El Tercermundismo en las publicaciones del SINAMOS durante la primera fase del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada del Perú (1971-1975)

Gabriel Mora Galleguillos

Resumen:

El presente artículo busca contribuir con el análisis iniciado sobre la relación entre el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada del Perú en su primera fase (1968-1975) y la adopción de caracteres ideológicos y políticos tercermundistas que guiaron su actuación internacional y nacional. Esta vez se analizaron documentos producidos y difundidos por el SINAMOS entre 1971 y 1975 con el propósito de enriquecer y problematizar dicha relación, lográndose identificar cinco nudos convocantes relacionados con la unión del Tercer Mundo frente a la agresión imperialista y la dependencia, un posicionamiento antiimperialista y distante a las potencias hegemónicas durante la Guerra Fría, crítica de la dependencia y el subdesarrollo, el distanciamiento de los sistemas capitalistas y comunistas por alienantes, y la validación del estamento revolucionario y de la propia revolución peruana como un ejemplo para el Tercer Mundo.

Palabras clave: sensibilidad tercermundista, Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, imperialismo, dependencia, tercera vía.

Introducción

El tercermundismo fue un concepto que comenzó a utilizarse en las ciencias sociales europeas a mediados de la década de 1950 para referir a los países no pertenecientes al primer y segundo mundo, sus definiciones fueron apropiadas y reelaboradas, convirtiéndose en “(…) estandarte identitario que interpeló a los pueblos de África, América Latina y Asia y que dio lugar a una ideología, entendida ésta como un conjunto –no sistemático– de ideas acerca de la realidad del Tercer Mundo, de su formación y del modo de superar su deficitario estado” (Alburquerque, 2013, p. 214). El tercermundismo influyó profundamente en el ambiente cultural de las décadas de 1960 y 1970 y se consolidó como un paradigma, especialmente en las ciencias sociales y en proyectos políticos surgidos principalmente en estos tres continentes. Este movimiento generó ideas, discursos y emociones, destacando la denuncia de la dependencia del Tercer Mundo y del imperialismo en todas sus formas –como el neoimperialismo y el colonialismo- promovidas por las diferentes potencias del momento. En su nombre se originaron relaciones internacionales libres de dominación y no alineadas, proponiéndose avanzar en un nuevo orden mundial. De allí surgieron experiencias como el Movimiento de Países No Alineados (MPNA) y el Grupo de los 77.

Junto con superar las relaciones de dependencia en materia económica, política y militar, se intentó revertir el atraso tecnológico y científico, incentivando la consecución del anhelado desarrollo nacional, aunque con un cariz que fue más allá de la modernización de las relaciones capitalistas de producción. Es por ello que el tercermundismo se constituyó en un horizonte de acción, en un sentir, una ideología y una práctica que, en su intento de reimaginar el futuro a partir de las experiencias de opresiones surgidas en el pasado –y aún persistentes en las décadas transcurridas entre 1950 y 1970–, se convirtió en una utopía desde la cual proyectar la construcción de una nueva humanidad (Nweihed, 2000; Álvarez, 2018; Alburquerque, 2020; Prakash y Adelman, 2022 y Salazar, 2024).

En un artículo anterior (Mora, 2024) se abordó la relación existente entre el sentir tercermundista, en tanto sistema heterogéneo de ideas políticas y sociales, el no alineamiento –principalmente entendido como práctica de política exterior– y la discursividad desplegada por el principal líder militar del Revolución Peruana durante su primera fase (1968-1975), el General Velasco Alvarado. En dicho trabajo se identificaron cinco nudos convocantes mediante los cuales el régimen militar peruano expresó, a su manera, el tercermundismo y el no alineamiento contemporáneos. Estos fueron: a) la integración de la situación del Perú con la de otros continentes, considerados en una posición periférica y desventajosa frente a los países dominantes; b) el antimperialismo y una severa crítica al neocolonialismo, que a los ojos de Velasco impedían la “verdadera independencia” y socaban la soberanía nacional al supeditarse los intereses “patrios” a otros intereses foráneos; c) énfasis de la Revolución Nacional y el nacionalismo revolucionario como modelo de tercera vía no comprometida con los bloques hegemónicos liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética, declarándose el régimen peruano ni capitalista ni comunista, sino que revolucionario, socialista de tradición humanista, libertario y promotor de la “democracia social de participación plena”; d) la promoción del desarrollo económico mediante un sistema plural en el que se buscó hacer coexistir la propiedad social, la propiedad estatal y la propiedad privada empresarial cogestionada con los trabajadores, como mecanismo de “liberación económica” del Perú y de establecimiento de relaciones económicas en igualdad de condiciones con los países del Tercer Mundo, que permitieran avanzar en la superación del subdesarrollo e implementar reformas sociales y políticas transformadoras de carácter planificado; y, e) la solidaridad con la liberación integral del Tercer Mundo, buscando el gobierno de Velasco situarse como un referente en la organización de países emergentes, particularmente en el MPNA y en el Grupo de los 77.

Identificar estos nudos convocantes a partir del análisis de los discursos pronunciados por Velasco y de tres documentos fundamentales del proceso peruano – el Manifiesto del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, del 2 de octubre de 1968; el Estatuto del Gobierno Revolucionario, del 3 de octubre de 1968, y el Plan del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada o “Plan Inca”, dado a conocer en 1974 aunque con una supuesta fecha de elaboración en los meses previos al golpe de Estado–, nos ha permitido sostener que el tercermundismo estuvo presente desde un inicio en las concepciones ideológicas y en el propio programa de transformaciones que buscó implementar el régimen militar, constituyéndose, por tanto, en uno de sus horizontes de futuro.

No obstante, como se advirtió, para alcanzar una mirada más compleja del pasado se hace necesaria una revisión documental más exhaustivas, que permita identificar elementos y dimensiones que pudieron no haber sido observados previamente y, con ello efectuar un análisis interpretativo y reflexivo del fenómeno estudiado que lo describa y comprenda con mayor cabalidad, claridad y precisión (Ovalle, 2019; Sánchez y Murillo, 2021). Es por eso que resulta indispensable un análisis que vaya más allá de los discursos del General Velasco, pues en éstos se expresan sus ideas y recepciones del tercermundismo y del no alineamiento y, en el mejor de los casos, las de sus asistentes integrantes del Comité de Oficiales Asesores de la Presidencia (COAP) y sus ministros más cercanos.

Si bien la presunción de extender las apreciaciones de Velasco al conjunto de sus colaboradores y al propio gobierno podría no estar errada –más aún considerando la estructuración jerárquica del régimen militar peruano y la centralidad que tuvo Velasco en el ciclo político y social iniciado en 1968–, también es cierto que al interior del propio gobierno existieron discrepancias tanto respecto del programa de gobierno como del liderazgo del General (Cleaves y Pesase, 1985; Martín, 2002; Kruijt, 2008; Aguirre y Drinot, 2018). Asimismo, a medida que el proceso peruano se fue profundizando y complejizando, ingresaron diversos actores civiles con trayectorias y militancias políticas heterogéneas, portadores de concepciones teóricas, ideológicas y políticas distintas o, al menos, discrepantes respecto de la de los militares (Huber, 1983; Cant, 2017; Nercesian, 2017; Aguirre, 2018).

Con el objetivo de profundizar en el análisis del sentir tercermundista, del no alineamiento y de la relación de estas prácticas políticas con el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada del Perú (GRFA) durante su primera fase (1968-1975), en esta ocasión se analizaron documentos producidos y distribuidos por el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), principalmente folletos de educación popular y difusión de las ideas revolucionarias promovidas por el régimen militar en las series “Educación y Cambio”, “Proceso Peruano”, “Proceso Revolucionario”, “Debate”, “Planificación”, “Movilización y Cambios”, “Movilización Social”, “Realidad Nacional” y “Tercer Mundo”, elaborados y divulgados entre 1971 y 1975.

La justificación del uso de estos documentos primarios radica en que sus páginas se observa la continuación y profundización de los planteamientos efectuados por el General Velasco en sus intervenciones discursivas, ampliando muchos de los sentidos desde los cuales se pensó el tercermundismo y el no alineamiento. Asimismo, en estos se advierten otras perspectivas e ideas formuladas por destacados personeros militares del gobierno, como el Ministro de Relaciones Exteriores (RR.EE.), General Edgardo Mercado Jarrin; el Ministro de Energía y Minas, General Jorge Fernández Maldonado; y el Jefe del SINAMOS, General Leónidas Rodríguez Figueroa, así como por colaboradores civiles, entre ellos Carlos Delgado, Director Superior del SINAMOS; Carlos Franco, asesor político de la Alta Dirección del SINAMOS; Augusto Salazar Bondy, principal ideólogo de la Reforma Educativa; y otros intelectuales como José B. Adolph, Rafael Roncagliolo e Ismael Frías.  

La metodología empleada para esta investigación documental corresponde al estudio de caso y el análisis cualitativo de contenido, en el marco del proyecto FONDECYT Regular “Los proyectos ideológicos de los gobiernos militares de izquierda en América Latina y su relación con la Doctrina de Seguridad Nacional: Perú, Panamá, Bolivia y Ecuador, 1968-1981” dirigido por el historiador Germán Alburquerque (2019).

