Erika Pérez Domínguez
Pacarina del Sur. Revista de Pensamiento Político Latinoamericano
Año 2 | Número 6 | Enero – Marzo de 2011
ISSN: 2007–2309
Resumen:
Este trabajo explora los cambios que experimentan las mujeres de Tonatico, México, cuando sus esposos migran a Waukegan, Estados Unidos, y ellas permanecen en el pueblo. ¿Qué cambia en sus vidas? ¿Estos cambios generan mayor empoderamiento? Son las preguntas que trataremos de responder.
Palabras clave: migración, mujeres, empoderamiento.
Cuando hablamos de migración, generalmente pensamos en los cambios que enfrentan quienes se van: un lugar diferente, nuevas personas, otro idioma, otro trabajo, todo es nuevo y distinto. Sin embargo, quienes se quedan también experimentan cambios en su vida diaria. Es el caso de las mujeres cuyos esposos migran a Estados Unidos debido a la falta de oportunidades económicas en su lugar de origen. Estas mujeres viven el proceso migratorio de manera indirecta; sin embargo, están inmersas en el continuo flujo de personas, bienes e información que circula de un lado a otro de la frontera, y esto conlleva transformaciones en su vida. Lo que nos interesa en este trabajo es preguntarnos si estos cambios inciden o no en un mayor empoderamiento de las mujeres.
Este trabajo forma parte de una investigación realizada en Tonatico, municipio ubicado al sur del Estado de México y que, según la CONAPO, se encuentra entre las entidades con un alto grado de intensidad migratoria. La migración hacia Estados Unidos deja notar sus huellas no sólo en la economía del lugar, sino también en la vida diaria de sus habitantes. En la vida de los ancianos, que se sientan frente a sus casas a contemplar cómo pasa la tarde. En la vida de los niños que llevan nombres como Christopher o Wendy. En la vida de las mujeres que esperan pacientes en la fila del Western Union donde reciben el dinero que sus esposos mandan desde Estados Unidos, y que forman parte de los casi 25 millones de pesos que envían los migrantes al año (Martínez, 2004). Tonatico tiene un total de 2, 873 hogares, de los cuales el 10. 27 % reciben remesas. Waukeagan, Illinois, es el destino principal de los migrantes tonatiquenses. Esta pequeña ciudad industrial de 85, 072 habitantes alberga aproximadamente a 3, 500 tonatiquenses, quienes han ingresado a trabajar principalmente en las fábricas y comercios del lugar y forman lo que han llamado el “Tonatico chiquito”.
En este escenario, nos preguntamos por las mujeres en Tonatico. ¿Cómo se transforma su vida una vez que sus esposos se van a trabajar a Waukeagan? Partimos del supuesto de que la migración trae consigo muchos cambios para quienes están involucrados en ella. Suponemos que la vida de las mujeres que se quedan en Tonatico mientras sus maridos emigran se transforma, así como el grupo doméstico en el que viven se reorganiza. Aunque no de manera directa, la migración moldea sus vidas, ya que la reproducción del hogar depende en gran medida de las remesas y sus lazos afectivos están atravesados por la frontera. En ausencia de sus maridos, asumen nuevas responsabilidades, desempeñan un rol como jefas de familia, adquieren mayor toma de decisiones, se hacen cargo de sus hijos solas. La pregunta es si estos cambios contribuyen a empoderar a las mujeres, dándoles un contexto de mayor libertad y equidad en sus relaciones con los hombres.
Para responder a esto, es necesario revisar el concepto de empoderamiento. Este ha sido utilizado desde diferentes disciplinas y contextos, variando así su uso y significado. Sin embargo, cuando hablamos de empoderamiento de las mujeres, encontramos su origen en los años setenta con los trabajos de las educadoras populares de América Latina, quienes complementan la teoría de la conscientización de Paulo Freire con un enfoque de género. Hablar de empoderamiento implica, por principio, como señala Asakura, que sólo puede darse en sociedades donde hay desigualdad y discriminación. Si las relaciones entre los géneros fueran equitativas, no habría necesidad de pensar en el empoderamiento de las mujeres. Puesto que no es así, el debate sobre el tema se vuelve necesario. Muchos estudios sobre la mujer y el género utilizan este concepto y, sin embargo, no existe consenso respecto de su sentido.
