial en la zona y en toda Polonia, por parte de un ascendente y combativo proletariado judío que, según datos de la época, era cercano a las tres cuartas partes del total de habitantes de dicha ciudad. Grobart creció así en un ambiente de agitación, en los alrededores de una localidad que conoció por primera vez (incluso a nivel regional) el recurso de la huelga como estrategia de lucha; que vio nacer en 1888, luego de otra huelga general, a la primera kassa, organización obrera profesional cuya posterior evolución llevaría a la creación de sindicatos clandestinos; y que asistió entre 1894 y 1897 a la formación del krujok (círculo obrero e intelectual de tendencia socialista) precediendo a la fundación de la sección local del Bund, en este caso, asociado a la difusión de la ideología sionista y a la aparición de ciertos grupos anarquistas, sobre todo, en los shtetls de los alrededores. Como era de esperar, las intensas actividades revolucionarias desarrolladas en esta ciudad finalmente terminaron provocando severos actos represivos por parte de las autoridades zaristas, sumiendo a Bialystok en una profunda crisis económica a partir de entonces.

Imagen 1. Fabio Grobart

Fuente: Ecured

Imagen 2. Belostok» – calle Tykocka = Białystok – calle Tykocka, 1911

Fuente: Imagen de dominio público

Imagen 3. Mercado de Bialystok (Polonia), alrededor de 1900

Fuente: UEA Archives, Imagen de dominio público

Fue en este contexto que Fabio pasó sus primeros años de vida, en el seno de una familia muy pobre: mientras que su padre, Motel, trabajaba en una fábrica en la producción de cepillos, su madre, Raquel, era lavandera en una casa de ricos judíos de la zona. El estallido de la Primera Guerra Mundial, la búsqueda de mejores oportunidades de vida y, sobre todo, el fortalecimiento de sentimientos xenófobos y antisemitas en la población no judía de Trzciany, determinarían el traslado de la familia de Grobart a la ciudad de Bialystok. Sin ser fanático, e incluso habiendo existido en él cierta influencia del Bund, Motel Simjovitch concurría todos los sábados a la sinagoga, en tanto que su hijo asistía a una escuela hebrea y sionista. Cuando Fabio tuvo nueve años quedó huérfano, por lo que no pudo concluir con sus estudios: junto con sus hermanos se mudó a lo de una tía materna radicada en Gonyodz, cerca de la fortaleza de Ossovietz. Para sobrevivir, y generalmente a cambio de un plato de lentejas, ayudaba a preparar a los hijos de algunas familias acomodadas de la zona en asignaturas como aritmética y religión judía. Mientras tanto, su tío le enseñó el oficio de sastre y, a los 15 años, abandonados ya sus estudios escolares, se convirtió en aprendiz en la confección de calzados. Al cabo de un tiempo, sin embargo, renunciaría a esta actividad dada la explotación a la que era sometido como principiante.  

Su atracción por el comunismo fue de carácter vivencial, previa a sus lecturas sobre Marx, y proveniente en realidad del fuerte influjo irradiado por la Unión Soviética a pocos años de concretada la Revolución de Octubre. Como luego referiría en más de una oportunidad habría un hecho que resultaría determinante en la conformación ideológica del joven Fabio como militante comunista: la invasión al territorio soviético por parte del ejército polaco en 1920 y las consecuencias que tuvo este acontecimiento, sobre todo, en la región europeo-oriental. El plan de Polonia, lanzada a partir de abril por su líder, el mariscal Josef Pilsudski, fue conocido como la “Ofensiva de Kiev” y buscaba quebrar el frente ruso propiciando la liberación de Ucrania, su conversión en un país aliado y, con ello, la disolución del todavía inestable régimen soviético.

Imagen 4. Plaza Kościuszki en Białystok, 1916

Fuente: Imagen de dominio público.

Más allá de esto, empeoraba todavía más las características de este plan militar el hecho de que desde noviembre de 1917, en la “Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia”, el gobierno revolucionario de Lenin, en una de sus primera medidas, había condenado la política de opresión y odio nacional del zarismo, proclamando en cambio la absoluta igualdad y soberanía de los pueblos del antiguo imperio ruso. Asimismo, en agosto del siguiente año se dio a conocer un decreto que anulaba todos los repartos de Polonia que el régimen zarista había concertado con los gobiernos de Austria y Prusia, reconociendo al mismo tiempo “el derecho de la nación polaca a la independencia y a la unidad”. Para un adolescente con crecientes inquietudes sociales y políticas como Fabio, la invasión polaca no podía entonces significar otra cosa que un intento deliberado por derrocar un régimen altamente esperanzador para la liberación de las masas oprimidas europeas de las que él mismo se sentía parte.

