«José Ingenieros en su centenario» de Hugo Biagini, Alejandro Herrero y Martín Unzué (comps.), Buenos Aires, 2024

Jorge Liberati

El libro recoge el homenaje brindado al filósofo ítalo-argentino José Ingenieros (Palermo, 1877–Buenos Aires, 1925) por un nutrido grupo de académicos latinoamericanos en ocasión del centenario de su muerte, en treinta y un rigurosos y extensos capítulos. Se trata de una obra positivamente ambiciosa, multifacética y encomiástica, caracterizada por la erudición filosófica, sociológica e histórica, que, en el amplio abanico de su treintena de colaboraciones, no oculta la sincera admiración por el filósofo y recrea con justicia el espíritu humanista que caracterizó la vida y la obra de la figura evocada.

La variedad de enfoques hace pensar más en una biblioteca que en un libro, en una constelación de aspectos filosóficos, sociales, psicológicos y políticos que rinden cuentas de las principales coordenadas ideológicas y científicas de la época en el Río de la Plata. Una biblioteca que no descuida los persistentes e ineludibles reflejos europeos sobre la región, y que somete a una variedad de análisis la situación material de la América Latina de la época, así como las condiciones personales e institucionales en cuanto a información, influencias e influjos, y en lo que las mayores autoridades intelectuales generaban y difundían ideas en el continente hacia fines del siglo XIX y principios del XX.

La destacada difusión de algunas obras del filósofo argentino en Uruguay, señalada por Yamandú Acosta, y la vertiente “juvenilista” de Ingenieros, que estudia Hugo Biagini, invitan a entrar en una sala cuyos anfitriones prometen no dejar ningún aspecto importante fuera del vasto e influyente círculo refulgente, encendido por un singular positivismo americano. El ideal de un hombre que aunó, en pensamiento y acción, la tan elogiada y no siempre cumplida coherencia, la incorruptible relación entre la idea y el acto, sin la que toda gestión se convierte en descaecimiento, vacuidad y, a menudo, inevitable impostura.

Algunas personas creen que basta con persistir durante toda una vida en una idea para alcanzar esa coherencia, pero es algo más complejo. Para Ingenieros consistió en una natural oscilación entre los extremos y los grandes principios de las ideologías de su tiempo. No se trata de un estado, sino de un proceso: no es un encuentro inconmovible con la propia conciencia, sino una búsqueda permanente e incansable en un dominio inconmensurable de razones y sinrazones, intereses altruistas y egoístas, intromisiones subliminales en las conciencias, agresiones y despojos que, advertida o ingenuamente, sufren las personas antes y después de la época estudiada. En la opinión de Sergio Bagú, Ingenieros fue “la primera gran voz que se alzó en todo el continente para formar la conciencia de una nueva generación” (ver el capítulo de Biagini).

Los articulistas que examinan los aspectos políticos, en general, se inscriben en el conocido nuestroamericanismo, corriente de filosofía política latinoamericanista caracterizada por la mancomunión militante de universitarios en torno al ideal de emancipación filosófica, social y cultural de América Latina. Su objeto es la liberación de todo influjo europeo o estadounidense, así como de otras injerencias y alternativas del mundo actual. Los antecedentes de esta búsqueda los encuentra Carlos A. Casali en Ingenieros y en Carlos Ibarguren, a través de una crítica exhaustiva de la “democracia funcional” en un marco teórico según el cual las revoluciones no son el resultado de la acción de un grupo de iluminados, sino, especialmente según Ingenieros, “el resultado de la experiencia” (ver capítulo de Casali). El análisis cobra la forma de una confrontación manifiesta entre las clases sociales más bajas y las corporaciones del nuevo orden mundial.

Figuran iniciativas de diversa índole en el campo del arte y la literatura, como la que reseña Daniel O. de Lucía, en el directo compromiso de la masonería, potencialmente inspirado en el filósofo estudiado. Jorge Dubatti discurre sobre su influencia en el teatro. Natalia P. Fanduzzi sobre un Ingenieros que “se define a sí mismo como socialista, porque cree en la política científica, adaptada a las tendencias contemporáneas de la evolución social y orientada a la transformación progresiva de las instituciones”, y sobre cómo interpretaba la cuestión obrera con la suerte corrida por el proyecto de Ley Nacional del Trabajo de 1904. Cristina Beatriz Fernández se ocupadel Tratado del amor, recopilación de textos que Ingenieros dejó inconclusa y en la que hay reminiscencias de Schopenhauer, Stendhal y Ribot, correspondiente al volumen 23 de las Obras completas, a cargo de Aníbal Ponce.También Marisa Muñoz retoma el tema del amor en un texto titulado “Modos de amar: resonancias afectivas en la obra de José Ingenieros”. Observa que “La sexualidad, el feminismo y los derechos conyugales son parte de los temas sobre los que escribe en diarios, periódicos y revistas”, a lo que se suma su conferencia “Psicología de los sentimientos”, en línea con la del francés Théodule Ribot.