La exposición de los argumentos se ha estructurado en tres secciones principales. La primera presenta, de manera sintética, el surgimiento y los objetivos del SINAMOS, con la intención de que el lector o lectora pueda aproximarse a dicha institución y al rol que desempeñó en el proceso peruano. La segunda sección corresponde al análisis de los documentos primarios producidos por el SINAMOS, plantando aquellos elementos relativos a la elaboración de un sentir y pensamiento tercermundista y no alineado, organizado en cinco nudos convocantes. Finalmente, se exponen las conclusiones del análisis, puestas en diálogo con otros hallazgos vinculados a la presencia del tercermundismo en la discursividad del líder máximo del GRFA.

Imagen 1. Ley Orgánica del SINAMOS publicada en 1974 por SINAMOS

Fuente: Colección Documental del GRFA del Centro de Documentación del Perú Contemporáneo (CEDOC) de la UNMSM.

La Revolución militar peruana y el SINAMOS

El golpe de Estado efectuado por el General Velasco y sus colaboradores más cercanos del Ejército se justificó a partir del supuesto fracaso de los partidos políticos para transformar la realidad social y económica del país. Según este diagnóstico, aquellos no habría logrado defender los intereses de la mayoría de los peruanos y, por el contrario, habrían perpetuado la histórica dependencia externa, identificada como causa estructural de las desigualdades y del subdesarrollo. En este sentido, Velasco y los generales y coroneles que le secundaron sostuvieron que el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada (GRFA) respondió a un “(…) proyecto nacionalista que buscaba transformar radicalmente la sociedad peruana eliminando la injusticia social, rompiendo la dependencia exterior, redistribuyendo la tierra y la riqueza y colocando el destino de los peruanos en sus propias manos” (Aguirre y Drinot, 2018, p. 12).

La nueva orientación política se manifestó tempranamente en la nacionalización de los recursos petroleros que se encontraban bajo el control de la International Petroleum Company, de capitales estadounidense, apenas seis días después de asumido el gobierno. Este hecho constituyó una muestra inicial de lo que pronto comenzó a denominarse en el discurso oficial como la “nueva” o “segunda emancipación”, apelando a concluir la tarea inconclusa iniciada por los padres fundadores de la república en sus luchas de independencia. De este modo, el gobierno de Velasco se autorrepresentó como una continuación histórica de aquel proceso: “El corolario era, naturalmente, que la «primera» independencia no había sido completa, que no había satisfecho las expectativas y necesidades de la mayoría de peruanos y que para conseguir una auténtica y definitiva liberación nacional hacía falta ejecutar una serie de cambios estructurales radicales” (Aguirre, 2018, pp. 41-42).

Desde un inicio, una parte de los oficiales del nuevo gobierno, liderados por Velasco, se comprometió la promoción de un proceso de transformaciones estructurales sustentado en un programa nacionalista de orientación desarrollista no capitalista, orientado a la renovación nacional y al impulso económico, con el objetivo de erradicar la pobreza extrema y la injusticia social. Entre las medidas implementadas se incluyeron la reforma agraria, la redistribución de la propiedad industrial mediante la creación de comunidades industriales; el fomento de la industrialización; la nacionalización de sectores estratégicos de la economía; la promoción de la participación social directa; y el estrechamiento de vínculos con otros países del Tercer Mundo (Kruij, 1991; Guerra, 2014).

Además, este programa respondió y se justificó en función de la Doctrina de Seguridad Integral (DSI), una reformulación de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) elaborada por el los altos mandos de las Fuerzas Armadas peruanas y en el Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN). En ella se plateaba que, para prevenir el surgimiento de guerrillas como las que emergieron entre los años 1962 y 1965, era necesario promover la conciliación de clases mediante la superación de la estructuración oligárquica de las relaciones sociales, económicas y de propiedad (Huber, 1983; Rouquié y Suffern, 1997; Sulmont, 2015). Esta doctrina constituyó el fundamento desde el cual el Perú justificó su política exterior tercermundista, al declararse independiente de los poderes imperialistas –incluido el dominio hemisférico estadounidense–, y sirvió también como base para la promoción de políticas orientadas a mejorar las condiciones materiales de existencia y a consolidar un nacionalismo revolucionario (Alburquerque, 2023). Desde esta perspectiva, la seguridad nacional no se limitaba a la defensa militar ante posibles ataques desde el extranjero, sino que implicaba también la construcción de condiciones sociales de igualdad social, consideradas posibles únicamente mediante las reformas estructurales proyectadas.

El SINAMOS fue una iniciativa clave del gobierno militar de Velasco. Se creó en junio de 1971, tras intensos debates al interior de la cúpula militar, y fue concebido como una herramienta fundamental para promover la movilización y participación social de las masas rurales y urbanas, a fin de incorporarlas más decididamente al proceso de reformas estructurales impulsadas por el Estado. El diagnóstico oficial sostenía que, luego de tres años de avances significativos, si bien la sociedad peruana –y en particular los estratos sociales más marginados– era la principal destinataria de las políticas transformadoras, no había expresado una adhesión activa al proceso liderado por Velasco. Aunque tampoco constituía un bloque opositor –en parte debido a los beneficios económicos generados en los primeros años de gobierno–, predominaba una actitud de indiferencia antes que de compromiso político.

Más aún, el gobierno carecía de una estructura orgánica de movilización social, dado que no incorporó partidos políticos a su administración. Se volvió, por tanto, urgente la creación de un organismo capaz de canalizar demandas sociales y defender la revolución frente a posibles intentos de desestabilizarla. Se comprendió que el involucramiento activo de la sociedad era indispensable tanto para dotar de mayor legitimidad al régimen como para profundizar las trasformaciones de la estructura social (Cant, 2021).

El SINAMOS, en tanto estrategia política, no buscó instaurar un sistema de participación de carácter socialista, como ocurrió en otras experiencias del continente americano –por ejemplo, el Chile de Allende o la Cuba revolucionaria–, sino integrar a los distintos sectores sociales a la sociedad nacional promovida por el GRFA, y de este modo construir una base de apoyo social que redujera el conflicto de clases bajo la guía estatal (Skidmore y Smith, 1996). En este sentido, se ha señalado que la fundación del SINAMOS respondió también al propósito de encauzar y controlar los movimientos populares mediante la consolidación de un Estado fuerte bajo la ideología del “participacionismo”, tutelando las experiencias sociales desde el aparato estatal. En otras palabras, el gobierno buscó atraer a los sectores populares, orientando su acción política en favor del régimen y encuadrándolos dentro de estructuras bajo su conducción, ante la ausencia de un organismo político oficial de apoyo y frente a la negativa de Velasco de crear un partido gubernamental(Roitman, 2013; Sulmont, 2015).

Las controversias en torno al surgimiento de SINAMOS fueron significativas. Para algunos sectores, sobre todo en parte de la nueva izquierda peruana y parte del movimiento sindical, se trató de un mecanismo de control social destinado a restringir el disenso. En contraste, para una parte significativa de la oficialidad militar, el organismo representaba un riesgo de infiltración comunista, dado que muchos de sus funcionarios provenían de trayectorias políticas previas a 1968, incluyendo el Partido Aprista Peruano, la Democracia Cristiana (DC), el Movimiento Social Progresista (MSP), e incluso militantes que habían participado en las guerrillas de la década de 1960 –como del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN)– encarcelados y amnistiados por el propio Velasco (Kruij, 1991; Lynch, 1992). Fue precisamente uno de estos colaboradores civiles, su Director Superior Carlos Delgado, quien sintetizó parte de los debates en torno al camino a seguir respecto de la promoción de la participación popular y la opción por constituir SINAMOS:

Luego de producida la revolución, existían tres maneras de encarar el problema de la participación popular en el proceso revolucionario. Primero, organizar un partido político oficial. A nuestro juicio, esto habría significado un error muy grande. La experiencia histórica de otros países en los cuales se han organizado partidos políticos oficiales es suficientemente desastrosa como para que esta alternativa hubiera sido preferible. Por lo tanto, la posibilidad de expresar políticamente la revolución a través de un partido oficial fue desechada. Segundo, hacer que la revolución se expresa políticamente a través de uno o más de uno de los partidos políticos tradicionales (…) era una alternativa fundamentalmente desechable. Desechados estos dos posibles caminos, sólo quedaba un tercero, el de aventurar una alternativa enteramente nueva que no se hubiera ensayado en ningún otro país ni en ningún otro proceso revolucionario. SINAMOS es esa tercera alternativa (Delgado, 1975, pp. 146-147).

Más allá de estas controversias, los documentos primarios consultados resultan elocuentes respecto de los objetivos encomendados al organismo. En el Decreto de Ley N° 18.896, mediante el cual se crea el SINAMOS, los artículos primero y segundo establecen sus objetivos y principales acciones:

“Artículo 1° – Créase el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social, con la finalidad de lograr la consciente y activa participación de la población nacional en las tareas que demande el desarrollo económico y social. Artículo 2° – Son objetivos del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social: a. La capacitación, orientación y organización de la población nacional; b. El desarrollo de entidades de interés social; y c. La comunicación y particularmente el diálogo entre el Gobierno y la población nacional” (Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, 1971, pp. 1).

