Job Hernández Rodríguez
No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento. J. C. Mariátegui
I
El Amauta es un pensador de lo concreto, vale decir, un hombre que busca dar cuenta de su realidad mediante la «síntesis de múltiples determinaciones» y la «unidad de lo diverso». Pero evitemos confusiones: hay que entender la razón concreta como punto de llegada, una estación de arribo que se resiste a cualquier asalto prematuro y que requiere el ejercicio constante y el refinamiento de las armas del pensamiento. Es, asimismo, el momento de retorno a la realidad, el cierre del ciclo tras recorrer los meandros de la razón abstracta de la que se han obtenido las categorías que aprehenden la esencia de los fenómenos, pero no la compleja articulación de sus múltiples determinantes. Por eso, antes de acometer la realidad con la fuerza de la razón concreta, es necesario moverse con naturalidad en el acervo de obras que constituyen «el estado de la cuestión», con el objetivo de hacerse de categorías generales, no por simple erudición, sino con el afán de disminuir las repeticiones innecesarias e incorporar los aciertos. Así entendida, la obra de José Carlos Mariátegui es un poderoso caudal alimentado por numerosas vertientes que suman puntos en la tarea de ofrecer una interpretación de la realidad de su tiempo. No solo se monta sobre los hombros de gigantes, sino que incluso se toma la molestia de extraerle los colmillos blancos al perro muerto. Un poderoso motivo alimenta y orienta esta inteligencia hambrienta y omnívora: su «declarada y enérgica ambición» de «concurrir a la creación del socialismo peruano» y su explícita voluntad de «dar vida» al «socialismo indoamericano».1 Su prolífica producción intelectual se halla, sobre todo en sus últimos años, avivada por el fuego de una verdadera «pasión política revolucionaria»,2 que le previene contra el eclecticismo y la herejía de fácil factura y contra el dogmatismo y la sacralización.
Mariátegui no escatima esfuerzos y abreva de diversas fuentes. Se mueve en diferentes planos. Salta de un campo de conocimiento a otro. Destaca sus diferencias con uno u otro bando lo mismo que su afinidad y familiaridad con autores extraños a su filiación política confesa, es decir, no circunscribe el andar de su inteligencia a los terrenos del marxismo, actitud que le ha valido servir de ejemplo para analizar «el problema» de las «relaciones entre el pensamiento marxista y la cultura contemporánea, o dicho en otros términos, el viejo y siempre actual problema del carácter autónomo del marxismo».3 El Amauta es, en suma, un autor escurridizo, incluso intencionalmente, como cuando se permite la licencia de escribir una novela «para decepcionar a los que no creen que yo pueda entender sino marxísticamente, y en todo caso, como ilustración de la teoría de la lucha de clases, “L’après-midi d’un faune” de Debussy o la “Olimpia” de Manet».4 Por eso desconcierta tanto a sus contemporáneos como a quienes reconstruyen su trayectoria intelectual y vital, obligándolos generalmente al expediente fácil de la reducción y la adscripción, lo que conlleva renunciar a leer un Mariátegui integral: se le analiza por fragmentos temáticos o temporales, se le cataloga como miembro de una u otra tradición, se le moteja de ortodoxo o heterodoxo, de populista o marxista, de teórico u hombre de acción; al mismo tiempo que se busca amparo en su figura como anticipador de las más variadas aventuras, que van desde el gramscianismo latinoamericano al poscolonialismo o el posmodernismo. Y dentro del pensamiento militante de izquierda, la discusión se exacerba, como si la obra del Amauta convocara a todas las furias y su fantasma ronda con viva fuerza, obligando a la definición respecto de libros y ensayos considerados dignos de referencia, aunque sea para evidenciarlos como superados o equivocados. Desde el momento mismo de su muerte, las operaciones de apropiación se manifiestan con toda su crudeza. Nadie escapa a la atracción del Amauta, ni siquiera sus opositores más recalcitrantes: tanto el Apra como el Grupo Comunista de Cuzco y el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista se aprestan a reivindicar como suya la obra del gran peruano transcurrido poco tiempo de su deceso.5
