EL VATE QUE SE BATE O LA VIDA EN ROJO DE SALVADOR DÍAZ MIRÓN

Arturo E. García Niño

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9436-5091

Resumen:

A Salvador Díaz Mirón, excelso poeta instalado hace ya más de cien años en el parnaso universal, es imposible regatearle mérito alguno en su quehacer literario. Pero, ser humano antes que vate, su vida social estuvo plagada de vaivenes políticos que, entre el tercio final del siglo XIX y las dos décadas iniciales del siglo XX, lo llevaron a cambiar de bando político según le conviniera, sin que esto obste para reconocer su determinación al hacerlo. Tales saltos de una facción a otra estuvieron siempre acompañados de una apasionada y afilada prosa periodística, la cual lo catapultó a ocupar una diputación tanto en la legislatura de su estado como en la federal. Fue también un hombre violento y camorrero, que no paró mientes en ofender, golpear e incluso matar a quienes osaron sostenerle duras miradas o contradecir sus opiniones. Ambas facetas lo hicieron ser quien fue y de esta última, teñida de escarlata y poco conocida –o no tanto como la de poeta–, dan cuenta las líneas venideras, que extraen algunas interpretaciones acerca de ella.

Palabras clave: Salvador Díaz Mirón, duelos a muerte, violencia individual.

Basta de timidez. — La gloria esquiva
al que por miedo elude la pelea

y con suspiros lánguidos rastrea,
 acogido a la sombra de la oliva.
               (Díaz Mirón, 1901, p. 179) 1

“Como el león, para el combate»2 (introito)

Protagonista estelar en México, del último cuarto del siglo XIX y del primer tercio del XX, Salvador Díaz Mirón cimentó y prestigió con su verso al romanticismo y transitó invicto para ser uno de los precursores del modernismo en América. Ejerció el periodismo e hizo política sin desmerecer su lírica. En una época donde abundaron tales casos multioficios y multi oficiosos con una o varias de las cambiantes facciones políticas en boga por entonces.

Venido al mundo en Veracruz puerto el 14 de diciembre de 1853 y fallecido el 12 de junio de 1928 ahí mismo, pasó de enfant terrible a viejo malhumorado en sus filias pendencieras hasta el último suspiro. Y si las rijosidades lo insertaron con ganado derecho en la cotidianidad de las páginas de nota roja de los diarios y revistas, no opacaron el lustre construido a la par con el hacer poético esculpidor de su efigie en la república de las letras.

Terrenal hasta el extremo por sus claroscuros políticos, su beligerancia ante cualquier diferendo posible en su andar ciudadano lo condujo por variadas circunstancias y, en no pocas ocasiones, a batirse en duelo con sus adversarios elegidos. Ese gusto por los duelos a tiro limpio le ganó sin ambages un lugar central en la más acuciosa historia de los duelos nacionales, en la cual el autor de ella, Escudero (1936), le dedica casi treinta páginas al vate, adicto a batirse con cualquiera echando por delante su porfía y sin razón alguna de por medio.

Así anduvo entre siglos el porteño hacedor de poemas, artículos, proclamas y discursos, pistola al cinto e inmerso en el barullo un mucho tragicómico de ese primer territorio de la lógica que es, fue y será su tierra natal. Transitó, cual tropical ilógico, las calles y plazas citadinas, los recovecos palaciegos y los pasillos de congresos estatales y federales, sin arrendar su escatológico gusto por los golpes, la sangre y los disparos.

Era y es Díaz Mirón cenzontle que a través de una de sus voces sigue cantando sin preocupación alguna, porque supo muy pronto que su volar dejó de requerir apéndices o extremidades ad hoc alboreando el siglo XX; supo también que la rama desde la cual lo hizo, y lo hace, es ya imperecedera y sin asomo de crujido. No supo, sin embargo, ni siquiera atisbó, que sus agresoras puyas de letrina, contenedoras de otra de sus voces, lo conducirían a ser protagonista de letras escarlatas sin sosiego.

Cuasi en vida Salvador Díaz Mirón fue convertido en poeta no sólo conocido sino, mejor aún, popular –como Acuña o Béquer o Nervo o López Velarde, por nombrar cuatro cimas–, alimentador de rapsodas, juglares y trovadores tradicionalmente modernos que, sin conocerlo como autor, citan y recitan ocurrentes cada día muchas de sus frases y versos ante situaciones meritorias para ello.

Sin desdecir lo dicho, por respeto al poeta, que además de serlo fue y quiso ser hombre de su tiempo, y al ser humano portador de un muy violento gen cargado de iracundia, vale recapitular sus pleitos sin pasión en pro o en contra, sin clemencia ni indulgencia, sin insidia ni maledicencia.

Cima en el hacer artístico y sima en la tolerancia al diferendo del prójimo pueden bien ser los polos sostenedores de la vida díazmironiana. La primera faceta, para fortuna de la literatura, ha sido con justicia ampliamente difundida y estudiada por conspicuos y solventes especialistas (Castro Leal, 1941 y 1978; Monterde, 1956; Rey, 1974; Sol, 1987); la segunda, mucho menos. Como sea, no sobrará nunca acercarse a ellas de cuando en cuando. Por ahora, cedo el turno a la segunda.

Nota explicativa/explicadora

Los nacidos en el medio siglo XX mexicano crecimos escolarmente con las primeras ediciones de los libros de texto gratuito y devenimos juaristas y liberales, e incluso jacobinos, por fuerza de acudir a las páginas de los textos de historia y civismo; y repetidores de versos –Nervo, Acuña, Bécquer, Martí, García Lorca, López Velarde, Díaz Mirón…– gracias a las páginas de los textos contenidos en el libro de Lengua Nacional.

Con tal background a cuestas y para más bien que mal, desde los años sesenta del siglo pasado fui viendo cómo de manera transclasista, aunque con mayor arraigo en las clases media y baja, pedacería de la poesía díazmironiana era lanzada al viento por estertóreas e impostadas voces, mayoritariamente masculinas, en reuniones caseras, en cantinas y en aulas de secundaria y preparatoria. Así como mujeres y varones convertían en ubicuos aforismos algunos epigramas del vate porteño, para explicar, justificar o pronosticar alguna acción o situación.

Poseedores de un chauvinismo de pequeña potencia regional, los habitantes de la ciudad de Veracruz se ufanaban del paisanaje con el autor de Lascas y lo presumían como uno de los suyos. El autor y su poesía, ya instalados en el nicho de la popularidad, competían en el territorio del consumo cultural con muchos productos y/o mercancías igualmente culturales generadas por los medios de información masiva.

La apropiación y el uso social del escritor y su obra fueron siempre aparejados al reconocimiento artístico, literario en lo específico, expresado casi en vida del poeta por sus pares y la crítica. Era ya reconocido en extenso porque, como afirma Pellicer en una nota manuscrita de 1962, reproducida facsimilarmente por la Revista de la Universidad de México (1973): “La obra poética de Díaz Mirón es sumamente reducida, pero de altísimo precio. Sigue siendo el más grande poeta mexicano y uno de los mayores poetas líricos del mundo” (p. 7).