En su Artículo 6°, se hace referencia a los organismos que unifica el SINAMOS y que corresponden a aquellos espacios que el Gobierno Revolucionario buscó construir para la participación económica y social: Pueblos Jóvenes, Desarrollo Cooperativo, Desarrollo Comunal, Promoción Comunal, Organizaciones Campesinas y Comunidades Campesinas. A su vez, en la Ley Orgánica del funcionamiento de SINAMOS se establece el fundamento oficial que justificó la creación de la institución y el rol que ésta debía cumplir dentro del proceso de transformaciones promovidas por el Gobierno Revolucionario:

La creación del SINAMOS surgió del reconocimiento, por parte del Gobierno Revolucionario, de la necesidad de contar con una estructura administrativa que apoyara la organización progresiva de la población, reemplazando a organismos estatales de acción desarticulada, repetitiva y antieconómica. El SINAMOS asumió la responsabilidad de coordinar e integrar las actividades de dichos organismos y, de manera especial, promover y ejecutar acciones de desarrollo y fomento local mediante la intervención y el aporte comunales; difundir los valores, propósitos y logros del proceso revolucionario; apoyar la capacitación de los sectores populares para que sus integrantes asumieran nuevas responsabilidades y derechos; asegurar la comunicación y, especialmente, el diálogo entre el Gobierno y las mayorías nacionales; y fomentar las instituciones sociales de base, especialmente aquellas que contribuyeran a crear nuevas formas de organización productiva a partir de la propiedad social de la riqueza (SINAMOS, 1972, p. 3).

Con posterioridad, en 1973, en un documento de difusión de SINAMOS, su jefe, el General Leónidas Rodríguez, señaló que el principal objetivo del organismo era promover la participación social, ya que ésta era la dimensión básica del sistema promovido por el GRFA, señalando a su vez que se tuvo la necesidad de crearlo debido a que:

“Las reformas estructurales realizadas por el gobierno revolucionario iniciaron el proceso de movilización social pero no fueron suficientes, por ellas mismas, para suscitar una extensa y organizada participación popular. Era necesario entonces la creación de un mecanismo de apoyo y estímulo a la participación popular” (Rodríguez, 1973, p. 6).

Un poco más adelante, el General otorgó relevancia estratégica al cuarto de los objetivos de SINAMOS, correspondiente a la transferencia del poder que posibilitaba la realización del sistema “participacionista” explicando que: La transferencia del poder se inscribe dentro de una estrategia de cambio por el cual el Estado recupera el poder monopolizado por reducidos grupos sociales y los transfiere progresivamente a las organizaciones sociales de base” (Rodríguez, 1973, p. 8)

Es en torno a estas tareas asignadas y objetivos trazados en los marcos normativos que el SINAMOS tuvo su más importantes impronta, independiente de los debates que pudieron surgir respecto a su rol o a la filiación política de sus funcionarios. Por ejemplo, bajo su alero se creó la Confederación Nacional Agraria (CNA) para el sector agrario y, en torno al trabajo de organización de las Comunidades Industriales, se constituyó la Confederación Nacional de Comunidades Industriales (CONACI), dos importantes experiencias que estimularon la organización social, favorecieron el control obrero y la propiedad social (Huber, 1983).

Más allá de reconocer esta importante labor, lo que nos interesa resaltar es el objetivo de capacitar, orientar y organizar a la población nacional del Perú, porque es a propósito de estas acciones que SINAMOS organizó su propio departamento de Capacitación, el cual contó con los medios para producir, imprimir y difundir una serie de textos de trabajo, cuadernos de análisis, explicaciones de las medidas implementadas por el Gobierno Revolucionario, buscando contribuir a la toma de conciencia por parte de los sectores populares sobre la importancia histórica de la experiencia velasquista.

En estos textos y folletos se reprodujeron los discursos de Velasco, así como las reflexiones de ministros militares y de asesores civiles miembros de SINAMOS o integrantes de otras estructuras del Estado en los que se abordaron una gran diversidad de temas, inclusive aquellos de nuestro interés: política internacional; el sistema de participación plena como modelo de tercera vía, distinto de los sistemas comunistas y capitalistas; el no alineamiento; el fomento del desarrollo como estrategia económica y social para la superación del subdesarrollo; y el antiimperialismo como estrategia de soberanía nacional.

Esta documentación, por tanto, es de interés para continuar con un análisis integral sobre el lugar que tuvo el tercermundismo en el proyecto político de la Revolución Peruana, al tiempo que ofrece luces sobre cómo se buscó formar, mediante SINAMOS, a los sectores sociales populares en concepciones “ideopolíticas” afines al GRFA.

Nudos convocantes del tercermundismo en los escritos de SINAMOS

Se revisaron un total de 44 documentos producidos por SINAMOS entre los años 1971 y 1975. Estos corresponden a textos o cuadernos de análisis sobre la realidad nacional y política, relaciones internacionales, capítulos de cientistas sociales destacados del periodo, y documentos de análisis sobre las medidas implementadas por el GRFA. Como se señaló, los documentos pertenecieron a las series de publicación “Educación y Cambio”, “Proceso Peruano”, “Proceso Revolucionario”, “Debate”, “Planificación”, “Movilización y Cambios”, “Movilización Social”, “Realidad Nacional” y “Tercer Mundo”, elaborados e impresos en los Talleres del Centro de Estudios de Participación Popular (CENTRO), el Departamento de Producción e Impresiones de la Oficina Nacional de Difusión y la Oficina de Material Didáctico de la Dirección de Capacitación, todos dependientes administrativamente, hasta donde entendemos, del SINAMOS.

Imagen 2: Capitulo del texto Subdesarrollo y revolución de Rui Mauro Marini, publicado en 1973 por SINAMOS

Fuente: Colección Documental del GRFA del Centro de Documentación del Perú Contemporáneo (CEDOC) de la UNMSM.

Para el caso de los folletos y textos analizados, producidos y divulgados por el SINAMOS, se han podido identificar cinco nudos convocantes en los cuales se evidencia la presencia de un cierto sentir tercermundista y reflexiones en torno al lugar del Perú y del GRFA en el escenario internacional, así como en la incorporación de las tesis de no alineamiento. Estos nudos convocantes son: a) la unión del Perú al Tercer Mundo frente a la agresión imperialista y las relaciones de dependencia, amparada en las tesis de seguridad integral y en la solidaridad de pueblos hermanos; b) el antiimperialismo y la posición no alineada como forma de independencia frente a la superpotencias enfrentadas en la Guerra Fría; c) crítica a la dependencia, al subdesarrollo y a la cultura de la dominación; d) una profunda crítica a los modelos societales promovidos por el “capitalismo” y el “socialismo burocrático de Estado” –que incluye una posición crítica a la izquierda latinoamericana por ser “ortodoxa”, “moscovita”, marxista y leninista, “extranjerizante”-; y e) la validación del estamento militar como actor revolucionario y de la Revolución “propiamente peruana” como alternativa y ejemplo para el Tercer Mundo.

A continuación se desarrolla cada uno de estos.

a) Unión del Perú al Tercer Mundo frente a la agresión imperialista y las relaciones de dependencia, amparada en las tesis de seguridad integral y solidaridad de pueblos hermanos:

El primer nudo convocante lo organizamos en función de la definición que desde SIMANOS y el CENTRO se efectuó sobre el Tercer Mundo. En un texto de título “Glosario” de 1974, se planteó que por Tercer Mundo se debía comprender al

(…)  conjunto de países que no forman parte del grupo de países capitalistas desarrollados ni del grupo de países comunistas también desarrollados. Los países del Tercer Mundo se ubican principalmente en Asia, África y América Latina. Tiene un rasgo común: su atraso económico. Poseen además otra característica que es casi general en todos ellos: su dependencia y las relaciones capitalistas, dentro cuyo marco se mueven. A pesar de su abrazo, los países del Tercer Mundo están en diferente grado de desarrollo económico, dependencia; bajo distintas formas de relaciones nacionales e internacionales; con heterogéneas posiciones, ideológicas que determinan diversos objetivos políticos internos y externos, etc. No constituyen, por tanto, un bloque totalmente homogéneo. Forman el grupo del Tercer Mundo una mayoría de países neocolonizados, subdesarrollados, de soberanía recortada que debido al grado de dependencia respecto al imperialismo no tienen ni siquiera la posibilidad de salir de esa situación a no ser que sus pueblos acaben con el dominio de sus respectivas oligarquías, corten con las relaciones de subordinación que les impone el imperialismo y opten por una transformación integral, revolucionaria (…) (SINAMOS, 1974, pp. 23).

En esta definición se resaltan las relaciones de dominación política imperialista y dependencia económica a las que están sometidos los países de la periferia del centro de producción capitalista mundial, los cuales, en algunos casos se encontraban aún en diferentes situaciones de colonización y neocolonización durante la década de 1970. Se incluye al propio Perú anterior a la revolución militar de Velasco en esta condición debido al sometimiento de la oligarquía nacional a intereses exógenos –idea que constituyó uno de los principales argumentos esgrimidos para legitimar el golpe de 1968 y plantear el carácter revolucionario de la intervención militar–. De esta definición se desprende inmediatamente una crítica al modelo de organización mundial y un alegato en favor del fortalecimiento de la emancipación y soberanía nacional de los pueblos frente a las estructuras de dominación internas y externas.

