LA TECNOCRATIZACIÓN DEL CONOCIMIENTO Y LAS RELACIONES SOCIALES

Juan A. Huaylupo Alcázar

Tratar de comprender la evolución de las técnicas y su impacto en la sociedad contemporánea implica hacer una breve reflexión sobre la disociación entre ciencia y técnica, frente a las perspectivas económicas y geopolíticas predominantes. Los orígenes de la ciencia y la técnica no se precisan en la historia de la humanidad, aunque la búsqueda humana de conocer el contexto de su existencia ha sido una actividad desde los inicios de su vida social, en contextos y formas organizativas que viabilizaron su subsistencia. El ingenio, los experimentos, la creatividad y los pensamientos colectivos fueron modos en que la humanidad intentó controlar y hacer viables las condiciones de su devenir cotidiano.

Las nociones simples y primigenias de la ciencia estaban asociadas con fenómenos que no podían ser comprendidos, pero se consideraban fundamentales para la vida; así, la tierra, el fuego, el aire y el agua eran valorados como mágicos y vitales. Asimismo, la racionalidad y la imaginación crearon instrumentos funcionales para las actividades domésticas, así como herramientas y utensilios para la pesca, la caza, la defensa o la agresión.

La actividad cognoscitiva del ser humano es quizás una de sus capacidades más importantes que le permite conocer su contexto en el que se desenvuelve y actuar creativamente en un proceso socializador que trasciende la individualidad.

El devenir organizativo y cognoscitivo de la sociedad fue conformándose a lo largo de distintas épocas y espacios estructurados, no solo en el devenir cotidiano, sino también en la diferenciación social y cognoscitiva. De tal modo, el conocimiento se convertía en un medio necesario en las prácticas de la naturaleza social del poder, para estar asociado primero como útil y disponible, y luego derivar en su supeditación y en su transfiguración política y cognoscitiva.

El fin del mundo feudal también fue el momento de la relativización política de la religión, que pasó de ser un poder esencial del feudalismo a disminuir su influencia; no obstante, con distintas formas y medios, contribuyó a la dominación clasista y sistémica. La racionalidad científica no incidió durante la Edad Antigua y la Edad Feudal en la relativización de la significación política y social de la religión; los rituales religiosos estandarizados, como prejuicio políticamente arraigado, frente a una ciencia fundada en la observación y en la cosmología geocéntrica griega, compartían cosmovisiones que fueron continuadas en las universidades.

El antagonismo de Copérnico y Galileo con las creencias religiosas sobre el movimiento de la tierra y otros planetas y la cosmología heliocéntrica, si bien marcaron la separación de ciencia y religión, no se erradicaron sus ámbitos de actuación, pensamiento e influencia en las sociedades, se articularon la ciencia al conocer la complejidad de las realidades era descubrir la obra divina y de la religión en las creencias de los científicos, así como en su unidad simbiótica con el poder y el sistema.

En este sentido apreciamos a Harari afirmando:

“… hasta finales del siglo XVIII, la carencia de una tecnología de la comunicación hizo que fuera muy difícil generar debates abiertos entre millones de personas acerca de las normas del orden social. Por lo tanto, para mantener el orden, los zares rusos, los califas musulmanes y los hijos del cielo chinos sostenían que las reglas fundamentales de la sociedad procedían del cielo y no estaban sujetas a enmiendas humanas.” (Yuval, 2024, p. 72)1

Los procedimientos estandarizados y las técnicas se diseñan para normalizar y consolidar prácticas específicas, satisfacer necesidades y operar en condiciones particulares, utilizando conocimientos orientados a formas instrumentales para la vida y la subsistencia. Los usuarios masivos desconocen sus atributos, funciones y efectos, ya que estas creaciones no están destinadas a usos específicos ni a contextos particulares; su objetivo principal es la comercialización, ajena a las intenciones de sus usuarios. 

En el proceso de valorización del capital en cada formación social, las técnicas han sido los instrumentos para la acumulación de riqueza, como nunca en la historia de la humanidad o, dicho de otra manera, para la mayor apropiación de las riquezas creadas socialmente y de los recursos de la naturaleza. Esto es: no ha sido la ciencia la que ha contribuido directamente a este proceso; han sido los conocimientos del presente y del pasado los que han sido instrumentalizados para elevar la productividad del trabajo y la creación, e imponer medios formales, mecánicos, legales, administrativos o coactivos que viabilizan la transferencia de valores a los propietarios del capital y al Estado.

Las ponderaciones sobre las virtudes del conocimiento científico para el enriquecimiento individual, el desarrollo de las sociedades y el bienestar de la humanidad, sin desvirtuar sus contribuciones, en la actualidad han sido relativamente transferidas a las técnicas, y se han trastocado los beneficios para la humanidad derivados del crecimiento y la expansión del capital.

La retórica en favor de la ciencia se ha cuestionado en un relato de las investigaciones que realizan los consorcios empresariales internacionales y los Estados hegemónicos, que cuasi-monopolizan y privatizan los conocimientos y mercantilizan las técnicas que crean e imponen.

La ciencia controlada por las élites está atrapada en intereses y visiones dominantes, donde el pensamiento crítico ha sido silenciado, olvidado o restringido en su difusión a través de diversos medios. Actualmente, al igual que en otros momentos, persiste la falta de condiciones y de libertad para el debate, y esto, de alguna manera, mella el progreso del conocimiento, debido al predominio del pensamiento único del poder económico y cognoscitivo. Este fenómeno no solo degrada las posibilidades de otras perspectivas, sino que también destruye o, cuando menos, mina el fundamento crítico del conocimiento científico. 