Esas afirmaciones del poeta tabasqueño las compartió Luis G. Urbina, quien con certeza afirmó al salir Lascas: “Ha escrito las estrofas más perfectas que pueda presentar hasta hoy la poesía mexicana”. (Pacheco, 2001, p. 35) Y en el mismo orden se pronunció en su momento Castro Leal (1978), al ubicar a Díaz Mirón “entre los más grandes… por la rara perfección de cinco o seis grandes poemas… y como campeón intransigente y genial de una nueva técnica de eufonía y léxico, que comprobó con ejemplos supremos e inolvidables su lugar es único en la historia de la lírica de lengua española” (p. 105).

Bajo tales coordenadas de aprecio y reconocimiento artístico al autor y su obra por doquiera que se viera, en algunas sobremesas familiares y amistosas fui enterándome del otro lado del ser humano llamado Salvador Díaz Mirón: el oscuro, el de su iracundia desaforada, su irracionalidad, su incapacidad dialógica, su soberbia y su inverecundia como sujeto político. Crucé estos testimonios con las fuentes documentales al uso y, con lo obtenido y ordenado –luego de pasar del caos al cosmos, pues– fui perfilando una originaria aproximación al hombre de acción, más que al poeta, y pergeñé un primer borrador circulado entre mi gente más cercana, el cual fue la base del texto aquí expuesto.

El aparato crítico utilizado como basamento de esta crónica/ensayo se integró con fuentes primarias y secundarias –orales y documentales–, manifiestas a lo largo del corpus textual constituido por la inicial ubicación de Salvador Díaz Mirón en la república de las letras y por un relato de las variadas circunstancias violentas en que se vio envuelto, casi todas provocadas por él. En la narrativa fui reconstruyendo los hechos mediante una exposición tensionada entre mi erudición y lo recuperado vía pláticas con personas cercanas a los hechos; y en los casos de versiones encontradas asumí el riesgo de optar por una de ellas y, en un sencillo acto hermenéutico, busqué explicar el posible origen de estas contradicciones.

Walter Benjamin (2008) afirmó con sapiencia y contundencia irrecusables: “No hay documento de cultura que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie” (p. 309). Y en el caso del vate Díaz Mirón, su níveo legado lo incluye por derecho propio en la historia del arte y la cultura, así como su lóbrego actuar lo incluye, también por derecho propio, en la historia de la violencia; de la barbarie, cierto es. De tales asuntos tratan las líneas venideras.

Sacarse el tigre en la rifa

Aficionado a la caza, Salvador Díaz Mirón emprendía ocasionalmente viajes a lugares cercanos y lejanos a la ciudad de Veracruz, pero más acá de esas andanzas en busca de pequeñas y medianas presas, salía de su casa una vez por quincena con su escopeta Remington de dos cañones calibre 12 al hombro, morral de yute en bandolera albergando cartuchos para el arma, su comida –una torta de jamón serrano, queso holandés y chipotles caseros– y sus bebidas –chical lleno de agua y licorera portátil llena de coñac–.

Sea con la aurora o cayéndole la noche, cuenta doña Aldegunda Amador Quintana (1991) que le dijo el poeta ya setentón en 1926 o 1927 3, caminaba rumbo a las playas veracruzanas y las recorría oteando al frente, a su diestra y con el mar en paralelo a su siniestra, hasta dar con algún animal terrestre o volador interesante.

En una de tales cacerías dos rufianes intentaron asaltarlo. El poeta se defendió carabina en mano, disparó su primera carga a los malandrines ya en fuga y siguió cargando y distribuyendo postas tras los bribones, con el Golfo de México a espaldas de los tres. Recargó dos veces la carabina y de los seis posibles disparos con destino conocido descerrajó sólo cuatro.

No se supo, ni se sabe todavía, la suerte corrida por los correlones y frustrados ladrones, quienes desaparecieron maleza y médanos adentro. Sí supieron ellos, justo al intentar el fallido atraco al vate, que se habían sacado el tigre en la rifa que el azar nos ofrece día con día; un tigre rijoso, envalentonado y bien armado, por cierto.

Juego de damas y dama… y las secuelas    

Gustador dela vida y sus bondades, y educado a su manera, don Salvador, como era llamado por conocidos y desconocidos respetuosos, adolecía del gusto por las armas, los juegos de mesa y la lengua suelta. Iracundo de por sí y soberbio por derecho, al poeta lo incendiaba la derrota y perdía la cabeza ante ella.

En tertulia orizabeña durante la primera semana de 1878, siendo diputado por Jalacingo desde el año anterior gracias al impulso de Teodoro Dehesa ante Luis Mier y Terán, gobernador del estado y general del ejército, el veinteañero Díaz Mirón vivía, cuentan Pasquel (“Comentario”, 1954) y Castro Leal (1978), en el Hotel San Pedro por ser entonces “Pluviosilla” la capital del estado y consiguiente sede del congreso local. Ahí coincidió con Martín López Luchichí, su amigo, y entablaron una partida de damas inglesas.

Ducho en comer y soplar fichas, coronar reinas y moverlas por las sesenta y cuatro casillas del tablero, López Luchichí, oriundo de Tlacotalpan y hospedado también en el San Pedro, le ganó, no sin algún esfuerzo durante una partida llena de presuntas indirectas que en realidad no tenían velo alguno, al poeta, quien fiel a su esencia rijosa y vanidosa no pudo contener el enojo ante la mofa de López por la derrota y ofendió a la esposa del ganador del juego: “éstas no son las damas que acostumbras tratar, grandísimo jijo de la chingada”, dicen que dijo el bardo y siguieron diciéndolo esos que siempre saben y sabrán más de lo que se dijo en verdad.

Se hicieron de palabras y ademanes in crescendo los contrarios. López subió a su habitación sabedor de que Díaz Mirón llevaba siempre la pistola al cinto. Regresó arma en mano gritando, dispuesto a limpiar la afrenta y defender el honor de su esposa, para ser recibido por el primer disparo fallido del diputado por Jalacingo nacido en la ciudad de Veracruz.

Reaccionó el marido ofendido y vació el cilindro del revólver con las cinco o seis balas albergadas. Una de entre ellas dio en el pecho, otra en el hombro izquierdo de Díaz Mirón y le inutilizó el brazo para siempre, sin impedir que agotara al instante las balas de su Colt 45 empuñada en la derecha. “Así he sido siempre: de armas tomar y varón responsable de sus acciones y palabras”, dice doña Aldegunda que decía “don Salvador” (Amador Quintana, 1991).