Objeto de gran interés por parte de Ingenieros, y de Alejandro Korn, afirma Ariel Eiris, fueron Gregorio Tagle, Pedro José Agrelo y Manuel Moreno, tres letrados testigos de “un pasado intelectual argentino, donde la filosofía se evidenciaba en el accionar de la dirigencia política” (opuestamente, se puede acotar, a la actual influencia de la política sobre la filosofía). Laura S. Guic se refiere a José María Ramos Mejía, médico, político y publicista que contribuyó al mejoramiento de las políticas educativas y de higiene social, que Ingenieros reseña en “La obra intelectual de JMRM” y del cual se consideró discípulo. Uno de los compiladores del libro, Alejandro Herrero, establece la relación con

Ricardo Rojas, en el marco del debate educativo, destacó el nacionalismo del escritor y del filósofo y su influencia en el sistema de instrucción pública. Se trata de dar respuesta al hecho de que los inmigrantes “celebran sus festividades patrias con enorme eficacia en los espacios públicos y, en la mayoría de los casos, no se nacionalizan, sino que viven como en sus países de origen”. Eso no es todo: sus hijos nacidos en tierra argentina son educados con la cultura y tradición patriótica de sus padres extranjeros”. Marcos Mele, a su turno, evoca a Juan Bautista Alberdi como “precursor de las ideas sociológicas de José Ingenieros”, caracterizando al prócer de la filosofía americana como un hombre de ciencia especialmente en la última etapa de su vida, y sin dejar de incluir con el mismo título a Echeverría y Sarmiento.

Adriana Claudia Rodríguez y Juan Martín Messiga Farizano escriben el capítulo titulado “Las huellas cubanas en la ‛Revista de Filosofía’ (1915-1925)”, que trata sobre “las redes cubanas que se exhiben en la ‛Revista de Filosofía’ [fundada y dirigida por Ingenieros junto a Aníbal Ponce y que fue publicada durante quince años] y a través de artículos de autor, reseñas y canjes mostrando desde sus ediciones más tempranas la presencia de una pléyade de actores que reflejan tanto a su contexto presente como temas específicos y al imperialismo entre otras cuestiones”. Carlos Rojas Osorio, así como Acosta respecto al Uruguay, nos informa sobre la influencia de Ingenieros en Centroamérica y el Caribe, destacando la obra de Ricaurte Soler. El lenguaje musical (y sus perturbaciones histéricas) de José Ingenieros inspira a Jorge Sad Levi al explorar “Los comienzos de la semiología musical en Argentina”. Es un libro publicado en francés en 1907 y en español sólo en 1952, y que incursiona en la música como terapéutica médica.

Facundo di Vincenzo destaca la poca relevancia atribuida a Sociología argentina, una obra de Ingenieros en la que asoman las ideas de Eduard Bernstein, quien rectificó la hermenéutica marxista en cuanto herramienta aplicada con notoria insuficiencia en un mundo mejorado para los trabajadores por parte del propio sistema económico vigente. Lo que no significa un cambio de ideales sino una adecuación o actualización del análisis –que hasta el día de hoy se presenta fiel a los postulados del Marx decimonónico. Pues la tragedia de los empleados y obreros desamparados en la época de Ingenieros, y aún más en la actualidad, no puede describirse ni testimoniarse sino por medio de instrumentos analíticos y fácticos (o “factuales”) capaces de desentrañar el origen de la enajenación y el avasallamiento, en gran parte subliminal, por parte del sistema hoy imperante. En Ingenieros, prospera el afán por encontrar nuevas herramientas.

La “fiebre emancipadora finisecular”, como la llama Biagini, según cita de Óscar Daniel Duarte, no concede términos medios. El Océano Atlántico nos ha separado de Europa no geográfica sino más bien antropológicamente, pues no somos esos mismos europeos que vertieron impíamente su cultura mientras eliminaban la autóctona (que, puede añadirse, pese a su enorme riqueza, tampoco auguraba un futuro para los latinoamericanos). Nos emparentan las fuerzas telúricas y no los ancestros, una relación reivindicada al cruzarse el puente entre los siglos XIX y XX y sobre el cual prosperan el liberalismo patriarcal y el idealismo teocrático de acompañante. Se esperaba que la alternativa surgiese de los emigrantes socialistas que difundían un ideal de renovación.