En esta definición se resaltan las relaciones de dominación política imperialista y dependencia económica a las que están sometidos los países de la periferia del centro de producción capitalista mundial, los cuales, en algunos casos se encontraban aún en diferentes situaciones de colonización y neocolonización durante la década de 1970. Se incluye al propio Perú anterior a la revolución militar de Velasco en esta condición debido al sometimiento de la oligarquía nacional a intereses exógenos –idea que constituyó uno de los principales argumentos esgrimidos para legitimar el golpe de 1968 y plantear el carácter revolucionaria de la intervención militar–. De esta definición se desprende inmediatamente una crítica al modelo de organización mundial y un alegato en favor del fortalecimiento de la emancipación y soberanía nacional de los pueblos frente a las estructuras de dominación internas y externas.

Una forma de subvertir estas relaciones asimétricas entre países y las consecuencias de dominación que provocan sobre los pueblos del Tercer Mundo, según diferentes actores militares y civiles del GRFA, fue plantear y promover la unión política de estos países y la colaboración económica en igualdad de condiciones, respetando la particularidad de cada proceso nacional y su heterogeneidad, como se manifiesta en la cita anterior. En 1972, el Ministro de Energías y Minas señaló que el proceso peruano cambió “(…) radicalmente esta situación, tenemos relaciones con todos los países del mundo, porque así conviene a la revolución peruana. Un trato de igual a igual con todos los países del mundo, dentro del pluralismo ideológico, del respeto al principio de lo no intervención en los asuntos internos de cada país (…)  son los fundamentos de nuestra política internacional” (Fernández, 1972, p. 12).

En 1973, Augusto Salazar Bondy propuso como estrategia de superación de la cultura de la dominación y la dependencia “(…) la unión de los países subdesarrollados ya que el sistema que oprime es internacional y por otro lado la creación de una cultura unitaria y nacional” (Salazar, 1973, p. 1). Más aún, el General Mercado Jarrín, Ministro de Relaciones Exteriores, describió en uno de los folletos de SINAMOS de 1973 las cercanías del proceso peruano con experiencias tales como el MPNA y su adscripción activa al movimiento tercermundista y a sus orientaciones en política internacional y económica, posicionando este sentir como un horizonte de expectativas políticas e ideológicas para la construcción de sociedades y relaciones internacionales más equitativas y justas, tendientes a superar el subdesarrollo, señalando que:

En el plano mundial el Perú comparte y promueve decididamente los objetivos que se han propuesto el No-Alineamiento, en particular la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo, contra la discriminación racial en todas sus formas, y el imperialismo político, económico y social. Asimismo dentro de sus posibilidades sigue una política de universalización de relaciones diplomáticas y comerciales (…) En el plano de las relaciones económicas internacionales algo hemos dicho ya de cómo vemos el panorama que hoy día se nos ofrece. Participamos activamente en el movimiento tercermundista tendiente a modificar la estructura del comercio de las finanzas, del sistema monetario de las transferencias tecnológicas, etc. de modo que aseguren a esa inmensa mayoría de la humanidad que somos los pueblos subdesarrollados la posibilidad de superar el hambre, la miseria y la ignorancia (…) También sabemos que la cooperación exterior es muy necesaria pues su ausencia dificulta enormemente la tarea (Mercado, 1973, pp. 12-13).

Pero, ¿de dónde surgió o cómo se explica la relación que hicieron los personeros del gobierno revolucionario, civiles y militares, entre la crítica a la dependencia y el subdesarrollo y la necesidad de vincularse con otras experiencias políticas y construir relaciones internacionales solidas con países del Tercer Mundo y no con países desarrollados, principalmente del denominado “Occidente” capitalista, en plena Guerra Fría?

La respuesta puede rastrearse en el escrito de Mercado Jarrín, publicado por SINAMOS, en el cual se establece un vínculo indisoluble entre la seguridad nacional y la transformación de las estructuras de dominación internas y externas. Esto se plantea al modo de lo que el CAEM teorizó como Doctrina de Seguridad Integral (DSI), haciendo una severa crítica al modelo de seguridad de las potencias –en especial a la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) promovida para América Latina por Washington–, al no proponer modificaciones a las condiciones estructurales e institucionales que reproducían las desigualdades sociales.

En este sentido, estrechar lazos con otros países que enfrentaban situaciones de periferia, dependencia y dominación imperialista semejantes a las del Perú permitió a los personeros del GRFA robustecer la soberanía nacional en el plano internacional. Esto, a su vez, legitimó y amplió el margen de acción del gobierno para implementar políticas transformadoras, al posibilitar que Perú se posicionara en un campo político donde compartía similitudes con experiencias autodenominadas revolucionarias y nacionalistas, distanciadas de los modelos capitalistas y comunistas dominantes de la época.

En palabras del Ministro de Relaciones Exteriores:

La seguridad de las grandes potencias no es la nuestra. La seguridad para nuestros pueblos será el logro del desarrollo integral y autosostenido en todas sus formas. Nuestro subdesarrollo no es un fenómeno local. Nuestra decisión de superarle es irrevocable. Los esfuerzos que ello requiera, sea, en el plano interno o en el internacional, serán emprendidos. La frustración no debe continuar siendo la principal característica de la mayoría de la humanidad. La seguridad de todos habrá de buscarse en el mejoramiento y la dignificación de las condiciones de vida de todos los hombres. Es esta y no otra la seguridad que requerimos. Seguridad que será de todos o no será de nadie. Es la seguridad de que progresivamente la paz, entendida como algo cualitativamente superior a la ausencia de conflictos bélicos, se irá implantando en el orbe. Es la paz que se fundamentará no en superiores capacidades militares ni en la victoria, sino en el desarrollo integral de nuestros pueblos y en la afirmación de principios de justicia social y equidad en las relaciones internacionales (Mercado, 1973, p. 6).

Siguiendo en la línea planteada, la orientación política del Perú en materia internacional, que lo llevó a sumarse a experiencias tales como el MPNA, el Grupo de los 77, el Pacto Andino u otros foros internacionales no hegemonizados por las potencias globales, fue promovida por la adopción del tercermundismo y el no alineamiento como estrategias de soberanía nacional antimperialista y superación de la dependencia. Esta postura motivó al GRFA a plantear modificaciones en las relaciones hemisféricas de defensa nacional y en el Sistema Interamericano de Seguridad, argumentando la necesidad de superar la defensa de los intereses estadounidenses para promover una política de reafirmación de los intereses nacionales y regionales, aludiendo a que no “existe seguridad sin desarrollo” y no es posible “el desarrollo sin seguridad”, por lo que  ambos deben complementarse (Mercado, 1973, p. 12).

Es este contexto, para implementar esta renovación de la teoría y práctica de seguridad, el Perú de Velasco reafirmó su solidaridad con otros pueblos, países y proyectos revolucionarios, con los cuales si bien mantuvo distancias ideológicas, supo colaborar frente a un bien y una agresión común. Al respecto, el General Mercado Jarrín señaló que “(…) el Perú procura, además, eliminar ciertas imprecisiones en el concepto de agresión que han permitido que perdure en nuestro continente el ostracismo impuesto a la hermana República de Cuba, el cual no sólo rechazamos sino que exigimos eliminar el contexto de las relaciones interamericanas” (Mercado, 1973, p. 12). Asimismo, el General Fernández Maldonado indicó sobre la situación del Chile de Salvador Allende: “(…) tenemos que ser solidarios ante una situación como la que vive Chile, que sufre también una agresión imperialista. Es una obligación revolucionaria. La respuesta a las agresiones imperialistas debe ser conjunta” (Fernández, 1972, p. 12). Incluso, en la inauguración de la Cuarta Conferencia de Jefes de Estado o de Gobiernos de los No Alineados, celebrada en Argel en 1973, ante setenta y cinco delegaciones de membresía plena, el representante del Perú elogió al recientemente asesinado revolucionario Almícar Cabral “símbolo de lucha por la liberación de los pueblos de África” y “patriota generoso que concentró las esperanzas de su pueblo” (Mercado, 1973, p. 1).