Se suspendió el tiroteo ese día por falta de garantías gracias a la intervención de los mirones, entre ellos los chismosos hace rato mencionados y algunos legisladores vueltos fuentes informativas para que cinco días más tarde El Siglo Diez y Nueve (12 de octubre de 1878), diario capitalino, publicara una nota a detalle en pro del herido aquel día y manco para siempre:

Según los pormenores que en el público circulan… antes de que nuestro amigo Salvador Díaz Mirón pudiese hacer uso de sus armas, recibió una bala en el pecho, disparada por su contrario ventajosamente. Ya herido… y debilitado por la pérdida de sangre, disparó sobre el señor López sin éxito, y de resultas de los nuevos disparos que éste seguía haciendo, recibió Salvador otra bala en la clavícula izquierda. (p. 3)

Le fue iniciado un proceso de desafuero por instrucciones del gobernador y al enterarse Díaz Mirón fue ante aquel y lo retó a duelo. Se ganó tres meses de prisión por escándalo y amenazas y al salir, gracias al propio Mier y Terán, buscó a quien lo había conducido a la cárcel: el jefe del ejército en el estado, coronel Manuel María Migoni. Como era previsible: lo retó a duelo. El militar no se arredró, aceptó el reto, se batieron y tuvo la buena suerte de que la bala disparada al corazón por el rijoso poeta fuera desviada por la cartera llevada en la bolsa interna del saco.

El poeta continuó su andar por la política y la república de las letras y se olvidó del gobernador y aparentemente de Migoni4, aunque no así de López Luchichí: siguió retándolo a duelo cada vez que alguien de sus crecientes tertulianos mencionaba el asunto del juego de damas y la ofensa a la dama.

Por supuesto no se calló

Siendo el General Mier y Terán gobernador y comandante militar del estado, ordenó aplicarles, en el transcurso de la noche y madrugada del 24 y 25 de junio de 1879, la “Ley fuga” a nueve hombres acusados de conspiración, por lo menos tres de ellos inocentes. “Mátalos en caliente”, fue la orden de Porfirio Díaz mediante un telegrama. Mier, impulsor del tramo ferroviario Veracruz-Alvarado, cumplió la orden de su jefe y gran amigo: los asesinó. Los hechos merecieron un corrido que empezó a circular en 1881, cuyas estrofas dirigidas al por entonces gobernador del estado dicen: “Infame gobernador, /dizque del deber cumplido, /con un corazón de fiera/mostrado en esa ocasión, /no tendrá nunca rival” (Vázquez Santa Ana, 1925, p. 159). El exgobernador y general del ejército falleció presa de la locura doce años más tarde, durante agosto de 1891, en Orizaba, Veracruz5.

Díaz Mirón, quien escribía en el Diario Comercial de la ciudad de Veracruz, publicó un artículo en contra de los asesinatos de los señores Luis G. Alba, Román Albert, Vicente Campany, Caro García, Francisco Cueto, Antonio Ituarte, Lorenzo Portilla, Jaime Rodríguez y Antonio Ruvalcaba, retó a duelo al gobernador y éste respondió en el Diario Oficial que aceptaba, nomás que el retador debería esperar hasta el término de su mandato.

La víspera de dejar el puesto el gobernador, en noviembre de 1880, el vate le recordó que estaba a la espera de enfrentarse con él y propuso una reunión de padrinos para establecer las condiciones bajo las cuales se llevaría a efecto el duelo. Mier nombró padrinos al doctor Juan Díaz de las Cuevas y al señor José González Pérez, quienes viajaron al puerto desde Orizaba para encontrarse con los padrinos del retador: los jóvenes periodistas Guillermo A. Esteva y Miguel Reyes Torres.

Reunidos los padrinos analizaron el caso y sus circunstancias a detalle para concluir lo siguiente: si el escritor había criticado al político y militar siendo funcionario éste, ¿existía ofensa o injuria de carácter personal?; más aún: si la ofensa había sido al funcionario, ¿podía Mier y Terán, siendo ya un ciudadano común, responder por lo hecho como funcionario y autoridad militar?  

No pudieron llegar a un acuerdo y apelaron al arbitraje de un tribunal de honor, apurados por solucionar el embrollo en que los habían metido.

Semanas después, el 28 de diciembre, el tribunal de honor, integrado por Manuel Payno, Alfredo Chavero y Joaquín M. Alcalde, declaró no estar en posibilidad de resolver el entuerto porque de inicio no existía sustancia valedera para llevar a efecto el presunto duelo pendiente; y comunicaron al poeta que luego de analizar los pormenores del conflicto quedaba en libertad de publicar, para su satisfacción, todos los pormenores y documentos del asunto en cuestión. Lo hizo Díaz Mirón mediante un folleto titulado Una cuestión de Honor (1954)6.

Trancazo al paso

Leandro Llada era un trabajador español de la tienda de ropa y telas “La Soriana”, propiedad de Ruperto Benito y Cía., ubicada en la calle Vicario –hoy Mario Molina– frente a la lateral izquierda del café “La Parroquia”, cuando el último domingo de abril de 1883, Díaz Mirón, ya treintón, pasó frente al café y observó en una mesa del portal a cierto militar español fumando en una pipa de espuma de mar, cuya cazoleta era la figura en relieve de una escena sexual.

Levantando su estentórea voz el poeta reclamó al fumador el uso de la grosera pipa a una hora en que niños, señoritas y respetables damas circulaban frente a él. El aludido se disculpó, guardó la pipa objeto del reclamo y Díaz Mirón continuó su andar dominical.

 “Ahí debió quedar todo y en santa paz, si te vi no me acuerdo de ti, pero [contó el poeta ya setentón], un tal Llada se ofendió” (Amador Quintana) y publicó una nota en el periódico censurando al militar por haber cedido al reclamó y haberse disculpado. Consideró el hecho como una afrenta a su nación y tachó a Díaz Mirón de entrometido. “Y ahí si ya no. Por eso le respondí subiendo el tono a mi manera” (Amador Quintana).

El viernes siguiente, el autor de Lascas caminaba por Principal, Llada lo siguió y lo golpeó por atrás con una tranca de madera. Sangrante, Díaz Mirón echó mano a su pistola y correteó al agresor hasta una bodega al lado de “La Galatea”, reconocida tienda de ropa propiedad de Manuel Pastor Valdez. Alcanzado y arrinconado, el cuerpo del español albergó la carga completa de plomo expelida por el arma del poeta. Llada no murió ahí, sino tres semanas después, el 26 de mayo, en el Hospital de San Sebastián. Y demostrada la legítima defensa en su actuar, Díaz Mirón fue relevado de cualquier acusación en contra por el homicidio.      