El “socialismo científico” intenta imponerse en el ámbito universitario, sin que cuaje más allá de sus compuertas, habitualmente a medio abrir. Cuaja, en cambio, el anarcosindicalismo decimonónico y la ideología marxista confirmada por la revolución bolchevique y reforzada por el sistema leninista y su corolario estalinista. Pero, aunque Ingenieros haya celebrado la revolución de 1917, tiene otras miras. Es “más bien una preocupación por la cuestión social desde un ángulo moral de radicalismo ‛antiburgués’”, afirma Duarte.

Yamandú Acosta señala que en Uruguay fue Emilio Frugoni quien expresó el ideal de Ingenieros, quien “Quiso que su posición de espíritu ante los problemas sociales y la situación de las clases fuese la de todos los universitarios, la de la Universidad misma; y por eso en la campaña por la Reforma ocupa un sitio de combate como orientador desde la cumbre definiendo la función social de las universidades y dando expresión elocuente al sentido histórico de esa batalla intelectual por la emancipación de la cultura” (Frugoni citado por Acosta, subrayado nuestro). Todo pensamiento y toda actividad que se amuralla y aísla no son un acervo digno de la función universitaria, por lo que se podría decir que Ingenieros no bregó por la politización de la cultura sino por la culturización de la política. “Había querido salvar a América del fascismo, sobre todo del “fascismo criollo”, agrega Frugoni, que es el que se inmiscuye aquí cada día, incluso sin que nos demos cuenta.

Hernán Fernández examina “los usos de Sarmiento y de Facundo efectuados por José Ingenieros”. Sabida es la importancia que el sanjuanino tuvo en el transcurso de la trayectoria de Ingenieros, quien desempeñó labores en diversas áreas, tales como medicina, psiquiatría, filosofía y sociología”. Según Oscar Terán, aclara Fernández en nota al pie, Ingenieros se adscribe a una cultura científica “caracterizada por adherir a una visión del mundo, dos de cuyas nociones centrales consistían en una adscripción al monismo materialista y al evolucionismo, por un lado, y en rechazo explícito al pensamiento metafísico y toda forma de apriorismo, por el otro”. A su vez, “Ingenieros procuró poner sobre el tapete la importancia del conocimiento científico propio de los sociólogos para integrar la elite encargada de dirigir los destinos del país”.

A su vez, Sebastián Alejo Fernández estudiaal poeta romántico Esteban Echeverría y lo que este hombre significó, según se registra en Sociología argentina, de 1918, y en la obra póstuma La evolución de las ideas argentinas del filósofo. Inicia su investigación afirmando que “la situación social y laboral argentina hacia los inicios de 1900 demostraba un enorme nivel de precariedad y desigualdad”. El llamado “reformismo liberal” procuró hacer frente a tal situación apelando a la educación mediante un programa de 1908, conocido como “educación patriótica”. Ingenieros reivindica a Echeverría de acuerdo con un programa que pretendía “crear las bases de una sociología argentina” de inspiración científica y positivista, “atravesada por un fuerte determinismo biológico spenceriano”. Echeverría agrega: “Fue el primero en indagar sobre estas cuestiones, aunque lo hace en clave literaria”. Es “el iniciador de los estudios sociológicos en la Argentina”, tarea que continuará Juan Bautista Alberdi. Para Ingenieros “el gran aporte que realizó Echeverría en su interpretación histórica: concebir la lucha entre lo colonial y lo argentino, lo que agoniza y lo que surge, el pasado y el porvenir”.

Roberto Follari se pregunta si la moral de Ingenieros dice algo al presente, apelando a otra pregunta de Mariano Plotkin acerca de por qué los jóvenes de hoy lo leerían, un pensador que vivió en una época en que la moral estaba “librada al decisionismo personal de cada sujeto” y en la que no existía “un horizonte ético que fuera compartido por amplias mayorías sociales”. Ingenieros propone “volver a los ideales”, “superar lo mediocre”, “sostener una moral sin dogmas”, propuesta que puede influir en el ánimo de los jóvenes “aun cuando sea formulada en términos tan distantes de nuestros usos lingüísticos actuales”.