Para este trabajo retomo la definición de empoderamiento que plantea Kate Young. Esta autora propone estudiar la relación entre lo que denomina la condición y la posición de la mujer. La condición se refiere a las necesidades prácticas de las mujeres: alimentación, salud, agua, cuidado de los hijos, educación, etcétera; es decir, al bienestar y al acceso a recursos básicos para subsistir. La posición de la mujer se refiere a los intereses estratégicos en los que se concientiza sobre el lugar subordinado que ocupa en la estructura patriarcal, lo cual genera una acción conscientemente encaminada a cuestionar y transformar su propia posición.
Así, el empoderamiento resulta del proceso mediante el cual la mujer logra mejorar su condición, es decir, adquiere mayores recursos para subsistir. Además, es consciente del lugar subordinado que ocupa en la relación con el hombre y actúa para transformarlo. La acción encaminada a transformar estas estructuras no puede ser sólo individual; según León, puede ser una mera ilusión si no se conecta con el contexto y se relaciona con acciones colectivas en un proceso político.
Desde esta perspectiva, para hablar de un empoderamiento pleno de las mujeres, es necesario no sólo que su condición mejore, es decir, su bienestar y su acceso a recursos para subsistir, sino también su posición en la estructura social con respecto a los hombres. Y para que esto ocurra, la mujer tiene que volverse consciente de la inequidad en las relaciones de género, cuestionar la estructura patriarcal y actuar colectivamente para transformarla. Además de lograr el control de la voz, es decir, crear sus propios discursos.
Y aunque, como señala Srilatha Batliwala (1997), las mujeres siempre han procurado, desde sus posiciones tradicionales como trabajadoras, madres y esposas, no sólo influenciar sus circunstancias inmediatas, sino también ampliar sus espacios… con frecuencia se ve que la ideología patriarcal prevaleciente, que promueve los valores de sumisión, sacrificio, obediencia y sufrimiento en silencio, aún socava dichos intentos de las mujeres de tener participación y control de algunos recursos.
Estos valores que determinan la estructura social en donde las mujeres ocupan una posición subordinada a los hombres, en algunos contextos, tienden a reforzarse más que a debilitarse, por ejemplo, en momentos de cambio como con el proceso de la globalización.
Sigridur Duna Kristmundsdottir (1999)demuestra que la globalización podría empoderar a las mujeres, pero falla en algunas sociedades (como las europeas y las latinoamericanas) porque el propio proceso globalizador impulsa un resurgimiento de los valores tradicionales de género. Dice que mientras la globalización avanza, en el nivel local las nociones de “nosotros” y “ellos” se hacen más fuertes; la gente regresa a lo que la hace culturalmente diferente de otros, y no a lo que tiene en común con otros. Se refuerzan los valores culturales tradicionales y se levantan fronteras culturales más fuertes. El género es un constructo cultural y puede crear una frontera cultural.
Un fenómeno interesante que lo ejemplifica es el marianismo en América Latina, una asociación de la mujer con la figura de la Virgen. La mujer, al ser madre, es espiritualmente superior al hombre. Este fenómeno viene a ser una “reacción a la emancipación legal de la mujer latinoamericana, tiene que ver con las ideas de la globalización sobre los derechos de las mujeres en este siglo”. La autora argumenta que el marianismo, en las prácticas patriarcales, refuerza la idea de que es necesario confinar a la mujer a la esfera doméstica y reforzar el control sexual sobre ella, particularmente sobre aquellas que salen a trabajar.