Si me miras… te miro

Hombre de costumbres y convocador de aduladores y amigos, Díaz Mirón acostumbraba al caer la tarde, luego de reparadora siesta, ir a sentarse en una banca del parque Francisco Ferrer Guardia –conocido popularmente hoy como “el parque de la madre”–, ubicado en la esquina de Madero y Arista, a tres cuadras y media de su casa, y dirigirse más tarde a ocupar “su mesa” en los portales del Hotel Diligencias, frente a Plaza de Armas.

Ahí, en los portales del añejo y originariamente Hotel de las Diligencias, pontificaba frente a amigos y curiosos mientras la gente que transitaba por la todavía avenida Principal, nombre primigenio de la luego y hoy avenida Independencia, volteaba a verlo. “Caminar por Principal era motivo de alegría [cuenta un, en los años veinte, niño], porque veías los aparadores y en una de esas hasta… veías sentado en el portal del… Diligencias al poeta Díaz Mirón (Joel Rodríguez Saborido, 1981).

Una tarde de esas tantas, el 14 de agosto de 1887, Francisco Landero y Coss pasaba por los portales del Diligencias y el poeta no dejó de seguirlo con la mirada desde que apareció en su campo visual. El político debió haber sentido algo o lo vio de reojo, porque se plantó de frente a Díaz Mirón y le devolvió la mirada no sólo con insistencia, sino con el rostro serio y la actitud retadora.

 “¿Por qué me mira?”, cuentan los testigos del hecho que reclamó airado el poeta, al tiempo que desenfundaba su infaltable y fiel acompañante pistola.

El exgobernador, político, empresario y en aquellos días encargado de la oficina de correos en la ciudad, no habló, sólo dio un paso al frente, levantó ágilmente su bastón y pegó con él, y con fuerza, al vate, impidiéndole disparar.

Se armó un jaloneo entre ellos, intervinieron los presentes y, dada la cercanía con el Palacio del Ayuntamiento, acudieron prestos los gendarmes. Vinieron las explicaciones de los involucrados, ambos de sobra conocidos y respetados en la ciudad. Pero Díaz Mirón había amenazado pistola en mano a un hombre desarmado, veinticinco años más viejo que aquel y que esgrimió el bastón para evitar ser balaceado. “Era un viejo, sí, pero antes que ello un gaznápiro y baladrón; amén de estulto”, dijo el poeta (Amador Quintana).

Fue conducido a la estación de policía y pasado un rato salió de ella y volvió, acompañado de una cauda de mirones y el séquito de costumbre, a su mesa del café. Minutos después, agitaba la mano con el habano tuxtleño entre dedos medio e índice, por completo reincorporado a la charla.

Si me pegas… te mato

Reunido Díaz Mirón con cinco miembros de su peña en el “Café Zamora” el 257 de julio de 1892 y siendo por esas fechas secretario del ayuntamiento porteño, entró al local el joven Federico Wolter. Iba borracho y arrastrando su bien ganada fama de ser impertinente y atrabancado cuando bebía de más, como acontecía en ese momento y había acontecido en variadas ocasiones.

Agredió verbalmente al poeta reclamándole, según primeras versiones, haber apoyado al todavía en campaña candidato a gobernador Teodoro Dehesa frente a su antecesor y opositor Juan de la Luz Enríquez, fallecido tres meses atrás y quien intentó reelegirse.

Los reclamos no cesaron, continuaron diciendo los mirones autores de las primeras versiones, y Salvador abandonó con sus tertulianos la cafetería sin, cosa rarísima en él, responder al vociferante [“porque siempre que pude evitar un problema lo evité, por mi esposa y mis querubes” (Amador Quintana)], pero Wolter los siguió a la calle y pasos adelante le dejó caer un bastonazo entre cabeza y espalda a Díaz Mirón, quien se dio la vuelta pistola en mano y, eludiendo dos intentos de golpearlo y exigiendo a Wolter detenerse, disparó a su agresor en la ingle.

Federico cayó al suelo e hincado sobre una rodilla, según Ángel Escudero, pidió clemencia. “’No me mates, Salvador”, dice Escudero que dijo, y que el poeta, antes de disparar nuevamente, le contestó: “Te mato, porque el que me pega se muere” (p. 180); y lo mató.

Al haber acontecido la riña en céntrico lugar la gente se arremolinó en torno al caído, rauda corrió la voz por la fama de quiénes habían estado involucrados y acudió presta la gendarmería. Uno de ella se agachó para tomarle el pulso a Wolter y, según versión generada por los sabedores de siempre y asentada en actas, antes de cualquier posible pregunta Díaz Mirón dijo, señalando al cuerpo tirado en la calle y explicando: “Es inútil. Apunté al dije –que colgaba sobre el pecho– y le partí el corazón. Está bien muerto” (Escudero, p. 180; Pasquel, 1954, p.122).

Los bandos se pronunciaron a favor y en contra no bien fue levantado el cadáver de Wolter, “ambos sectores lo hacían con pasión y aún llegaron a producirse manifestaciones y motines populares” (Pasquel, “Estudio Preliminar”, 1964, p. XXIV). Sobrevinieron los comentarios y las versiones de boca en boca y en los periódicos, la mayoría desfavorables al poeta y no ayudó, por supuesto, la abonada trayectoria de buscapleitos, intolerante e iracundo, patrimonio inocultable de Díaz Mirón a sus casi treinta años8.

El secretario del ayuntamiento, poeta y periodista se defendió por escrito días después mediante una larga, pomposa y argumentada carta, escrita el 25 de junio y publicada en El Monitor Republicano (29 de julio de 1892), donde decía a los autores de notas publicadas en El Eco de México y El Universal: “han [sido] sorprendidos y engañados por mis malquerientes de este puerto. Están sin duda preocupados, y proceden con manifiesta ligereza; pero sin duda de buena fe; por convicción errónea; no por conveniencia impura […] halagando el aflictivo y salvaje gusto de la turba” (p. 2).

Dio una versión contraria diciendo que Federico no estaba hincado sobre una rodilla, sino de pie, cuando le disparó dos veces en la ingle y el pecho; y que por ello, al caer inerte se había golpeado contundentemente la rodilla, la cual por el golpe se había amoratado. Y agregó a detalle, con ejemplos, la de sobra conocida trayectoria alcohólica del ya occiso, así como su agresivo actuar cuando estaba, decía de sí mismo el finado, “brillado”.

     Antes de agradecer de antemano la publicación de la carta, asentó en el antepenúltimo párrafo, luego de negar afirmaciones de su presunto mal proceder aparecidas en la prensa: “Erguido y desdeñoso, no postrado y compungido, espero el fallo de la justicia, bajo la nube de ciegos odios que pasa… La saña de mis enemigos no podrá nunca abatirme, porque en mí el dolor de sufrirla será siempre menos grande que el orgullo de inspirarla” (p. 3).