Esta solidaridad internacional y los esfuerzos por construir nuevas relaciones internacionales con países del Tercer Mundo confirman un sentir tercermundista del GRFA, inscribiendo la experiencia peruana dentro del caudal de experiencias que se sintieron representadas en este movimiento, generalmente reivindicadas como antiimperialistas, revolucionarias, nacionalistas, socialistas, anticapitalistas o incluso bajo todas estas categorías combinadas. El periodista y asesor del gobierno José Adolph condensó este sentir en la siguiente afirmación: “Somos nosotros, los militantes de la revolución peruana –junto con lo más avanzado del pensamiento izquierdista mundial– quienes nos encontramos a la vanguardia de la revolución contra el capitalismo” (Adolph, 1971, p. 6).

b) Antiimperialismo y la posición no alineada como forma de independencia frente a la superpotencias enfrentadas en la Guerra Fría:

La crítica al imperialismo, como se ha señalado, se sustentó en el análisis efectuado desde el GRFA y sus ideólogos sobre la relación de dominación y la subordinación de los intereses nacionales del Perú a poderes extranjeros. En el mismo texto “Glosario” citado anteriormente, se explicita esta relación entre imperialismo y dominación, al caracterizar este vínculo como la:

(…) la estrategia del capital extranjero para obtener el dominio interno de la economía y, consiguientemente, el control de los aparatos internos de poder políticos y medios de información ideológica, en las naciones así dominadas. La dominación extranjera e interna surge de la combinación de los intereses del imperialismo dominante con las oligarquías nativas y se traduce en el control del poder económico-político y socio-cultural de las naciones sometidas o dominadas (SINAMOS, 1974, pp. 3-4)

De allí surge la crítica a todos los partidos políticos y a la oligarquía nacional como actores políticos que reproducen el orden de relaciones internacionales existente y defensores de los intereses imperialistas en el Perú, incluyendo aquellos sectores autoproclamados revolucionarios que, a visión de los militares, se beneficiaron del estado de las cosas, utilizando a las masas sociales para fines particulares ajenos a la soberanía del país y a la transformación de las estructuras sociales. Al respecto, Carlos Delgado señalo que:

 “las agrupaciones políticas del período pre-revolucionario formaron parte del ordenamiento social contra el cual insurgió la Revolución Peruana y constituyeron su expresión político-institucional. Por tanto, no podían dejar de estar profundamente comprometidas con el mantenimiento de la sociedad tradicional” (Delgado, 1974b, p. 2).

Por esta razón, se entiende la negativa de la cúpula militar, liderada por Velasco, a  establecer alianzas con partidos políticos y, a partir de esto, la justificación de la creación del SINAMOS.

Además de lo señalado, el antiimperialismo se sustentó en la DSI y en una profunda crítica a la contienda bipolar en el marco de la Guerra Fría, caracterizada como el enfrentamiento “(…) decisivo de dos súper potencias imperialistas por el control económico y político del mundo” (Delgado, 1974, p. 2). Por tanto, este antiimperialismo presente en el pensamiento tercermundista del GRFA, reflejó la crítica al sistema de relaciones internacionales y el accionar de sometimiento y dominación a que ambas superpotencias habrían incurrido al imponer modelos de sociedad incompatibles con el proyecto peruano, según la visión de los militares y asesores civiles. Esto se expresó en un distanciamiento y cuestionamiento tanto del imperialismo estadounidense como del soviético, pese a los acercamientos que el gobierno de Velasco mantuvo con este último y con los países alineados a su bloque.

Más adelante se analizará con mayor profundidad la naturaleza de las críticas hacia ambos sistemas, tal como se manifiesta en los textos publicados por SINAMOS. La crítica a la bipolaridad, a su vez, justificó el acercamiento a experiencias tercermundistas y al no alineamiento, posición que el General Mercado Jarrín sistematizó de manera lucida este posicionamiento:

Del mismo modo, entendimientos de todo orden van suplantando el distanciamiento que se entronizó entre los protagonistas de la bipolaridad. El mundo de hoy y en especial los países pobres de la tierra, encuentran en ello y en la emergencia de otros importantes centros de poder, una relativa seguridad, la que deberá ser complementada con el concepto de que la seguridad y el desarrollo son interdependientes. En el caso concreto de los países no alineados, además, estos desenvolvimientos les han venido a dar la razón, en cuanto consideraron impropio inscribir sus políticas exteriores dentro de lineamientos que habían sido traza dos por centros hegemónicos en función de sus políticas de poder (Mercado, 1973, p. 5).

La crítica al imperialismo se sustentó en el análisis efectuado sobre la realidad nacional de subordinación del Perú y en la observación del sistema de relaciones internacionales, donde otros países experimentaban problemáticas similares de subordinación y dominación. Es interesante destacar que, en la serie “Tercer Mundo” publicada por SINAMOS, se divulgaron capítulos de los libros Dependencia y desarrollo en América Latina (1969) de Fernando Cardoso y Enzo Faletto, y Subdesarrollo y revolución (1969) de Ruy Mauro Marini, en los cuales se enfatiza la desigual relación entre los países del centro de producción capitalista y aquellos obligados a ocupar lugares periféricos, empobrecidos, subdesarrollados y dominados por las relaciones imperialistas.

 Los textos señalados y sus autores, así como las contribuciones de otros investigadores vinculados a las tesis del desarrollo y a la teoría de la dependencia, como Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y André Gunder Frank, influyeron profundamente en las reflexiones de las décadas de 1960 y 1970 sobre la idea de Tercer Mundo. Sus planteamientos fueron utilizados como sustento teórico e ideológico para experiencias autodenominadas tercermundistas, dando contenido a la crítica del imperialismo (Mehmet, 1995; Martins, 2013; Katz, 2016).

Es destacable el vínculo que se observa en la definición de imperialismo difundida por SINAMOS y las propuestas teóricas en boga en América Latina, lo cual dotó de contenido las prácticas políticas antiimperialistas del GRFA, su posición tercermundista y su vínculo con otras experiencias percibidas como revolucionarias. Este vínculo se refleja claramente en la propia definición de imperialismo elaborada en SINAMOS:

 En los tiempos actuales, emerge del sistema capitalista –cumbre de su respectivo desarrollo económico– y se caracteriza por la formación y dominio de monopolios en su país de origen. En vista de que “no caben” dentro de sus fronteras nacionales, se desbordan a diferentes partes del mundo, fundamentalmente a aquellos países liberados o en proceso de liberarse del colonialismo, exportando capitales financieros y tecnologías con el objetivo supremo de obtención de superganancias. Es así, como países enteros caen bajo su dominio y quedan convertidos en simples productores de materias primas; de la mano de obra barata, mercado de ventas para sus productos manufacturados, etc., generando el subdesarrollo de esos pueblos. La dominación imperialista a fin de garantizar la continuación del saqueo y de la subordinación de los países convertidos en dependientes, no se limita al terreno económico sino que se extiende a los terrenos políticos, ideológicos, cultural. En caso extremo con objeto de asegurar sus esferas de influencias el imperialismo acude a las guerras de agresión, intervención y ocupación (SINAMOS, 1974, p. 4).

Como señaló Velasco en varios de sus discursos, la posición peruana y del GRFA tuvo que ser necesariamente antiimperialista, ya que uno de los objetivos nacionales fue fortalecer la soberanía, la cual sólo pudo lograrse mediante una “segunda y verdadera independencia”. Esta comenzó a materializarse con políticas de expropiación de empresas de capitales extranjeros, principalmente estadounidenses, en áreas económicas consideradas estratégicas.

Frente a la forma moderna en que se expresó el imperialismo en el Perú, el neocolonialismo, definido como una “(…) política construida por un conjunto de métodos aparentemente nuevos, más flexibles y encubiertos, que los países imperialistas aplican tanto en las colonias que aún subsisten, como en los países políticamente «liberados», para conservar y ampliar su influencia” (SINAMOS; 1974, p. 2), se contrapuso la política de transformaciones estructurales orientada a eliminar la oligarquía y reorganizar el sistema de relaciones productivas del país. Entre estas acciones se incluyó la expulsión de la International Petroleum Company, señalada como “brazo visible del imperialismo”.

Este tipo de medidas fue contestado por los defensores del imperialismo, quienes buscaron desacreditar el proceso peruano para minar la solidaridad de otros pueblos y gobiernos. El General Fernández Maldonado responsabilizó a sectores del capitalismo internacional y a sectores políticos de “cierta izquierda” de socavar los esfuerzos del Perú para fortalecer su soberanía nacional, difamando la experiencia ante otros revolucionarios del Tercer Mundo y, con ello, minar la articulación internacional no alineada:

He podido observar en mis viajes por el exterior que hechos como el que comento se silencian por dos razones. La primera está sustentada en una habilidad suprema del imperialismo para presentar al proceso peruano, como un proceso simplemente reformista por un lado y extremista por el otro, a efectos de desprestigiarlo frente a otros sectores revolucionarios del Tercer Mundo, ya que no puede tildarlo de “comunista” porque en estos momentos le interesa minimizar a nuestra revolución. Y sabemos cuán fuerte es el imperialismo cuando desea presentar una imagen falsa, puesto que gobierna y controla casi todos los medios de difusión masivos. La segunda razón estriba en algunos círculos de cierta fauna “izquierdista” ligada a centros de estudios cerrados, excesivamente intelectualistas, que pretenden perpetuar recetas sociales, cómodamente instalados en una platea desde la cual lanzan críticas por doquier sin asumir responsabilidades de decisión (Fernández, 1972, p. 33)

c) Crítica la dependencia, al subdesarrollo y a la cultura de la dominación:

Junto a la búsqueda de la solidaridad internacional, el fortalecimiento de la soberanía nacional y el antiimperialismo, desde el GRFA se comprendió que el neocolonialismo al que se había sometido al Perú luego de su independencia constituía la base de su condición de dependencia, subdesarrollo y dominación extranjera. Estas ideas estuvieron muy presentes en la teoría y en la ideología tercermundista, planteándose que la dependencia exterior, producto de la acción del imperialismo y del capitalismo global, había determinado dinámicas históricas de sometimiento político y subdesarrollo económico en beneficio de los monopolios comerciales de potencias extranjeras (Arn, 2007; Prashad, 2007; Déves, 2014; Alburquerque, 2020). Por esta razón, en el ideario político revolucionario de los militares peruanos, el antiimperialismo se concibió en oposición a la dependencia, estrechamente vinculado a las medidas transformadoras de carácter nacional dirigidas a superar el subdesarrollo. Como señaló el intelectual Augusto Salazar Bondy:

¿Cómo se ha producido esta situación nacional? (…) propongo la tesis de la dependencia como causa fundamental, descartando la raza, la tradición, la lengua o la religión como factores determinantes. Y entiendo dependencia en el sentido tanto de un lazo de subordinación cuanto de un sistema social y económico, mediante el cual se establece y perenniza tal lazo (Salazar, 1973, pp. 9-10).