El sólo recuento de la vasta polémica en torno de la obra del Amauta, nos permitiría extraer un juicio sobre su relevancia, si aceptamos como válida una fórmula propuesta por él mismo: «el valor de una idea está casi íntegramente en el debate que suscita».6 Reconocido como clásico, Mariátegui sufre la tragedia concomitante a esta condición: es reclamado por tirios y troyanos, se le somete a operaciones de apropiación que ya merecen el adjetivo de incontables y que parecen encontrar cartas de legitimidad en el análisis textual o en la reconstrucción de su vida. A fin de cuentas, se le reduce a lo ya conocido o se le suman o restan características a partir de las filias o fobias propias, pero no se admite su condición de anomalía, de fenómeno que no solo se niega a ser acomodado en los estancos ya establecidos, sino que desestabiliza a la razón taxonómica misma, al afán clasificatorio inherente a las disciplinas sociales de raigambre eurocéntrica. El Amauta rompe la tersura de las leyes de la evolución ―conlleva la abolición de «una cierta imagen del marxismo que lo representa como una genealogía perfecta, o una sucesión lineal…»7― se presenta como salto cualitativo inesperado, incapaz de ser comprendido como simple derivación o producto de experiencias anteriores: no surge de la nada pero crea un registro nuevo, el del marxismo latinoamericano hasta entonces inexistente, que nace como aclimatación o fructificación de ideas universales, salvando así la suerte de ser otra más de nuestras «ideas fuera de lugar».8
II
Pero decíamos que la labor del Amauta es el análisis de situaciones concretas, la búsqueda de la diferencia específica, la inteligencia siempre atenta a los hechos que desea transformar, el diagnóstico complejo que quiere contribuir a la acumulación de fuerzas del proletariado. Es éste el sentido de las palabras que envía a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en Buenos Aires en junio de 1929, cuando sugiere que «sólo el conocimiento de la realidad concreta, adquirido a través de la labor y de la elaboración de todos los Partidos Comunistas, puede darnos una sólida base para sentar condiciones sobre lo existente, permitiendo trazar las direcciones de acuerdo con lo real».9 Llamado de atención que ya había expresado en enero de 1927, en un mensaje al Segundo Congreso Obrero de Lima, donde advierte enfáticamente que «la discusión de las orientaciones, de la praxis, no es nunca tan estéril como cuando reposa exclusivamente sobre abstracciones.10
Esta necesidad de salir al encuentro de la realidad y dar cuenta de la diferencia específica de América Latina para no quedarse en abstracciones vacías, hace surgir la «creación heroica»: el marxismo propiamente latinoamericano como correlato del socialismo indoamericano. Porque es afrontar los hechos concretos lo que permite a Mariátegui visualizar la insuficiencia de un marxismo entendido como materialismo metafísico, doctrina o compendio de leyes absolutas y universales que basta con aplicar a toda circunstancia histórica. Nace de esto la urgencia de construir mediaciones en un cuerpo teórico que, tal cual lo dejaron sus fundadores, vería limitadas sus potencialidades críticas y revolucionarias al operar y accionar en el ambiente latinoamericano. Por esto, consideramos que la obra de Mariátegui, sobre todo sus últimos textos, es un ejemplo de la razón concreta como momento dinámico por excelencia del marxismo, el instante en que surge la creatividad como construcción de pisos intermedios en la teoría, en este caso a la manera de entramados categoriales y epistemológicos destinados a dejar al legado de Marx mejor pertrechado para explicar la diferencia específica de América Latina y del Perú.