La viuda de Federico, Cándida Rosas del Río, respondió en el mismo diario, mediante carta escrita el 31 de junio* dirigida al director Vicente García Torres y publicada el 4 de agosto. En ella afirma que Díaz Mirón mintió, calumnió al occiso y ultrajó a “una viuda infeliz, un anciano de setenta y cinco años, padre de [la] viuda, y cuatro niños, de los cuales el mayor apenas cuenta ocho años” (4 de agosto de 1892, p. 3). Enumeró los dichos del poeta acerca de los hechos y los contradijo:

¡Mentira, mil veces mentira cuanto el Sr. Díaz Mirón a su manera relata! Cuando yo, loca y desesperada, corrí hasta donde el cadáver de mi amantísimo esposo se encontraba, lo vi… tendido en tierra por completo, hacia arriba… El puro en la derecha mano: el ligero bastón en la izquierda… La verdad de los hechos, contra lo que el Sr. Díaz Mirón espera, lucirá en el proceso para su condenación y castigo. (p. 3)

Haya sido o no verdad lo dicho por la viuda, su pronóstico se cumplió: Díaz Mirón fue juzgado bajo cargo de asesinato, ingresando por vez primera a la cárcel para cumplir condena de cinco años en los que escribió y pulió los poemas que serían la base de ese portento poético dado a conocer en 1901 bajo el título Lascas.

A caza de Santanón

Santana Rodríguez Palafox, alias Santanón, fue un bandolero ligado en algún momento de su carrera armada al núcleo del Partido Liberal Mexicano bajo el liderazgo de Hilario C. Salas y Cándido Donato Padua en los alrededores de San Juan Evangelista y Acayucan, Veracruz, poblados sotaventinos donde la actividad del grupo armado era importante.

En 1910, las actividades de Santanón y sus huestes tenían en jaque a la región, saqueaban rancherías, asaltaban viajeros y pronto se convirtieron en uno de los varios focos de atención y preocupación del gobierno. Ello dio pie a que, mediando ese año, Salvador Díaz Mirón solicitara al gobernador del estado y al presidente de la república autorización y apoyo policial para ir en persecución del bandido.

 “Un poeta a la caza de un bandido”, cabeceó El Imparcial. Diario de la mañana (n adelante El Imparcial) el reporte informativo publicado, sin firma, en su página 3 de la edición del 18 de junio de 1910, acerca de la respuesta positiva a la solicitud de Díaz Mirón para ir tras el bandolero. “Las fuerzas del estado, no han logrado dar alcance al fabuloso bandido [Santanón] que, como en los cuentos, se desvanece sin que las más minuciosas investigaciones logren dar con él” (p. 3), decía a la letra el cuarto de once párrafos integrantes de la nota informativa.

Se afirmaba también que la impunidad había catapultado el incremento en el número de integrantes de las huestes de Santana, quien gracias a esto abrió tres frentes de acción permanente y provocó en la gente la creciente leyenda de su ubicuidad. Pero el poeta iba ya camino a Xalapa, iniciando así, concluía la nota, “la persecución de un bandido misterioso por un poeta lírico y valiente” (p. 3). Lo esperaban en San Juan Evangelista un grupo de rurales puestos a su disposición por el gobierno federal.

Díaz Mirón partió el 19 de junio de Xalapa hacia Veracruz. Esperó un día en el puerto y se trasladó a Alvarado, para de ahí viajar en tren hasta San Nicolás, lugar al cual arribó el 20 de junio y donde aguardó, acompañado de una docena de hombres de la policía estatal cedidos por el gobernador Teodoro Dehesa, a los rurales.

La batida contra Santana estuvo llena de situaciones no gratas para el ego del poeta y engrosaron la leyenda de Santana. Una de ellas refiere que estando Díaz Mirón con su gente en la hacienda de Nopalapan, propiedad de su amigo Otilio Franyuti y donde el perseguidor había instalado su centro de operaciones, salió a cazar venados en compañía de varios ayudantes, quienes soltaron los sabuesos en tanto los cazadores se apostaron en silencio, distribuidos a lo largo del cercado entre dos potreros. Y de improviso apareció, cuenta Escudero, “un mulato corpulento que vestía… guayabera, un sombrero de anchas alas de palma fina y… en la boca un veguero que revoleaba inquieto” (p. 203). Pidió lumbre al poeta al ver que éste fumaba un buen puro. Díaz Mirón le pasó el mechero. Reencendió su veguero el aparecido y le devolvió el encendedor, acompañado de dos troncos de los suyos. “No serán tan buenos como los que usted fuma [dijo], pero ahí le dejo a usted esos dos cachorros que no son de lo peor” (p. 203), le explicó. Estrechó la mano del vate, saltó la cerca y tal como había aparecido desapareció. Uno de los perreros salió de entre los matorrales y preguntó asustado al perseguidor si ya se había ido Santanón; tal era el obsequiador de los puros, esos que Díaz Mirón probó al otro día para reconocer que nunca había fumado algo mejor.

Otra, narrada por Benítez López (1932), sostiene que una tarde en que el grupo de buscadores cabalgaba, con Díaz Mirón en la retaguardia, vio salir de la maleza a un hombre montado a caballo. Vestía el jinete pantalón de dril, chamarra, botines, polainas y cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha bordado en plata y oro. El sujeto se acercó y preguntó, dirigiéndose al diputado, si sabía quién era; y se respondió a sí mismo: “Santana Rodríguez para servir a usted” (p. 66). Agregó que le había “oído decir que le faltaban tabacos. Y abriéndose la chamarra de la bolsa del pecho, extrajo un haz de vegueros sanandrescanos, que entregó al poeta” (p. 66). Díaz Mirón, sin ni siquiera dar las gracias, cogió el regalo. Sí habló Santana, recomendándole: “Ahora querido poeta, le aconsejo regrese al puerto a seguir haciendo versos” (p. 67). Y, al igual que en la anécdota contada por Escudero, el aparecido Santana caracoleo al retinto y desapareció por donde había llegado.

Es muy posible que Díaz Mirón y Santana Rodríguez sólo hayan coincidido una vez, pero los dichos de los enterados cercanos a los hechos lo hicieron saber a sus muy cercanos, convertidos luego en los autodenominados mejores testigos del encuentro y… así tanto Escudero como Benítez López construyeron sus versiones.

Más allá de las leyendas alrededor de la persecución, de los personajes principales y sus encuentros amigables, Díaz Mirón se aplicó a la búsqueda de los bandidos durante varias semanas sin dar con ellos porque la gente, su gente, los protegía. Además, el perseguido, a quien el poeta le era simpático, “de vez en cuando le dejaba atados de puros con algún propio, acompañados de recados amables ofreciéndole más si los requería” (Amador Quintana). Estaba Santana a la espera de que se agotara su buscador por las incomodidades producto del calor, la humedad, los moscos, pinolillos, garrapatas y otras molestias del adverso ambiente.