Nos preguntamos entonces sobre las mujeres que se quedan en Tonatico mientras sus esposos migran, ¿con la ausencia del hombre, la mujer cambia su condición y su posición? ¿Adquiere la capacidad de tomar sus propias decisiones y de transformar la posición subordinada? ¿O sigue reproduciendo la forma tradicional de la jerarquía de género?
Con base en la información obtenida en el trabajo de campo, observaciones, entrevistas, historias de vida y la convivencia diaria con un grupo de mujeres con experiencia migratoria indirecta, pude dar algunas respuestas a estas preguntas.
Los hombres se van y las mujeres viven una situación nueva: no sólo se quedan a cargo del hogar y los hijos, si los hay. También se encuentran en una posición indefinida, pues aunque son mujeres casadas, no viven con su esposo; algunas expresan sentirse como si fueran viudas o divorciadas.
En todos los casos que conocimos, el hombre se va porque la situación económica en Tonatico es difícil. Trabajan en el campo o como empleados y lo que ganan no es suficiente para subsistir. Muchas mujeres manifestaron su deseo de irse con su esposo a Estados Unidos; sin embargo, quien toma las decisiones al respecto es él y ella las asume. “Porque es peligroso, porque no quiere que trabaje, porque debe quedarse a cuidar a sus papás, o hijos, o casa”, fueron las razones por las que el hombre decide que la mujer se quede.
La sociedad tonatiquense comparte valores tradicionales sobre lo que debe ser la mujer, el rol que debe jugar y la posición que debe asumir respecto de su marido. Una posición subordinada. “Yo nunca le alegué nada (a su esposo) porque mi mamá siempre me decía que uno se casa y debe obedecer en todo al marido.”
Cuando se casan, generalmente no tienen casa propia, por lo que se van a vivir a la casa del varón. Cuando el hombre emigra, la mujer se queda viviendo con su suegra y familiares políticos. La relación con ellos es difícil. Como señala D’Aubeterre (2000), la suegra encarna la prolongación de la autoridad masculina del hijo migrante. Por lo que la mujer le debe respeto y obediencia incondicional, es vigilada continuamente por ella, lo que genera tensión en la relación.
Vivía con mi suegra, mi suegro y mis dos cuñados solteros… teníamos algunos problemas, con mi suegra sobre todo, porque luego no están de acuerdo en cómo cuida uno a sus hijos y se quieren meter y les decía cosas a mis niños… no es lo mismo que vivir uno solo.
Las mujeres se sienten vigiladas en su comportamiento, no sólo por sus suegras, sino también por los vecinos. Una mujer sola en Tonatico es motivo de conversación. El chisme funciona como un mecanismo sutil de control del comportamiento de las mujeres migrantes. Debido a la densidad de las relaciones entre Tonatico y Waukegan, hagan lo que hagan, sea “bueno o malo”, sus esposos lo van a saber. Esta situación genera en las mujeres una necesidad de “cuidarse”, de salir sólo para lo indispensable y de dedicarse por completo a su casa e hijos, para evitar “las habladas” y los problemas con sus maridos.
Aunque se porte uno bien, luego inventan cosas; como aquí y allá, todo se sabe. Yo por eso casi no salgo; me dedico a mis hijos. Ya que sólo que vaya ir a algún lado que necesite salir, pues va uno. De por sí, en este pueblito, ya ves que sale uno y ya están hablando. Yo, como la verdad, ya estoy acostumbrada. Hablan para acá y ya preguntan que si anda uno con alguien. Como le digo a mi esposo, debemos tener confianza porque, no, no porque le digan a uno algo, se lo va a creer.