Pero no se trata de la superación del marxismo, de simple y puro revisionismo, sino de su contrario: la prolongación de una tradición que se considera harto válida, de la cual se parte y que obliga a su conocimiento cabal y directo,11 antes de ser subsumida como parte integrante de una nueva totalidad teórica, que en este caso sería el marxismo propiamente latinoamericano que nace con Mariátegui. Aquí no se parte de la nada, no se insurge sin más contra la tradición, pero tampoco se le toma como obra terminada, como canon intocable. Por eso, para el peruano, el marxismo es un método y no un compendio de aseveraciones al que recurrir para obtener citas. «Marx no tenía por qué crear más que un método de interpretación histórica de la realidad actual», afirma el Amauta.12 Un método «que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos» y no «como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales».13
En todo esto coincide asombrosamente con la siguiente declaración de Engels: «…toda la concepción de Marx no es una doctrina sino un método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la ulterior investigación y el método para dicha investigación.14 Y por si fuera poco, la desacralización que Mariátegui hace del legado de Marx, esta actitud que no elude confrontar a la realidad, es la misma que el pensador alemán propone cuando, en la polémica sobre el destino de la comunidad rural rusa, llama a no metamorfosear su obra en «una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a cada pueblo», y a no dispensar el estudio de los hechos al amparo de una teoría «cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica».15
Para Mariátegui, el marxismo es una forma de ordenar una realidad que entra plena por los ojos, que siempre excede lo pensado. Es, en su afortunada fórmula, una brújula y no un itinerario, sólo una orientación para construir una carta de navegación propia, algo que de ninguna manera nos ahorra el recorrido y sus azares, ni evita el esfuerzo endógeno por generar explicaciones que se agreguen a la tradición del pensamiento revolucionario. En todo esto caminará siempre entre tres fuegos. Su Defensa del marxismo es una polémica explícita con la doctrina oficial de la Segunda Internacional y con el revisionismo en que derivará; al mismo tiempo, es una confrontación implícita ―capaz de ser leída entre líneas― con las posturas oficiales de la Komintern donde se han pasado de contrabando las posturas positivistas, mecanicistas y metafísicas de su antecesora; además de ser la continuación del debate con el Apra ahora puesto en el terreno filosófico.16 Todo esto, porque los ensayos agrupados bajo ese nombre son un intento, inacabado, por cierto, de explicitar el tipo de marxismo que Mariátegui propone y que había sido puesto en práctica como método en los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. En consecuencia, Defensa del marxismo es la clave que nos permite entender cómo responde el Amauta a la pregunta sobre el espacio teórico de su propuesta dentro del marxismo en general, resolviendo de forma dialéctica dos falsas disyuntivas. Por un lado, disuelve la dicotomía entre ortodoxia y heterodoxia al plantear una relación entre ambas, sintetizada en la proposición de que hay herejías capaces de incorporarse al dogma para revitalizarlo. Por otro lado, establece un vínculo igualmente dialéctico entre lo universal y lo específico cuando muestra que el marxismo carece de valor si sólo es universalismo abstracto que renuncia a la interrogante sobre la diferencia específica de América Latina (al estilo de Codovilla); al mismo tiempo que defiende la pertinencia del marxismo frente a quienes proponen su inutilidad para dar cuenta de una pretendida originalidad extrema de nuestros países (al estilo del Apra, que es la versión latinoamericana de la «superación» de Marx mediante un «socialismo vernáculo»).
Creemos que Mariátegui capta el sentido profundo del marxismo, al entenderlo como método para el análisis de situaciones concretas, y por tanto, como método para la acción. La reflexión que emprende sobre el tema y las conclusiones a las que se refieren arriba son de gran valía, máxime si se comparan con las de la época y se toma en cuenta que nacen de manera independiente, ajenas a los resultados de este tipo en otros lugares y épocas. Por eso discrepamos con Rubén Jiménez Ricardez cuando enuncia que los ensayos escritos por el Amauta sobre problemas teóricos del marxismo «constituyen… la parte más débil de la obra de Mariátegui», «la de menor aliento crítico», minusvalorando su significado hasta dejarlos en la categoría de «trabajos subsidiarios». Peor aún, cuando propone que los textos al estilo de los reunidos en el volumen titulado Defensa del marxismo, «discurren en un terreno filosófico y dejan ver el inacabado proceso de aprehensión del materialismo dialéctico por parte de Mariátegui», achacado a «las dificultades para asimilarse la dialéctica materialista en aquella época».17