Imagen 3: Texto Dependencia y cultura de Augusto Salazar Bondy publicado en 1973 por SINAMOS

Fuente: Colección Documental del GRFA del Centro de Documentación del Perú Contemporáneo (CEDOC) de la UNMSM.

Desde el SINAMOS se definió la dependencia como el modo específico en que tomó forma el capitalismo en el Perú, condicionando el:

(…) desarrollo y que se caracteriza por la hegemonía de un centro o varios centros dominantes que controlan las economías nacionales y acumulan riquezas y poder en detrimento de estos países dependientes (…) En términos generales dependencia equivale a subdesarrollo y, en consecuencia, desarrollo es independencia y no simple crecimiento o “desarrollismo” (SINAMOS, 1974, p. 3).

Teniendo en cuenta esta definición, se comprende en profundidad la sentencia expresada por Velasco, una de las máximas ideológicas del GRFA en su accionar: “No existe, por tanto, posibilidad de resolver ninguno de nuestros problemas capitales sin encarar las cruciales cuestiones de la dependencia y el subdesarrollo” (Velasco, 1971, p. 10).

Pero, ¿cómo se relacionó lo expuesto con una posición tercermundista y no alineada? Una vez más, fueron Salazar Bondy y Mercado Jarrín quienes se expresaron de manera clara, inscribiendo el éxito de la empresa revolucionaria nacional en el vínculo que el Perú pudo establecer con otras experiencias en otras latitudes que promovieran la independencia económica y la soberanía, en una política antiimperialista y solidaria internacionalmente contra la dominación, la dependencia y el subdesarrollo. El Ministro de Relaciones Exteriores señaló que:

“entre países dominantes y colmados –cualquiera que fuere la ideología política que profesen-, y países dominados y pauperizados– cualesquiera que fueran, igualmente sus tradicionales vinculaciones en el campo internacional e ideología-, la brecha es cada vez más profunda. Esta diferenciación no debe seguir aceptándose en el movimiento no alineado” (Mercado, 1973, p. 4).

Mientras que, el filósofo y encargado de la reforma educativa expresó:

A la cultura de la dominación se la puede cancelar y superar sólo por un movimiento de independencia, generador de una cultura integrada, unitaria, original, libre. Ahora bien, si las condiciones de nuestra dependencia hoy son las del actual régimen social y económico nacional y su vinculación con los sistemas internacionales de poder, no puede haber aquí una renovación de la cultura sin cancelación de tal régimen, es decir, sin un proceso revolucionario que supere el capitalismo en el Perú. Pero siendo la nuestra una dependencia inserta en la red mundial del poder económico y político, nuestro objetivo no podrá cumplirse sin una acción combinada a escala supranacional. De allí la importancia de la toma de conciencia de las naciones subdesarrolladas o del Tercer Mundo, como participes de la misma situación que el Perú y por tanto necesitadas de la misma solución, y de la toma de conciencia en el Perú de la comunidad de problemas y vías de solución con los demás países subdesarrollados y, en especial, los latinoamericanos (Salazar, 1973, p. 11).

d) Crítica a los modelos societales promovidos por el “capitalismo” y el “socialismo de burocrático de Estado:

Velasco negó, en su última entrevista, que su gobierno tuviera vínculos con el comunismo o hubieran militantes comunistas en los cuadros oficiales:

 “(…) me han dicho que oficialicé el comunismo. Y eso es una brutalidad. (…) ¿Por dónde voy a salir comunista? Yo he sido militar toda mi vida. Había algunos medio rojos en el gobierno, que eran pasables. Ustedes me hubieran acusado de macartista si yo hubiera perseguido a los comunistas. Yo más bien he dicho que los comunistas se infiltraron (…)” (Velasco, 1977).

La necesidad de distanciarse de ambos modelos de lo sociedad no sólo respondió a la crítica que se les formuló por considerarlos expresiones imperialistas en la política internacional practicada por sus dos máximos representantes, Estados Unidos y la Unión Soviética, como hemos visto más arriba, sino que también, se debió a la valoración que hicieron los integrantes del GRFA sobre la excepcionalidad del experimento revolucionario peruano, que, a juicio de sus colaboradores militares y asesores civiles, no podía ser encasillado en alguno de los constructos teóricos e ideológicos con los cuales se explicaban los sistemas sociales dominantes. En palabra de Carlos Delgado:

(…) casi todos los intentos realizado para interpretar el proceso peruano han partido del error fundamental de utilizar supuestos analíticos, categorías descriptivas y formas de razonamiento político que, en su conjunto, corresponden a un momento histórico cualitativamente diferente del que ahora vive el Perú (…) se ha intentado dar cuenta de un fenómeno enteramente nuevo a través de un instrumental heurístico de evidente inadecuación y cuya propia y casi total obsolescencia no permite ni siquiera percibir en profundidad todo lo que hay implícitamente en lo inédito y novel del fenómeno mismo (…) la interpretación se torna ejercicio de aplicación mecánica de esquemas que poco o nada tienen que ver con la rica y dinámica fluidez de una realidad cuyo significado más profundo permanece elusivo y escapa a la esterilidad inherente a todos los esfuerzo por encasillarla en el hierático inmovilismo de los dogmas (Delgado, 1973, pp. 1-2).

La crítica al capitalismo ha sido planteada, pero aquí la sistematizamos: el análisis que el Perú estuvo inserto en el sistema de producción capitalista, pero forzado a ocupar su periferia, sometido a prácticas neocoloniales que generaron su dependencia respecto de la potencia imperial de América del Norte, y fue subdesarrollado en beneficio de los intereses extranjeros, con la complicidad de las oligarquía nacional y de otros sectores capitalistas que se beneficiaron de este sistema social. ¿Los grandes perjudicados? Las masas de campesinos, arrendires, trabajadores mineros y trabajadores urbanos, empobrecidos y sometidos a la injusticia social. Expresado en palabras del General Rodríguez Figueroa, el sistema capitalista como expresión del imperialismo, en el Perú fue responsable de:

(…) los fenómenos sociales de concentración de la riqueza, del poder político y del saber en reducidos grupos sociales con la consecuente y necesaria marginación de los mismos valores para los grupos sociales de base (…) los desiguales y conflictivos intereses privados, la falsa competencia y la ausencia de una Estado realmente representativo de los intereses de toda la nación y capaz de racionalizar y planificar la vida económica en función de la mayoría, originaron la concentración del poder, la rígida estratificación de grupos y clases y, consecuentemente condiciones de intensa marginación y profundos conflictos sociales (Rodríguez, 1973, pp. 12-13)

Entonces, el capitalismo se volvió incompatible en la “ideopolítica” del GRFA y, por tanto, no es de extrañar que en reiteradas ocasiones, en las páginas de los folletos de SINAMOS, se explicitara que la Revolución Peruana, para alcanzar sus objetivos de transformaciones estructurales, debía superar el capitalismo. Por ejemplo, en 1971, en la publicación de la serie “Proceso Peruano”, se afirmaba que “por la circunstancia de haber vivido siempre dentro del sistema capitalista en el que se originó nuestra situación de subdesarrollo (…) resultaba imperativo que el punto de partida de la Revolución Peruana fuera: La decisión de abandonar el capitalismo como sistema; y el rechazo a un modelo de desarrollo capitalista” (SINAMOS, 1971, p. 3). De manera similar, en el documento “Glosario” de 1974 se indició que, “(…) nuestra patria que se hizo subdesarrollada y dependiente dentro del capitalismo y que, como es lógico, no podrá superar esa doble desventaja si es que primero no supera al mismo capitalismo” (SINAMOS, 1974, p. 8).

Ahora, en relación con la crítica a los modelos de sociedad identificados como comunistas y socialistas, así como respecto a las posturas ideológicas de ciertos sectores de la izquierda marxista y sus derivaciones –estalinista, leninista, trotskistas, maoístas, “ultraizquierdista”, “moscovita”, “ortodoxa”–, esta surge al considerarlos tan alienantes como el capitalismo. De los escritos de Rodríguez Figueroa, Carlos Delgado, Rafael Roncagliolo, Ismael Frías y José Adolph, se desprende una visión negativa del sistema comunista y del socialismo real. Por un lado, se observó críticamente el modelo soviético por considerarlo burocrático y autoritario; por otro, esto permitió la reafirmación de la tesis de la Democracia Social de Participación Plena, o “participacionismo”, que se consolidó como la principal propuesta política de transformación social del velasquismo frente a sus críticos, principalmente de izquierda.