 Al iniciar agosto, El Imparcial dio a conocer, mediante nota publicada el 2 del mes citado en su página 4 y bajo la cabeza “El perseguidor de Santanón está enfermo”, que el poeta, fatigado por las jornadas a plenos sol, luna y temporales, había caído enfermo y llegado “a Tlacotalpan… con objeto de atender a su quebrantada salud”.

El 4 de agosto, siguiendo atentamente las variaciones en la salud del poeta, El Imparcial, al través de la nota enviada por el corresponsal del diario en Tlacotalpan y bajo el cabezal “Sigue enfermo el poeta Díaz Mirón”, informó: “La enfermedad que aqueja al distinguido poeta, es una infección intestinal” (p. 7). Y pasados dos días, bajo la cabeza “Se dirige Díaz Mirón a Veracruz”, que amparaba la nota escrita por el corresponsal de El Imparcial en la ciudad de Veracruz, enviada por vía telegráfica a la capital del país, se dio a conocer lo siguiente:

Noticias recibidas hoy desde Tlacotalpan informan que hoy salió de esa población, rumbo a esta ciudad, el poeta Salvador Mirón. Según las citadas noticias, el conocido vate continúa enfermo. De esta ciudad el poeta Díaz Mirón se dirigirá á Jalapa donde actualmente reside su familia. (6 de agosto de 1910, p. 5)

Terminó así, por la maltrecha salud, el agotamiento y la incapacidad policial del autor de “A Gloria”, la persecución de Santana Rodríguez y su fallida aprehensión. El bandolero, a quien “don Salvador consideraba un varón amable y buen ser, aunque errado en su hacer y proceder” (Amador Quintana), cayó finalmente abatido por las balas de los rurales el 17 de octubre de ese hoy emblemático e histórico 1910, a escaso kilómetro y medio de Huazuntlán en el municipio de Mecayapan, Cantón de Acayucan del estado de Veracruz. Quizás entonces, ya rumiada la frustración en la convalecencia de sus males, el casi sesentón Díaz Mirón haya encendido y degustado uno de los vegueros que, dicen Escudero y Benítez siguiendo a sus informantes, el bandolero obsequió al bardo con admiración y respeto, desarmándolo con la fuerza de ese amistoso gesto.

La malograda campaña punitiva del poeta reavivó los dimes y diretes entre sus aduladores y detractores, y condujo a que el poeta José Juan Tablada le dedicara uno de sus muy aplaudidos y crueles epigramas; dicha cuarteta dice: “Hay vates de guitarrita / y vates de guitarrón: / unos van a Santa Anita / y otros van a Santanón” (Campos, 1996, p. 168). La vena popular cambió, desde los amplios terrenos de la anonimia, la “guitarrita” por “pistolita” y el “guitarrón” por “pistolón”, tal como lo recuperó Benítez López (p. 96) adjudicándole también a Tablada la autoría9.

Bronca con Chapital en la capital

Juan Chapital era un diputado oaxaqueño que coincidió con Díaz Mirón en la XXV Legislatura Federal y un día del último tercio de 1910, cuando Chapital conversaba con sus pares en los pasillos del recinto legislativo, se acercó el poeta para reclamarle no las diferencias políticas entre ambos, si es que hubiera alguna, sino porque, dijo, se había enterado de que el representante oaxaqueño andaba perorando que en alguna discusión entre ellos le había “sumido los tacos”, lo que, aseguró el veracruzano, era una gran mentira porque a él nadie le enfrentaba y vivía para contarlo.

Chapital negó el hecho y Díaz Mirón le respondió que había testigos. Fue por ellos y el acusado siguió negándolo. Agregó ser un caballero, aunque antes, dijo, era un varón que no permitiría más acusaciones sin fundamento de chismosos serviles al poeta y se ponía a su disposición para lo que quisiera y procediera. Al tiempo de decir lo anterior quedó de frente a su acusador, quien lo retó a duelo y le ordenó no acercarse más. El aludido ignoró la orden y adelantó sus pasos, chocó con Díaz Mirón, lo abrazó y le dificultó el movimiento cuando el vate, ya fuera de sí, echó mano a la pistola y obsequió dos balazos de muerte obligada al diputado en cuestión, pero, asuntos del azar, al ser en dirección de arriba abajo uno sólo le perforó el ala del sombrero y el otro pasó a su lado. Se llevaron a Chapital por un lado y a Díaz Mirón por otro, con ánimo de calmar la tensión.

El conflicto, según el entonces diputado Nemesio García Naranjo (1998), se debió a que unos días antes él había ido a comer con Hipólito Olea y José María Lozano al restaurante “Tarditti”, donde comían también Chapital, su esposa y su hija.

Al terminar la comida, señora y niña salieron y Chapital se acercó a la mesa para tomar el café con el trío de amigos en el momento que hablaban “del poeta fulgurante y sus erupciones volcánicas” (p. 159). Y el recién llegado contó, dada la oportunidad, que “Salvador le había hablado en tono impertinente y que él se había visto obligado a marcarle el alto… [dijo textualmente que] ‘le había sumido los tacos´” (pp. 159-160). Cuestión que ninguno de los tres contertulios le creyó y comentaron, ya solos, las consecuencias peligrosas que lo dicho podría acarrearle a Chapital.

García Naranjo llegó a la Cámara minutos después del enfrentamiento y, al enterarse del motivo de la trifulca, se asustó y fue en busca de Díaz Mirón, a quien encontró “todavía en estado patológico. Palidez de enfermo, manos temblorosos, ojos que despedían llamas, y en medio de las dos cejas, una arruga profunda, ‘la arruga homicida’, como la llamaba José María Lozano” (p. 161).  Quien le había dicho al poeta era Luis Del Toro, enterado de la anécdota vía Lozano y sin que éste mencionara a García Naranjo.

Amigo de Luis Del Toro, García Naranjo le reclamó en confianza por qué le había dicho al poeta, conociendo su carácter, y respondió el inquirido que estaba harto de Salvador y de sus cotidianas recomendaciones para demostrar su hombría y “responder a las injurias [no] con palabras sino con balazos” (p.162). Por hartazgo, explicó, le dijo a Díaz Mirón que si tanto le placía el pleito fuera a reclamarle a Chapital, quien andaba diciendo que le había “sumido los tacos”.

Chapital lo demandó penalmente. Solicitaron desaforarlo, pero dado que no hubo sangre se decidió suspender a los dos cuatro meses y medio. Protestó la mayoría de los legisladores porque, arguyeron, Chapital era el agredido. Y sometida a votación la propuesta de suspensión temporal para los dos involucrados, sólo treinta votaron a favor, a pesar de las gestiones de García Naranjo, confeso admirador del poeta a pesar de que al consultar a varios veracruzanos le externaron que Díaz Mirón era un “egoísta, inconsecuente, ingrato” (p. 213) y desleal.