Sin embargo, a principios de julio de 1920 las tropas soviéticas conducidas por el comandante Mijail Tujachevsky pasaron a la ofensiva y a fines de ese mismo mes se hallaban ya en Bialystok, llegando incluso hasta las puertas de Varsovia. Como lo describiría Grobart, “fue gracias a esa contraofensiva, en defensa del territorio soviético y de la Revolución socialista, que yo pude ver por primera vez al Ejército Rojo y vivir, también por primera vez, en un torbellino revolucionario como el que se formó en la ciudad de Bialystok con la entrada en ella de las tropas soviéticas”1. Por parte de los trabajadores locales, pronto surgió una especie de encantamiento para con las tropas harapientas que entonaban La Marsellesa y La Internacional. El sentimiento expresado por Grobart en aquel momento y expuesto a continuación resumía también lo que por entonces comenzaron a vivir y a sentir otros tantos jóvenes de izquierda: “Mi corazón estaba conquistado plenamente por esas tropas soviéticas –entonces harapientas, descalzas y hambrientas-, las cuales, junto con los heroicos trabajadores y comunistas polacos, simbolizaban, con su acción y conducta humanas durante aquel verano, a los hombres y al anhelado sistema social del futuro”.2 A partir de ese decisivo momento, Fabio mismo llegaría a resumir sus pensamientos con la expresión “me siento comunista”.

Como resultado de la invasión, fue prácticamente inevitable que se intensificara la lucha de los trabajadores polacos, organizados por el Partido Comunista, contra el gobierno de Pilsudski, de tendencia reaccionaria y antibolchevique y, por lo tanto, aliado a las potencias centrales de Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia. En la siempre movilizada ciudad de Bialystok se conformó el 30 de julio de 1920 un Comité Revolucionario Provisional. Al frente de dicha organización se encontraban destacados dirigentes marxistas polacos y judíos como lo era su jefe, el antiguo socialista y posterior espartaquista Julian Marchlewski. Junto a él, había otros cuadros de relieve como Feliks Dzerzhinski, natural de Minsk y fundador, tres años antes, de la Cheka, la primer policía secreta soviética; Feliks Kon, periodista e historiador a cargo del periódico oficial del Comité; y Edward Prochniak, más tarde, un relevante cuadro de actuación en la Comintern. Por su parte, y como una forma de apoyo directo al comité, los obreros de Bialystok dieron vida a un regimiento de voluntarios. En una de sus primeras medidas, el Comité Provisional lanzó un manifiesto en el que se daba a conocer la instauración de un poder revolucionario y socialista en Polonia: como efecto de este anuncio, surgieron otros tantos Comités en más de sesenta lugares distintos del país, sobre todo, de su región oriental, más influenciada por los ecos revolucionarios de la Unión Soviética.

Sin embargo, el clima fervoroso duró sólo unas pocas semanas cuando, como consecuencia de la derrota de los soviéticos, el ejército polaco comenzó a recuperar los territorios perdidos, empezando por Bialystok, con un especial ánimo represivo y particularmente violento en contra de la población judía local. Según expresaría su hijo, Fabio Grobart Sunshine, fue en estas difíciles circunstancias que el futuro dirigente del comunismo cubano finalmente consolidó su conciencia revolucionaria, comprendiendo que “la vía es por la unión de los humildes (no) para fomentar creencias religiosas, sino para crear un destino social”.3


  1. 1985: 252 ↩︎
  2. 1985: 253 ↩︎
  3. Corrales, 2007: 24-5 ↩︎

AA.VV. 1975 El movimiento obrero cubano: documentos y artículos (La Habana: Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba) Tomo 1 1865-1925.

CORRALES, Maritza 2007 La isla elegida: los judíos de Cuba (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales). 

FARIÑAS, David 1998 “El judaísmo en Cuba” en Panorama de la religión en Cuba (La Habana: Editorial Política).

FUENTES, Jorge 2005 El polaquito (La Habana: Editorial Gente Nueva).

GROBART, Fabio 1985 “Entre los comunistas polacos aprendí las primeras lecciones que debe conocer todo marxista-leninista”, en Trabajos Escogidos (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales).

JAIFETS, Lazar, Víctor Jaifets y Peter Huber 2004 La Internacional Comunista y América Latina, 1919-1943. Diccionario Biográfico (Moscú: Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias/Ginebra: Institut pour l´Histoire du Communisme).

ROJAS BLAQUIER, Angelina 2005 Primer Partido Comunista de Cuba (Santiago de Cuba: Editorial Oriente) Tomo 1.

Entrevista a Fabio Grobart Sunshine en La Habana, Cuba, el 20 de noviembre de 2009.

La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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