Vale traer a colación el registro de la biblioteca del Amauta, hecho por Vanden en la obra de su factura, referida líneas arriba, para refutar lo dicho por Jiménez Ricardez, que tal vez adolece de insuficiencia de fuentes. Pero vale más tratar de entender estas aseveraciones de Ricardez como parte de su intento por destacar lo que considera esencial en la obra mariateguiana: «su esfuerzo de fundación política del marxismo» y, a partir de ello, la rehabilitación del Amauta como «luchador político».18 Parece que lo que no cabe estrictamente en esta dimensión es reducido a proposiciones «que discurren en un terreno filosófico». Sin embargo, la justa apreciación de Defensa del marxismo es indispensable para entender la naturaleza del esfuerzo mariateguiano por fundar «una fuerza material» orientada por el materialismo dialéctico. Sin esto, la tarea de destacar la labor del Amauta como «teórico de la política» y «organizador de la clase obrera» quedaría incompleta. Y es que, en el proceso de diferenciación y concentración ideológica agudizado en estas fechas, Mariátegui, de acuerdo con Flores Galindo, «requería desarrollar de forma nítida sus planteamientos». Debía esforzarse en la fundación de los órganos de la clase obrera contando «con un apoyo doctrinal mayor». Es así como «Mariátegui se entrega a la redacción febril de dos libros: su ardorosa Defensa del Marxismo… y su libro sobre política peruana Ideología y política en el Perú».19
Una simple constatación de fechas dejaría claro que el libro que nos ocupa no fue redactado en el vacío, como ejercicio inocuo, sino como prueba de que su autor estaba al tanto de las novedades europeas. Más bien, fue pensado como respuesta a las urgencias políticas locales y profundamente entramado con la necesidad de posicionamiento político, ambas acrecentadas a partir de junio de 1927, cuando la represión lanzada por Leguía «entre otros efectos tiene el de promover una revisión de métodos y conceptos y una eliminación de los elementos débiles y desorientados, en el movimiento social. De un lado se acentúa en el Perú la tendencia a una organización, exenta de los residuos anarco-sindicalistas, purgada de la “bohemia subversiva”: de otro lado aparece clara la desviación aprista». Es en este momento, aún en el debate con el Apra, que «el movimiento izquierdista peruano entra en una etapa de definitiva orientación».20 Se trata de una verdadera decantación político-ideológica que anima al Amauta en la búsqueda de nuevas cúspides teóricas.
Los dieciséis artículos que integran la parte central de Defensa del marxismo fueron escritos en el arco temporal iniciado en 1927. Aparecieron del número 17 al 24 de Amauta, entre septiembre de 1928 y junio de 1929, coincidiendo con un fuerte apremio de las tareas políticas. En septiembre de 1928 se declara concluido el proceso de definición ideológica de Amauta y se proclama su carácter socialista mediante la publicación de «Aniversario y Balance» en la decimoséptima aparición de la revista. En octubre de ese año se funda el P.S.P., cuyo esquema de programa fue encargado a Mariátegui. En el mismo mes se redactan las ponencias de la delegación peruana para la Conferencia Comunista de Buenos Aires, que se realizaría en junio de 1929: «El problema de las razas en América Latina» y «Punto de vista antiimperialista». El 1 de mayo de 1929 se inicia la publicación, en Amauta y Labor, de una serie de documentos orientados a la convocatoria y organización de la Confederación Central de Trabajadores del Perú (C.G.T.P.), cuyos estatutos finalmente se leerían en las páginas del octavo número de Labor el día 10 de septiembre de 1929. En mayo de 1929 una delegación peruana asiste al congreso constituyente de la Confederación Sindical Latinoamericana (CSLA) donde es presentado el documento «Antecedentes y desarrollo de la acción clasista».
III
A lo largo de este trabajo, hemos aludido directamente a los textos de Mariátegui, involucrados en el esfuerzo de decantación político-ideológica agudizado a partir de 1927. Son, en su conjunto, parte fundamental de lo que consideramos sus textos programáticos, comprendidos aquí no solo los explícitamente políticos, sino también todos aquellos dirigidos a darle contorno a una iniciativa ideológica y organizativa. Incluso una novela escrita como respuesta a aquellos empeñados en la reducción del alcance del marxismo y una serie de ensayos filosóficos aparentemente no emparejados con las tareas del momento. No obstante que nuestra atención se concentra en José Carlos Mariátegui, no somos ciegos al hecho de que todos estos escritos forman parte de una empresa de grupo, producto de una intelectualidad de partido, en su conjunción con la movilización y organización popular. Aun aquellos que llevan la firma del Amauta al calce son difícilmente atribuibles a un autor en solitario, porque nacieron tratando de codificar y condensar aspiraciones colectivas. Se mueven, por tanto, en una condición que siempre es menester reconocer en los textos programáticos: la dificultad de establecer contundentemente los límites entre lo individual y lo colectivo.