Las versiones de los involucrados en el pleito se recuperaron mediante entrevistas publicadas en la nota principal –a tres columnas centrales ocupando la mitad vertical del diario, sin autoría acreditada, con retratos de los entrevistados y con pase a la primera columna de la página cuatro–, de El Imparcial (8 de diciembre de 1910, p.1): “Un desagradabilísimo suceso en la Cámara de Diputados”, fue el titular central con tres bajantes: “Para tratar el asunto se celebró sesión secreta”, “Por informes falsos, el Sr. Diputado Díaz Mirón disparó su pistola sobre el Sr. diputado D. Juan C. Chapital” y “Del hecho se hizo cargo la autoridad de la Cámara”.

La versión de Escudero (pp. 180-184) acerca de la trifulca recupera lo esencial de la nota periodística, adornándola para solaz de sus lectores.

Al final, Díaz Mirón fue enjuiciado, lo condenaron a ocho años de prisión e ingresó a prisión el 19 de diciembre de ese año. Recuperó su libertad el 23 de agosto de 1911 mediante el otorgamiento de un amparo, según la versión oficial; y por decisión de Porfirio Díaz, cuando el dictador consideró suficiente el escarmiento.

Andaría el poeta, ya sesentón, alejado de los pleitos y las balas en esa segunda década del siglo XX y hasta bien entrada la tercera. Sólo algunas anécdotas de ciertos exabruptos o expresiones salidas de las profundidades de su ser y hacer pasaron al blanco y negro del papel y la tinta. Una de ellas, recordable por los dos personajes involucrados y porque abona al perfil del vate –para la fecha con 69 años a cuestas–, es la narrada por Arturo Bolio Trejo (1958), protagonista en el movimiento inquilinario de Veracruz en 1922.

Refiere Bolio Trejo que una noche de junio de ese año, como a las 23:00 horas, él y Herón Proal, dirigente principal del Sindicato Revolucionario de Inquilinos porteño, pasaban frente a la casa del poeta en avenida Zaragoza, con destino a la sede de la organización en Landero y Coss número 5 y medio, cuando éste abría la puerta para entrar y Proal estornudó sonoramente, lo que provocó esta respuesta de Díaz Mirón: “’¡Oiga amigo, tengo un caramelo para esa tos!’ ¡EL CARAMELO que ofrecía el gran bardo era nada menos que una bala que estaba alojada en el cilindro de su pistola!” (p. 113), comenta Bolio.

Continuaron caminando las tres cuadras y media restantes para llegar a su destino, sin voltear y con vistas a ponerse a salvo del mismo Salvador de siempre.

Y al final, todavía envió la cacha de su pistola en prenda

Cuenta Manuel Maples Arce que durante el tiempo que fue diputado –de 1928 a 1930– y secretario de gobierno –de 1925 a 1927– en el gobierno veracruzano de Heriberto Jara, y contra la costumbre de políticos y legisladores de entonces, anduvo siempre desarmado. Lo hizo, dice, para protestar contra el pistolerismo del cual el autor de Lascas había sido un conspicuo representante: amante de las armas, broncudo y duelista consuetudinario. Por tanto, cuando en 1928 la legislatura del Estado de Veracruz acordó hacerle un homenaje a Díaz Mirón, mermado en su salud desde hacía dos años, Maples Arce se opuso y promovió un manifiesto firmado por algunos notables del estado en apoyo a su causa. El motivo de la protesta, según el estridentista, fue la justificada fama pública de pendenciero del poeta.

Por entonces, la muestra más reciente de su virulencia era la agresión a cachazos de pistola del vate contra el estudiante Carlos Ulibarri, de catorce años, siendo aquel director del Colegio Preparatorio, porque el muchacho, según el agresor, le había faltado al respeto y por eso “el villano había caído a sus pies”. Por ello, además del manifiesto público ya mencionado, el poeta estridentista había enviado un telegrama a Rafael López, presidente del Comité que iba a homenajear a Díaz Mirón, proponiendo se le diera una pistola con las inscripciones de sus violentas hazañas. El homenaje fue suspendido y su destinatario, en las últimas semanas de su vida y luego de renunciar a la dirección del colegio, se recluyó en su casa para morir, a contracorriente de su paso por la vida, apaciblemente en cama el 12 de junio de 1928.

¿Un juego de espejos? (Epílogo)

La obra de Salvador Díaz Mirón, en algunas facetas, es espejo de su vida que a la vez refleja a aquella. Ese juego de espejos, que produce/reproduce dos imágenes de este ser al infinito, definió su andar por la literatura y la propia vida. Ambas elecciones definitivas del poeta se complementaron y manifestaron en un periplo rumbo a la fama vuelta su grial/vellocino de oro, en cuya persecución mantuvo con férrea mano el timón para cruzar tormentas circunstanciales ajenas a su voluntad y algunas creadas por la fuerza de su búsqueda retadora, peleona y matona.

Supo tempranamente Díaz Mirón que su hacer poético estaba más allá de sus congéneres y pares, que era el mejor poeta del patio, del vecindario nacional y transfronteras. Aún con ello fue más allá y quiso ser también el mayor varón de sus días: pagado de sí mismo y libre de sosiego, cual macho alfa encontró en la camorra y los duelos la manera más clara de demostrar su hombría, justo en los tiempos cuando los retos a balazos o sablazos iban de plano en retroceso. Al ser, dice Pacheco (1970) “el poeta del orgullo, su poesía es el fruto de la soberbia y el mal, el relámpago que ‘enciende mi alma negra’, la inmóvil serenidad contra el caos del mundo, la venganza contra las ofensas de la vida.” (p. 37)

Ese poeta generador de perennes relámpagos versados fue un hombre ilustrado, como lo manifiesta su obra literaria y periodística. Y su ciudad de origen, formación y deceso, Veracruz, era el primer puerto de México, sitio por el cual llegaban en sus tiempos todo tipo de productos y mercancías de ultramar, entre ellos los culturales como libros, periódicos y revistas. De su erudición no cabe duda alguna, pues. ¿Cómo, entonces, ese letrado y excelso creador de cimeros versos pudo ser un atroz ciudadano, un Jeckyll con la pluma en la mano y un Hyde que a la mínima oportunidad echaba bronca con ánimo de usar la pistola para agredir a cualquier prójimo?

Fue también un animal político que cambió de bando en diversas ocasiones y de extremo a extremo en el espectro de la política nacional, actuar que le ganó simpatías y antipatías de sus correligionarios hoy y antagonistas mañana, y viceversa. Nada especial, por cierto, en el hacer de los políticos mexicanos desde siempre.