El interés de Ingenieros por la criminología y la psiquiatría es examinado por Alejandra Gabriele y Leonardo Visaguirre, atendiendo al vínculo entre la ciencia y la política: “porque hay una intención y pretensión explícitas por destacar al científico y su producción como actores claves del proceso de organización de la nación” y en respuesta “al fenómeno del desorden que supone la cuestión social”. Con un artículo publicado en 1906 titulado “Nueva clasificación de los delincuentes fundada en su psicopatología”, Ingenieros otorga importancia “a las condiciones contextuales del delito respecto de las hereditarias, especificando aún más el objeto de la criminología”.

Aunque en forma dispersa, la relación entre filosofía e historia de la filosofía no pasa inadvertida para Ingenieros. Así lo señala María Carla Galfione, especialmente en lo que atañe a esa relación en los estudios universitarios, siempre reconociendo “la filosofía como un saber articulado con las ciencias naturales”. El ítalo-argentino bregó, agrega, no solo por lo que ella gustaría llamar “historia crítica de la filosofía”, sino también en un entorno en el que “se disputaba por un modelo de saber filosófico e histórico-filosófico” para la universidad.

El capítulo de Pablo Guadarrama González seconcentra en “Uno de los ejes que aflora con relevante frecuencia” en Ingenieros: “el de la libertad, articulada de manera especial con la justicia social y la solidaridad”. Tales elementos –acota el autor– se encuentran, a su vez, estrechamente imbricados con su optimismo, su confianza en el perfeccionamiento de la condición humana y el papel protagónico de la juventud en favor de la promoción del progreso social”. Un optimismo reforzado por la confianza en la ciencia, que a la sazón se suponía una firme esperanza ante una filosofía debilitada por las abstracciones de la metafísica. Una disciplina que para muchos desaparecería, probabilidad con la que no estuvo de acuerdo el cubano Enrique José Varona, y que puede explicar “que en estas tierras floreciera un positivismo sui generis

Casi todos los colaboradores de esta obra coinciden en que para Ingenieros el problema social debía combatirse mediante la educación, como era notorio en el programa de Sarmiento –y en el Uruguay en el de Varela. En cuanto a la filosofía en sentido estricto, es unánime entre los estudiosos de Ingenieros inscribirlo en los marcos del positivismo y del cientificismo, argumenta Celina A. Lértora Mendoza (empirismo más que positivismo, corrige la epistemóloga y teóloga argentina), aunque es posible abrir este cauce a través de tres “aspectos que pueden –y deben– ser considerados ‛alternativos’ (en el sentido de Biagini, como divergentes de la ‛corriente principal’ epocal) y que yo llamaría en este caso ‛anticipaciones’, porque preanuncian desarrollos filosóficos que tuvieron lugar y visibilidad en la filosofía mundial decenios después”. Sintéticamente, estos aspectos son: el intento no de negar, sino de reposicionar a la filosofía y a la metafísica frente a la ciencia; el giro epistémico por el cual, a través de la sociología, se preanuncian temas de “microhistoria”, de “historias especiales” y de “antropología cultural”; y, finalmente, sin que ello agote las otras posibles anticipaciones, una nueva visión de la ética filosófica.

Otra incursión en la política militante en la época de Ingenieros la realiza Jorge Morales Brito respecto de “los papeles desempeñados por José Ingenieros” en el “proyecto liberal argentino ante el peligro del estallido social”. Alberdi y Sarmiento habían confiado “a la migración y a la educación, junto a la libertad comercial y de acumulación de capital como los elementos dinamizantes de un camino hacia la ansiada civilización de raíz europea o de características similares al ya exitoso modelo estadounidense”. Ello no pudo evitar, afirma, “el carácter predominantemente elitista de sus proyecciones políticas”. Ingenieros es visto, en ese campo conflictivo, “aunque no único”, como “un pensador social en cuya obra se entremezclan, con singular intensidad, las vertientes populares-revolucionarias y las oscilaciones entre elitismo y reformismo del proyecto liberal”. Su “mirada médica”, como la llama Terán, “se encarga de juzgar las contradicciones de la sociedad burguesa como patologías a las que corresponden tratamientos que, sin afectar la integridad del sistema, se encaminan a atenuar sus efectos”.

La Gran Guerra y especialmente la Revolución Rusa inspiran a un Ingenieros que entre los años 1914 y 1920 andaba en busca de una nueva moral. Esto se refleja, según Héctor Muzzopappa, en “dos ideas discordantes con el reformismo de los veinte” que muestran con claridad “la adhesión de Ingenieros a ideas que enfrentan y contradicen las corrientes en Argentina, no solo a las conservadoras, sino también a las progresistas”. Estas ideas se despliegan en dos sentidos: “El primero señala y promueve un nuevo régimen político, el corporatista, totalmente alternativo al clásico modelo liberal que imperó en el siglo XIX. El segundo está orientado hacia un nuevo fundamento de la educación: el trabajo”.