La elección de estos textos no es fortuita. Ya sean de orientación o de polémica, son un buen ejemplo de la razón concreta en acto. Ellos evidencian la necesidad de una interpretación certera de la realidad y del refinamiento teórico y metodológico del marxismo, no por mera precisión científica, sino para ampliar la factibilidad de toda iniciativa revolucionaria. En el caso de Mariátegui, el estar atento a la realidad, en sus múltiples determinaciones y contradicciones, para no perderse en «divagaciones teóricas», es un imperativo relacionado con la construcción del Partido Socialista, con la creación de la Confederación General de Trabajadores del Perú, con el afianzamiento de Amauta y Labor como puntales de definición y concentración socialista y con las discusiones al interior de las redes latinoamericanas orientadas a la formación de los órganos comunistas continentales. Hacia estos esfuerzos de la clase trabajadora y su vanguardia dirige Mariátegui su inteligencia y su pluma. Por ello, debe dar cuenta de la exuberancia o desmesura de la realidad con un pensamiento igualmente complejo, desmesurado y exuberante. No podía darse el lujo de reduccionismos y simplificaciones, siempre mistificadores de los hechos, porque en la orden del día estaba la necesidad de impulsar con eficacia la conformación de organizaciones autónomas para los trabajadores del campo y de la ciudad.
Notas:
- J.C. Mariátegui, «Advertencia» a Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Ed. Amauta, Lima, 1994. (Primera edición: 1928). También en «Aniversario y balance», Ideología y política, Ed. Amauta, Lima, 1969, p. 249. ↩︎
- Rubén Jiménez Ricardez, «Prólogo», en J. C. Mariátegui, Obra política, Ed. Era, México, 1979, p. 15. ↩︎
- José Aricó, Introducción a Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano. Ed. Siglo XXI, México, 1978, p. XII. Más adelante, el autor afirma que «en la singularidad del pensamiento de Mariátegui… reside la demostración más contundente de que el marxismo sólo podía ser creador a condición de mantener abiertos los vasos comunicantes con la cultura contemporánea». pp. XXI y XXII. Sin embargo, Aricó no propone una solución a la pregunta de ¿Cómo se relaciona el marxismo con la cultura contemporánea? ¿Subsumiéndola en un orden categorial de naturaleza superior o adhiriendo, en su cuerpo teórico, premisas y conclusiones extrañas? ¿Se trata de la crítica de todas las categorías que conforman el pensamiento burgués o de su simple recepción? ↩︎
- J.C. Mariátegui, cit., en «Nota preliminar» de Alberto Tauro a Siegfried y el profesor Canella, Ed. Amauta, Lima, 1979, p. 14 (primera edición: 1955). Parece que Jiménez Ricardez pasó por alto la publicación de esta novela de Mariátegui en los últimos años de su vida. El registro de esta vuelta del peruano a su vocación literaria primigenia habría impedido a este autor escribir, o por lo menos matizar, la siguiente declaración: «Como el revolucionario cubano Rubén Martínez Villena, Mariátegui abandonará la literatura por la política». R. Jiménez Ricardez, Op., Cit., p. 18. Pero el Amauta, en su etapa final, no solo escribía ensayos y artículos de crítica social. En honor a la verdad, con la muerte merodeando, no encontró mejor forma de tematizar la desmesura de la vida que escribir «un relato, mezcla de cuento y crónica», ―como lo describe en carta a Samuel Glusberg― corroborando la hipótesis de que «la vida excede a la novela; la realidad a la ficción». Ibid, p. 21. Para ver carta mencionada, Horacio Tarcus, Mariátegui en la Argentina o las políticas culturales de Samuel Glusber. Ed. El cielo por asalto, Buenos Aires, 2001, p. 194. ↩︎
- Ricardo Melgar Bao, «Mariátegui y la Internacional comunista», en Revista Nuestra América, núm. 2, Ed. CCyDEL/UNAM, México, 1980, pp. 73, 74. ↩︎
- Alberto Flores Galindo, La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, Ed. Desco, Lima, 1980, p. 114. ↩︎
- Ibid, p. 12. ↩︎