Pero sólo alguien que haya vivido sintiéndose permanentemente ofendido pudo responder a las miradas directas y sostenidas, a los comentarios jocosos, a los más nimios cuestionamientos y a las opiniones opuestas a la suya, a bastonazos, golpes, retos a duelo y a balazos. Y a la vez: sólo alguien con un afán protagónico inmedible –y enceguecedor, claro– pudo reclamar, por ejemplo, armas, hombres y dinero para ir, con todas las circunstancias en contra y a sabiendas del fracaso, tras un bandido. Díaz Mirón pudo cumplir las dos tareas con porfía y sin pudor alguno, porque primaron más en él la visceralidad de la soberbia y la egolatría que la razón y el intelecto. Moviéndose pendularmente entre ambos extremos se construyó como uno de los personajes de la picaresca nacional y la tragicomedia entre dos siglos, ya probado y demostrado su irrecusable hacer como poeta, creador de algunos, según colegas de su oficio, versos perfectos en su forma y fondo.

Ese poeta del orgullo y la soberbia produjo tanto versos plagados de amor inmerso en la violencia y el tormento, como de sabia comprensión de lo cotidiano inmediato y las pasiones terrenales. Produjo también en su actuar social bajo la égida de la violencia, afrentas y daños irreparables a infantes y adultos inocentes, víctimas emparentadas con aquellos a quienes quitó la vida en varios de sus arrebatos de brutalidad, de ira. Y tales hechos fueron resultado de la intolerancia Díaz mironiana a secas, por rencillas individuales y no por disputas políticas.

Hacer justicia en la hora de los justos exige imbricar las dos vertientes del andar vital díazmironiano: la del poeta y la del camorrero transmutados en ese perenne vate que aún se bate y se debate cada día, cuando alguien se acerca a sus letras y más allá se entera de su vida. La ira del broncudo no desmerece la grandeza del poeta, aunque tampoco la excelsitud del verso construido por éste debe hacer olvidar ni ocultar la barbarie y la crueldad de aquel. Si verdad es que hemos sido creados y moldeados por la historia porque hemos transitado por ella desde que somos, hemos de reconocer y aceptar que ella, la tal historia, nos vapulea sin consideración alguna y sin respeto. Lo que no impide, para el caso de nuestro interés en turno y en plenos tiempos de galopante cancelación, que los hasta aquí descritos excesos del peleonero y matón Salvador, le quiten una brizna de talento y su lugar en el parnaso universal al magno poeta Díaz Mirón.


Arturo E. García Niño. Doctor en Historia y Estudios Regionales integrante del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: narrativas de la violencia, movimientos sociales, movimientos culturales. Libro más reciente: (2024). Una vida porteña acompasada por olas rojinegras (paros y huelgas en la ciudad de Veracruz durante la tercera década del Siglo XX). Universidad Veracruzana. Correo electrónico: eldel54@hotmail.com y arturogarcia02@uv.mx


  1. Cuarteto inicial de “¡Audacia!”, tercer poema de los cuarenta que integran Lascas (1901; 1964; 1987). ↩︎
  2. Fragmento de “A Gloria”, poema incluido en Poesías (Díaz Mirón, 1885, p. 17). ↩︎
  3. Doña Aldegunda (1910-1991) nació en La Estanzuela, Veracruz, y siendo niña se trasladó con su madre y su padre a la ciudad de Veracruz. Aprendió primeros auxilios y se dedicó a aplicar inyecciones a domicilio. Su relación con Díaz Mirón se dio por tales motivos y porque entregaba tortillas recién palmeadas por su tía en la casa del poeta, ubicada en el hoy número 322 de la céntrica avenida Zaragoza del puerto veracruzano. Las pláticas con ella, fuente principal para elaborar el presente artículo a menos que indique lo contrario, se dieron periódicamente por cercanía familiar durante más de veinte años a partir de 1971. El ordenamiento de la información obtenida de tales conversaciones lo hice en 1991 y por tal motivo su testimonio está datado ese año. ↩︎
  4. Cuando Díaz Mirón fue trasladado enfermo –en calidad de preso acusado de matar a Federico Wolter el 25 de junio de 1882– al Hospital porteño de San Sebastián, “ya se encontraba allí, preso también, su hermano Manuel, por haber dado muerte a José Luis Migoni, a propósito de las graves dificultades habidas entre estas dos familias”, narra Pasquel (“Comentario”, 1954, p.127), pero no da más datos acerca de cómo, dónde y por qué falleció Migoni. ↩︎
  5. Una puntual y buena crónica sintetizadora del episodio de las Víctima del 24 y 25 de junio puede verse en Tello Díaz (2018). Puede verse también Turner (1965, pp. 119-138). ↩︎
  6. Acerca de los nueve asesinatos ordenados por Mier y Terán en atención a la instrucción telegrafiada de Porfirio Díaz -el famoso “Mátalos en caliente”-, así como del reto a duelo de Díaz Mirón al gobernador, puede verse Pasquel (“Comentario”, 1954, pp. 31-40). ↩︎
  7. En el “Estudio Preliminar” a la edición de Editorial Citlaltépetl de Lascas (1964), Leonardo Pasquel señala tanto el 25 de junio (p. XII) como el 26 de junio (p. XIX). Aunque en la edición de Prosa asienta el 25 de junio (“Comentario”, 1954, p. 121), la fecha correcta. ↩︎
  8. Una puntual recopilación de lo más relevante de los hechos publicado entre el 2 de julio y el 4 de agosto de 1992, entre ellos el certificado de la autopsia al cuerpo de Wolter, puede verse en “El asunto Wolter-Díaz Mirón”, incluido en el “Apéndice (compilación de Leonardo Pasquel)” a la edición de Lascas (1964, pp.187-222) y en el “Comentario” a la edición de Prosa (pp. 121-128). ↩︎
  9. Acerca de Santanón y la persecución puede Verse Barrera Bassols (1987). Hay un relato de Beatriz Espejo, titulado “El poeta y el bandido” (2005), que recrea la expedición armada contra Rodríguez Palafox. ↩︎

Hemeroteca Nacional Digital de México / Universidad Nacional Autónoma de México

El perseguidor de Santanón está enfermo. (1910, 02 de agosto) El Imparcial. Diario de la mañana, 5066. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. Disponible en: https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/

El suceso de orizava. (1878, 12 de octubre). El Siglo Diez y Nueve, 12073. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. Disponible en: https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/

Se dirige a Veracruz el vate Díaz Mirón. (1910, 06 de agosto). El Imparcial. Diario de la mañana, 5070. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. Disponible en: https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/

Sigue enfermo el poeta Díaz Mirón. (1910, 04 de agosto). El Imparcial. Diario de la mañana, 5068. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. Disponible en: https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/

Un desagradabilísimo suceso en la Cámara de Diputados. (1910, 18 de diciembre). El Imparcial. Diario de la mañana, 6094. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/

 Un poeta a caza de un bandido. (1910, 18 de junio). El Imparcial. Diario de la mañana, 5021. Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM. Disponible en: https://hndm.iib.unam.mx/index.php/es/


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Vázquez Santa Ana, H. (1925). Canciones, cantares y corridos mexicanos.  México:  Ediciones León Sánchez.

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La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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