Para Carlos Delgado, en el sistema capitalista, el productor de la riqueza –el trabajador– era enajenado de sus facultades creadoras, y se generaba un régimen de propiedad privada de producción que constituía la estructuración social privilegiando a la burguesía. De igual forma, en el modelo comunista –al menos el que se describe en sus textos–, los productores y creadores también eran alienados, al existir una intermediación absoluta del Estado, que concentraba la riqueza y otorgaba a las estructuras burocrático-partidarias-estatales las facultades exclusivas de decisión frente a los trabajadores. Esta posición se refleja cuando él escribió que la intermediación del Estado en el sistema económico en los modelos comunistas:

 “(…) mantiene a los trabajadores como productores intermediados de riqueza. Esto determina la subsistencia fundamental de la alienación colectiva dentro de un sistema que, al igual que el capitalismo, no permite el acceso directo de los creadores de riqueza al plano real de las decisiones sobre el uso y destino de la producción que genera su trabajo” (Delgado, 1974b, pp. 18-19).

 Mientras que, el Jefe máximo de SINAMOS, expresó su posicionamiento de manera semejante, pero con algunos matices respecto al sometimiento y a la ausencia de participación social en la toma de las decisiones sobre la producción:

La alternativa comunista de desarrollo, en cambio, define al estado como ente centralizado de acumulación del capital. La propiedad estatal generalizada precisa de una creciente burocracia oficial que, en medida importante, se apropia del excedente económico generado por los trabajadores. Pero la definición del Estado como centro de acumulación sustrae de los productores reales de la riqueza social la posibilidad de decisión. La propiedad estatal generalizada concentra el poder decisional en la burocracia política-estatal, conduce el uso autoritario del poder, genera instituciones que consolidan la dependencia de los grupos sociales de base respecto a los grupos dirigentes y mantiene la incapacidad relativa de los grupos sociales para asumir decisiones. Todo ellos es justificado por una ideología encubridora y mitológica que reenvía la participación social a un periodo final e inverificable (Rodríguez, 1973, pp. 13)

Delgado (1973; 1974b), y, como veremos más adelante, también Carlos Franco (1974a; 1974b), sostienen que, debido a errores de interpretación sobre la Revolución Peruana y a deficiencias teóricas e ideológicas derivadas de un inmovilismo ortodoxo, las izquierdas latinoamericanas y la propia izquierda en el Perú no pudieron comprender el profundo cambio y las propuestas del proceso histórico iniciado en 1968 por los militares peruanos. El trasfondo de la polémica se explicaría por la recusación de las posiciones comunistas por  parte del GRFA, el liderazgo militar del proceso y la idea de que las revoluciones eran patrimonio exclusivo de los partidos políticos autodenominados revolucionarios de izquierda, los cuales competían con la Revolución Peruana por la adhesión de estudiantes, campesinos, obreros, intelectuales, marginados urbanos, profesionales y artistas.

El General Fernández Maldonado, reconociendo la existencia de una izquierda “seria y lúcida” que sí observa detenidamente el proceso, también aludió a “(…) otra llamada también izquierda, en el fondo satelizada y colonizada ideológicamente, en clara demostración de subdesarrollo doctrinario, que se ciñe a informaciones deformadas por ciertos «geniecillos», miembros de frondosas burocracias internacionales” (Fernández, 1972, p. 25).

En este sentido, se observa que el esfuerzo escritural e ideológico de los militares y asesores civiles plasmado en las páginas de SINAMOS, buscó expresar que la Revolución Peruana no respondió a “chantajes” y no acalló sus posicionamientos frente a la crítica de un “monolitismo ideológico de carácter claramente inquisitorial” con “débiles esquemas dogmáticos”, que tendía a menospreciar las posiciones divergentes en el plano del debate teórico. Asimismo, buscó distanciar la Revolución del imperialismo soviético, pese a los ataques que pudo sufrir el GRFA, al ser catalogado de  “mera modernización del capitalismo dependiente”, “agentes imperialista”, “servidores objetivos del imperialismo” o “macartista”, posiciones que “traicionaron el libre debate entre revolucionarios” (José Adolph, 1971; Frías, 1973).

Finalmente, en este cuarto nudo convocante del sentir tercermundista, cabe señalar que, al igual con la crítica al imperialismo y su expresión neocolonial, capitalista y dependiente –la cual fue recusada por los personeros de gobierno citados y se tradujo en una práctica política concreta de distanciamiento de Estados Unidos y su bloque, en búsqueda de mayor autonomía y reafirmación de la soberanía nacional–, respecto del comunismo, entendido como sistema de enajenación y alienación, y sobre el imperialismo soviético, también se manifestó el deseo de mantener una posición soberana y crítica, aun reivindicando el proceso peruano como revolucionario y socialista. Es en este punto donde emerge con claridad el posicionamiento tercermundista y no alineado en la política internacional. La siguiente cita refleja lo mencionado y evidencia, una vez más, el deseo por estrechar lazos con otros países del Tercer Mundo desde una posición alejada del conflicto bipolar:

Aquí la línea de demarcación es clara: lo de libertario significa el estímulo a la libre manifestación de ideas y pensamientos (que NO exista en el capitalismo) el ejercicio directo del poder por los organizaciones de trabajadores, tanto o nivel de la empresa como en los niveles regionales y en la instancia de lo conducción política global del país. Recusamos, por lo tanto el monopolio absoluto del poder, la culturo y la comunicación masiva por parte de un partido único. Recusamos lo concentración de todas las decisiones económicas en la burocracia estatal. Recusamos el sometimiento de nuestra política internacional o cualquier potencia mundial y explícita y enfáticamente, la posibilidad de someter nuestra política internacional o los intereses nacionales de la Unión Soviética (Roncagliolo, 1971, p. 12)

e) Validación del estamento militar como actor revolucionario y de la Revolución “propiamente peruana” como alternativa y ejemplo para el Tercer Mundo:

Para los asesores civiles, quienes en muchas ocasiones actuaron como intelectuales, elaboradores y promotores de la “ideopolítica” del velasquismo, la originalidad de la Revolución Peruana y de otras experiencias revolucionaria se debió a que estas fueron impulsadas por el estamento militar, algo aparentemente impensado en las doctrinas y cuerpos teóricos de los partidos políticos de izquierda. Esto demostraría que tales posicionamientos nunca fueron capaces de avizorar “(…) la posibilidad de que las instituciones castrenses jugaron en los países del tercer mundo de hoy un papel radicalmente diferente de aquel que para Europa les asignaba la literatura revolucionaria europea del siglo diecinueve” (Delgado, 1973, p. 4).

Se ha explicado que la intervención militar en el Perú surgió de la toma de conciencia de este estamento sobre las condiciones sociales de subdesarrollo y la situación de dependencia externa en la política nacional, derivada del imperialismo. Al destacar una vía reformista de modernización capitalista, se decidió promover una alternativa revolucionaria que propusiera incrementar los aspectos de la economía nacional,

 “(…) dentro de una estrategia global destinada a cambiar las relaciones entre los grupos sociales de nuestro país a través de la afectación radical de los sistemas de propiedad de los medios de producción y del poder político (…) [y] la progresiva ruptura de las relaciones que tornaban a nuestro país dependiente de las decisiones tomadas en las metrópolis imperialistas” (Rodríguez, 1973, pp. 4-5).

Este compromiso revolucionario representó, según Carlos Franco, la reafirmación del estamento militar como un actor con la potencialidad de revolucionar la sociedad peruana y sus estructuras de dominación capitalistas, por encima de aquellas estructuras e instituciones partidistas que se habrían beneficiado del estatus quo, comprobando que, “(…) la Fuerza Armada, están en condiciones de formular creativamente nuevas concepciones ideopolíticas, estrategias de cambio y desarrollo del país, programas de acción y modelos sociales claramente superiores a los de los partidos políticos” (Franco, 1974a, p. 37). Este compromiso, habría emergido en los militares al constatar las dispares condiciones sociales de la mayoría de los peruanos, generando en ellos una dimensión valorativa “(…) de entrañable solidaridad con nuestros hermanos los humildes, los pobres, los olvidaos, los marginados y explotaos por un sistema que les fue profundamente ajeno y hostil” (Rodríguez, 1973, p. 6).