- La expresión «ideas fuera de lugar» es de Roberto Schwarz que así da cuenta del ideario burgués que se manifiesta en América Latina como un compendio de aseveraciones en franca disonancia con su entorno. El descentramiento de ciertas ideas con respecto a la realidad, vale decir, el fenómeno de ideas que aparecen como extrañas con respecto de la formación socioeconómica, no es condición exclusiva de la ideología burguesa. También el pensamiento marxista, cuando opera como simple traslado o «aplicación» puede cumplir este papel irrisorio, de profundo exotismo. ↩︎
- J.C. Mariátegui, «El problema de las razas en América Latina», en Ideología y política, p. 60 ↩︎
- J.C. Mariátegui, «Mensaje al Congreso Obrero», en Ideología y política, p. 111. ↩︎
- Pruebas de que Mariátegui estaba familiarizado con las obras fundamentales de los clásicos del marxismo se dan en la revisión de la biblioteca del Amauta, hecha por Harry E. Vanden entre 1973 y 1975, donde se enlistan, como parte de su acervo personal, obras de Marx, Engels y Lenin, a quienes leyó generalmente en francés e italiano. Esto desmentiría a Robert Paris cuando dice que Mariátegui asimiló el marxismo a través de difusores italianos y franceses, es decir, de segunda mano. Harry E. Vanden, Mariátegui. Influencias en su formación ideológica. Ed. Amauta, Lima, 1975. pp. 56-63. Aceptando los resultados de la investigación de Paris, la sobrevaloración de la influencia italiana en la obra de Mariátegui es una característica de la interpretación de Aricó, en su empeño por atar la originalidad del Amauta al neomarxismo de inspiración idealista propio de Italia en las primeras décadas del siglo XX, y de equiparar la trayectoria intelectual del peruano con la de Gramsci. Esto último es una más de las tantas «operaciones de apropiación» que ha sufrido la herencia intelectual de Mariátegui, en este caso como adscripción de Mariátegui a una experiencia que más bien es la de Aricó, forzando un tanto los hechos. José Aricó, Op. Cit., pp. XIV-XX. Ver también, del mismo autor, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina. Ed. Nueva sociedad, Caracas, 1988, p. 122 y ss., en donde se propone «cierto parentesco, y hasta coincidencias sugestivas» entre Mariátegui y Gramsci y se atribuye el redescubrimiento del primero a la difusión del segundo en América Latina. ↩︎
- J.C. Mariátegui, Defensa del marxismo, en J.C. Mariátegui. Obras, Tomo 1. Ed, Casa de las Américas, La Habana, 1982. p. 139. ↩︎
- J.C. Mariátegui, «Mensaje al Congreso Obrero», p. 112. ↩︎
- Carta de Engels a Sombart, marzo de 1895, en Marx-Engels, Obras escogidas, Ed. Progreso, Moscú, 1984, p. 534. ↩︎
- Carta de Marx al director de Otiechéstvennie Zapiski, fines de 1877, http://marx.org/espanol/me/cartas/m1877.htm. (Primera edición en alemán: 1934). ↩︎
- Una lectura de este tipo puede verse en el artículo de Osvaldo Fernández Díaz, «Una proposición de lectura de Defensa del marxismo», en Encuentro Internacional José Carlos Mariátegui y Europa: el otro aspecto del descubrimiento, Ed. Amauta, Lima, 1993. pp.120-128. ↩︎
- R. Jiménez Ricardez, Op. Cit., p.13. ↩︎
- Íbid, p.14. ↩︎
- Flores Galindo, Op. Cit., pp. 100 y 101. ↩︎
- J.C. Mariátegui, «Antecedentes y desarrollo de la acción clasista», en Ideología y política, p. 104. También reproducido en la compilación titulada La acción clasista, Ed. Federación sindical mundial, La Habana, 1998, p. 53, 54. La represión de junio marcaría el inicio de lo que Flores Galindo llama «la agonía de Mariátegui», entendiendo agonía en el sentido que el Amauta toma de Unamuno: no como muerte sino como lucha, como combate. Ver, «Una entrevista a José Carlos Mariátegui», publicada en Mundial, Lima, 23 de julio de 1926. Incluida en La novela y la vida. Siegfried y el profesor Canella…p, 154. ↩︎
Referencias
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——-. Obras, 2 Tomos, Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1982.
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