“El fusilazo de un genio. Mariano Moreno en La evolución de las ideas argentinas de José Ingenieros” es el título del capítulo a cargo de Gerardo Oviedo. “¿Qué es una Revolución para nuestro autor? –pregunta Oviedo, al sostener que– “solo merece el nombre de revolución un cambio de régimen que comporte hondas transformaciones de las ideas o radicales desequilibrios entre las clases que coexisten en el Estado”. Debido a esto, lo que se conoce como la ‛Revolución Argentina’ no es un episodio, sino un proceso. Esta, además de impulsar un nuevo orden económico, afirmó la soberanía popular como fuente del derecho político […] En la narrativa de Ingenieros, Moreno fue el referente máximo de la minoría ilustrada de jóvenes porteños, luego vinculada con otras minorías del interior, cuyo programa político era el de la Revolución Francesa, y su credo, el Contrato Social”.

Norma Isabel Sánchez escribe “Diversas maneras de recordar a José Ingenieros” en la que deja constancia del cuantioso y disperso archivo en que pueden encontrarse escritos del y sobre el filósofo y sociólogo, médico y psiquiatra, profesor universitario, escritor, publicista, gestor cultural que fue Ingenieros, el hombre que abrió las puertas a y de la ciencia argentina. Martín Unzué, del equipo de compilación, se encarga de estudiar la gestión de Ingenieros en el nivel universitario, de acuerdo al texto denominado “La universidad mediocre y el porvenir”. Explica la “simpatía de Ingenieros por el reclamo estudiantil” en una edad juvenil en la que todo está presto a los mayores desafíos, en contraposición a la madurez en la que todo tiende a realizarse según lo acostumbrado y a la vejez en la que el descaecimiento del cuerpo se acompaña del de la voluntad y del de los sueños.

Patrice Vermeren encara “la aventura filosófica francesa”, un viaje a bordo de “Emilio Boutroux y la filosofía francesa de su tiempo”, el texto de Ingenieros en la ‛Revista de Filosofía’ del año 1922 y editado como libro un año más tarde. El artículo de Vermeren, redactado en lengua francesa, recuerda que, para Ingenieros, Boutroux no tiene sistema ni cuerpo de doctrinas sino el solo amor por la filosofía. Así, Ingenieros baja a Boutroux del pedestal en el que sus contemporáneos lo habían instalado. Por último, Alejandro Zoppi informa sobre las peripecias del joven Ingenieros en su “recorrido de temas, problemas y respuestas”. En la última década del siglo XIX y la primera del XX aparecen y se difunden las diversas posiciones de la izquierda: un abanico de propuestas y contrapropuestas en el que se da un fuerte debate entre Ingenieros y los anarquistas. ¿Cuál es la agenda de problemas enunciados por el filósofo? “¿Qué tópicos considera relevantes trabajar? ¿Qué elementos invoca al momento de construir autoridad? ¿Cuáles son las continuidades y cuáles las rupturas a lo largo de las fuentes del periodo?”

Concluyamos, para terminar, que leemos una obra prioritariamente política acerca de José Ingenieros y de una pléyade de autores e ideas, expuestas en prolija concatenación y bajo estricto criterio de utilidad práctica, que, sin duda, ayudará a comprender los propósitos últimos del filósofo argentino. Dígase, también, que Celina Lértora es quien ofrece aportes de peso en cuanto a la filosofía de Ingenieros en particular, por encima de los habituales ismos, de las clasificaciones y etiquetas que, si bien ayudan a ubicar al filósofo del novecientos, penetran en ellos con profundidad relativa. No obstante, la obra resulta un admirable repertorio de reflexiones sobre la obra y la gesta de Ingenieros, una constelación de enfoques valiosísimos a partir de los cuales se dibuja la sutil estructura de su pensamiento y que, en el plano de los problemas sociales, políticos y morales, constituye la base filosófica de una gestión y de un pensamiento de características particularmente originales.

 Biagini, H., Herrero, A. y Unzué, M. (comps.) (2024). José Ingenieros en su centenario. Buenos Aires: Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires –Universidad Nacional de Lanús, con un prólogo de Aritz Recalde. Edición a cargo de Ediciones Imago Mundi; diseño de tapa de Diana Criceli; 720 páginas.

La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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