Otra particularidad del proceso peruano, es su propia definición: un proceso político revolucionario, heterogéneo ideológicamente que sólo “recusó del comunismo y del capitalismo” por sus posiciones imperialistas y por tanto, no alienado, humanista, libertario, nacionalista, socialista de participación plena o “participacionista” que incluso, permitió que algunos de sus asesores civiles valoraran algunos de los planteamientos de Marx, no así del marxismo (Adolph, 1971; Fernández, 1972; Frías, 1973; Franco, 1974b; SINAMOS, 1974). Es decir un proceso político e ideológico “propiamente peruano”. Estos elementos junto con el que el proceso sea liderado por militares con un grado de asesoramiento civil y no por partidos políticos de los cuales eran desconfiados, hizo que el propio proceso revolucionario peruano haya sido visto por los miembros de GRFA como una experiencia única en el mundo aparentemente exitosa en su política de reafirmamiento de la soberanía nacional y del no alineamiento, incluso presente con anterioridad del ingreso del Perú al MPNA según el escrito del General Mercado Jarrín:

Nuestro No Alineamiento es integral. No es una posición que adoptamos desde que se nos ha abierto las puertas de este Grupo. Al contrario nos hemos incorporado después de transcurridos algunos años de consciente ejercicio de nuestra política independiente porque encontramos una evidente afinidad entre la posición que hemos adoptado y la de este grupo de naciones. Así el aporte que traemos es justamente una decidida voluntad confirmatoria del No Alineamiento activo y un firme propósito a no ser cohortes de los centros mundiales de poder (Mercado, 1973, pp. 18-19)

Es por lo anteriormente señalado que los miembros militares y asesores civiles que escribieron en las páginas de los folletos y textos impresos y distribuidos por SINAMOS expresaron una subyacente al sentir tercermundista: la excepcionalidad de la Revolución Peruana debía ser motivo de interés para otros pueblos y gobiernos. Incluso más allá,  si bien la Revolución no podía ser emulada debido a sus características históricas y sociales “propiamente peruanas”, al menos debía convertirse en un ejemplo para los países del Tercer Mundo. Esto se debía a que representaba las dimensiones emancipadoras y antiimperialistas más acabadas de su tiempo, al practicar una tercera posición que concentró lo más preciado del tercermundismo: una alternativa en tanto horizonte de futuro, no sumisa a los poderes imperiales y sus agentes nacionales, y promotora de un tipo de sociedad no capitalista que buscó la participación social mediante lo que definió como otro tipo de socialismo, no comunista, destinado a impulsar procesos productivos que superasen el subdesarrollo. Quizá fue Carlos Delgado quien sintetizo de manera excepcional el lugar primordial en tanto referente mundial que los militantes de la Revolución Peruana le otorgaron a su proceso:

De esta manera, finalmente, en su desarrollo ideo-político la Revolución Peruana ha formulado tres recusaciones fundamentales. La primera, al sistema capitalista, por cuanto fue dentro de él que nuestro país llego a ser un país subdesarrollado y sometido a la dominación extranjera; la segunda, al sistema comunista porque como modelo alternativo del capitalismo nos parece incompatible con los ideales de la revolución; y la tercera, a los partidos tradicionales, porque en tanto nuestro proceso representa una nueva y genuina posición revolucionaria de clara autonomía, ellos son la expresión política del sistema contra el cual insurgió la revolución, Así, la significación histórica más radical de la Revolución Peruana, consiste en que ella constituye el primer movimiento de transformación que, al margen del llamado «marxismo-leninismo», plasma una revolucionaria formulación ideo-política autónoma, original, distinta y en el Perú, en América Latina y en el Tercer Mundo (Delgado, 1974, p. 24)

Conclusiones

Los cinco nudos convocantes identificados respecto a las posiciones tercermundistas expresadas en los escritos de ministros militares y asesores civiles del GRFA publicados por SINAMOS permiten confirmar la presencia de un fuerte pensamiento antiimperialista adoptado por el régimen, a partir del cual se articuló una política de independencia en las relaciones internacionales y de solidaridad con los países del Tercer Mundo. Este mismo pensamiento puede constatarse en el análisis de la discursividad del principal líder de la Revolución Peruana, el General Velasco Alvarado, evidenciando así una continuidad entre el cuerpo documental analizado en este escrito y el artículo anteriormente publicado en Pacarina del Sur. Lo anterior se explica por el rol ideológico que tuvo el SINAMOS como organismo de difusión de las ideas políticas del GRFA, lo que permite comprender la coherencia y continuidad del pensamiento del líder máximo con sus asesores militares y civiles.

El tercermundismo expresado en las páginas de los folletos y textos de SINAMOS se configuró mediante la búsqueda de una identidad común entre los diferentes países del Tercer Mundo, que compartían, a los ojos de los militares y asesores civiles, una situación de dependencia y subdesarrollo semejante. Estos países, al igual que el Perú, se caracterizaron por tener sistemas económicos supeditados a los designios y arbitrariedad de los centros capitalistas globales. Según el análisis,  desde el GRFA se propuso la unión de los países del Tercer Mundo oprimidos para enfrentar colectivamente esta situación y resistir al imperialismo. Esto permitió a dichas naciones emprender procesos más sólidos en política exterior, fortalecer su soberanía y, sobre todo, desprenderse de aquellos grupos nacionales, como la oligarquía peruana, que  se subordinaban a los intereses de las potencias extranjeras. Esta perspectiva otorgó un carácter revolucionario al accionar político del tercermundismo. Así, tal como en los discursos de Velasco Alvarado, en los textos de Carlos Delgado, Augusto Salazar Bondy, los Generales Mercado Jarrín y Fernández Maldonado –por nombrar algunos–, desde el GRFA se promovió la colaboración económica y política entre los países tercermundistas, así como la construcción de espacios supranacionales, como se pensó con el MPNA, destinados a coordinar esfuerzos en beneficio de la soberanía nacional y la redistribución justa de las riquezas.

También, ha sido posible identificar el rechazo que generó en el GRFA tanto el imperialismo estadounidense de carácter capitalista como el imperialismo soviético por su socialismo burocratizado y centralizado. A los ojos de quienes escribieron los texto revisados, ambos modelos generaban procesos distintos de alineación y enajenación social. Este fue uno de los pilares del no alineamiento presente en la Revolución Peruana. Dicho posicionamiento reflejaba una crítica profunda a la Guerra Fría, que Velasco Alvarado, en sus discursos y a través de los textos de sus asesores, veían como una confrontación entre dos superpotencias que instrumentalizaban a las naciones periféricas en beneficio de sus propias agendas geopolíticas, sin importar las consecuencias para estos países.

Para el GRFA, el modelo capitalista mantenía al Perú en una posición de dependencia y explotación, mientras que el modelo comunista, al menos en su forma soviética, imponía un sistema centralizado y burocrático que también limitaba la autonomía y la participación popular. Así, los asesores militares y civiles reflexionaron y buscaron concientizar a las masas sobre la necesidad de un modelo de participación social diferente: el “participacionismo”, asociado a un desarrollo no capitalista que involucraba a los trabajadores en la toma de decisiones productivas y a los campesinos en la redistribución de la tierra por medio del reforma agraria. Este modelo, distinto de los hegemónicos, se situó dentro del repertorio de experiencias tercermundistas y se nutrió de otras experiencias socialistas no soviéticas. Si bien el GRFA discrepó del socialismo soviético. defendió su propio modelo de socialismo humanista y libertario, que entró en dialogo con las experiencias política de otros países del Tercer Mundo.

Finalmente, el GRFA, Velasco, sus ministros y asesores civiles, validaron al estamento militar como un agente legítimo de transformación social, algo que desafió y problematizó las concepciones tradicionales –denominadas “ortodoxas” por los defensores del proceso peruano– de los movimientos y partidos de izquierda en América Latina. Los teóricos de SINAMOS defendieron la idea de que las fuerzas armadas podían liderar un proceso de justicia social y de trasformaciones estructurales, cuestionando así la visión hegemónica que reservaba los cambios revolucionarios exclusivamente a los partidos de izquierda. Esto dio origen a un debate más profundo sobre la noción misma de revolución y la pregunta: ¿quién hace la revolución?

Si bien en la retórica del líder militar y de los asesores en SINAMOS se defendía que el proceso era “propiamente peruano” debido a sus posiciones ideopolíticas, el lugar del estamento militar y la realidad social del Perú mostraban al menos dos similitudes con otros procesos políticos del Tercer Mundo: en África y Asia fueron militares o movimientos armados de liberación nacional, posteriormente devenidos en estructuras militares formales, los que impulsaron procesos políticos antimperialistas y de trasformación social. Lo que sí es posible afirmar es que la experiencia política busco ser posicionada como como un modelo de independencia nacional y social para otros países del Tercer Mundo.

De los nudos convocantes identificados es posible rastrear similitudes con los nudos convocantes identificados del pensamiento de Velasco Alvarado, lo que permite otorgar cierta coherencia al sentir tercermundista expresado por el GRFA. Ahora bien, como se ha señalado, resulta necesario continuar con la problematización de este enfoque mediante la revisión de otra documentación y posiciones intelectuales, no solo de los militantes y adherentes a la Revolución Peruana, sino también del rico abanico de actores que se opusieron a ella, particularmente dentro de la izquierda y sus militantes dedicados a la producción de ideas.


Gabriel Mora Galleguillos es Sociólogo por la Universidad de Valparaíso. Magíster en Estudios Latinoamericanos por el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (CECLA) de la Universidad de Chile y Magíster (C) en Estudios Históricos: Cultura y Sociedad en Chile y América Latina por el Instituto de Historia de la Universidad de Valparaíso.


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La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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