Otro aspecto que no cambia significativamente es la toma de decisiones. El teléfono hace posible que las mujeres consulten a sus esposos para decidir sobre cosas de su vida diaria. Es frecuente que las mujeres utilicen este medio para pedir permiso, ya sea para ir a fiestas, para actividades de los niños o para decidir cómo se gasta el dinero. De esta manera, la responsabilidad no recae directamente sobre la mujer. Para algunas, es una situación favorable, porque, de la misma manera, “si pasa algo malo, no fue mi culpa, sino la de él, que tomó la decisión”. Esto contrasta con lo que suponíamos al principio, que las mujeres en ausencia de sus maridos tienen mayor libertad para tomar decisiones, y que la ejercen, asumiendo un mayor empoderamiento. No es así.
Los cambios realmente significativos son los que tienen que ver con las condiciones materiales de vida. Recibir un cheque quincenal o mensualmente, permite a las mujeres y sus hijos vivir mejor, resolver no sólo sus necesidades básicas, sino consumir productos y servicios que antes no consumían. Pueden adquirir una casa propia y dejar de compartir el techo con la suegra, lo que les permite sentirse más libres y cómodas en su propio espacio. Otras mujeres optan por poner un negocio que les permita generar mayores ingresos.
Aquí sembrábamos frijol y maíz, pero no se daba y no se daba y mejor se fue…allá trabaja en el campo también pero sí gana bien y seguro cada quince días me manda.
Luego luego se nota los que se van, porque ya tienen dinero, ya se compran terrenos ,s e hacen sus casas, todos los que se van a Estados Unidos tienen casas bien bonitas. Aquí, ¿cuándo te haces de una casa?
Es muy diferente ya teniendo tu propia casa. Nadie se tiene que meter con lo que haces, porque es tu casa, aunque sea así chiquita. Pero ya es algo tuyo y no que estés ahí metida con los suegros. Es más feo así.
Con esto podemos concluir que la migración cambia la vida de las mujeres, pero sólo a nivel de condición. Es decir, sus necesidades de subsistencia se satisfacen; tienen mayor capacidad de consumo, lo que les permite poseer bienes que antes no tenían y asegurar un mejor desarrollo para sus hijos. Sin embargo, el proceso de empoderamiento no se da plenamente, puesto que no ocurre a nivel de posición. Afirmamos esto de acuerdo con lo que plantea Kate Young: es decir, que para que el empoderamiento suceda, debe mejorarse no sólo la condición de la mujer, sino también su posición en la estructura jerárquica patriarcal. Esto último sólo puede ocurrir si la mujer es consciente de su posición subordinada, si la cuestiona y actúa colectivamente para cambiar la manera en que se relaciona con el género opuesto. En el caso de las mujeres que se quedan, esto, evidentemente, no pasa. Aunque no estrictamente, todas las mujeres mantienen la estructura patriarcal. Como plantea Asakura, “en contextos culturales donde las mujeres están confinadas al ámbito doméstico y están vigentes las normas tradicionales de comportamiento para ambos géneros, la movilidad social de las mujeres resulta muy limitada”.
Si bien la vida de las mujeres cambia: ya no viven con su esposo, se hacen cargo de muchas cosas por sí solas y tienen mayores ingresos, esto no implica que dejen de asumirse como mujeres dependientes de los hombres ni que tomen decisiones de acuerdo con su propia voluntad. Porque para que esto suceda, las mujeres tendrían que reunirse, solidarizarse y crear espacios de interacción entre ellas. Sin embargo, las mujeres que se quedan encuentran en la suegra y la amenaza de los chismes un freno. Se espera de ellas que se dediquen por completo a su casa e hijos, sin posibilidad de llevar a cabo otra actividad; ninguna de las mujeres que conocí en Tonatico manifestó tener amigas con quienes reunirse.
Finalmente, podemos aventurarnos a pensar que sucede algo parecido a lo que postula Lourdes Herrasti en su tesis doctoral “Vivir en el mundo patriarcal hace que las mujeres no se identifiquen con otras mujeres, sino que su objetivo sea tratar de agradar y alcanzar la protección de un hombre al que identifican como la fuente de protección”.