En períodos relativamente cortos de la historia moderna, especialmente en las ciencias sociales de nuestra América, tuvo un gran dinamismo. Algunas sociedades, en el proceso de construir sus inéditos Estados del Bienestar, facilitaron la renovación crítica, propositiva y la acción en los procesos de desarrollo nacional con figuras como Raúl Prebisch (CEPAL 1987, 2006a), en relaciones internacionales (Sunkel, 2006; Pinto y Beza, 1994; Dos Santos, 2020), y en la concepción y práctica de la planificación del desarrollo (Fernando Fanjzylber, CEPAL 2006b; Cardoso y Faletto, 1967 y 1977; Matus, 1984; Quijano, 2020). También estuvo presentes la renovación cognoscitiva, el acceso a la educación y la libertad de pensamiento para los excluidos, enriqueciendo así el pensamiento y el debate desde perspectivas críticas. Desde la diversidad y la pluralidad sociales, estas ideas propiciaron interpretaciones diversas y complejas de nuestra Latinoamérica. Las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX fueron un período histórico clave en el conocimiento social latinoamericano sobre movimientos sociales e insurrecciones. Aunque poco explorado, fue un periodo trascendente en la historia cognoscitiva del continente. Sin embargo, el éxito en renovar el conocimiento sobre nuestra realidad no ha tenido un impacto significativo en su continuidad social.

Desde los rudimentos científicos del pasado hasta el presente, el conocimiento ha estado acompañado y condicionado por el poder como su protector-aliado o detractor-enemigo en las sociedades. La falibilidad de los conocimientos científicos los hace relativos; no obstante, la mención científica o técnica en nuestros días es interpretada como incuestionable, no por su pertinencia ni por su consistencia, sino por estar respaldada por el poder.

El conocimiento científico sin libertad está impedido de conocer, lo que limita la actuación coherente de los pueblos. Luego, restringir y distorsionar los conocimientos sobre las realidades constituye un propósito político permanente de la dominación contra las clases subalternas. Los intereses del sistema redefinen radicalmente la función cognoscitiva, social e histórica, al eliminar todo vestigio crítico contra el poder y el sistema capitalista. Así, el rol de la ciencia ha pasado por distintos momentos en su historia, periodos en los que fue protagonista del pensamiento crítico que conmovió los conocimientos prevalecientes de las ciencias y de la actuación política, hasta el de ser complaciente, conservador y cómplice de conocimientos funcionales al poder que transgreden derechos sociales y humanitarios de las sociedades. El prevaleciente liberalismo económico y las políticas antidemocráticas en el espacio latinoamericano han afectado los derechos sociales y nacionales, así como han persuadido a la intelectualidad, que, coludida por miedo, incapacidad orgánica y política, es un silencioso cómplice del poder antidemocrático. La clase del capital en el poder se ha legalizado mediante pensamientos, relatos mediáticos y violencia formal y fáctica contra quienes disienten o se oponen a las tiranías y a los pensamientos dogmáticos.

El conocimiento científico, fuente importante de transformación cognitiva y de comprensión de la realidad, ha cambiado su papel social. El conocimiento crítico, que impulsa su renovación y desafía las creencias del pasado, está limitado por las exigencias del poder en la actualidad. Este conocimiento se ha vuelto funcional a intereses hegemónicos en los negocios farmacéuticos, en las tendencias bélicas y en la robótica. De esta forma, muchos científicos han sido absorbidos por empresas globales y han pasado a ser creadores de técnicas. Los conocimientos se han declinado, privatizado y promovido el uso intensivo y masivo de técnicas. Este declive científico en la sociedad contrasta con el auge y la multiplicidad de técnicas, cuya producción y distribución, en su mayoría cuasimonopólicas, están vinculadas a la concentración y centralización de la economía y la política mundial. Esto destruye los vínculos instrumentales con las necesidades sociales, manipula y estandariza trabajos y productos para maximizar el valor del capital y reafirmar el poder y la producción a nivel global. La estandarización técnica niega y destruye la creatividad humana.

La hegemonía política y económica global guarda correspondencia con la precaria renovación técnica en el espacio del dominio, pero en los procesos críticos o de transición hegemónica, como en la actualidad, se renuevan las técnicas para redefinir mercados y las economías de guerra constituyen modos radicales para dirimir poderes, mercados y territorios en la geopolítica mundial, así como para redefinir las máquinas de uso civil.

El auge y el dominio del capitalismo han creado una unidad sistémica que trasciende las actividades productivas y genera una interdependencia en la que las personas, organizaciones y sociedades forman parte de una gran y compleja maquinaria que supedita y condiciona todas las relaciones sociales para la expansión y el crecimiento del capital.

Los procesos mecánicos de la reproducción del capital de la esfera económica se han multiplicado en gran parte de las actividades, las cuatro revoluciones técnicas en el capitalismo ha generado mayores riquezas privadas y mayor pobreza y muerte, convirtiendo a las sociedades en formas estandarizadas que explotan y se apropian de recursos y riquezas de subalternos, así como depreda la naturaleza y el ambiente a la vez que enfrenta y liquida naciones y pueblos en un universo de esclavitud, miseria y alienación colectiva. El destino trágico de la hegemonía global es destructor de la vida; se suicida asesinando.

Ciencia y técnica

La ciencia, o los conocimientos que permiten explicar las realidades, ha tenido diversas interpretaciones a lo largo de la historia, que han significado formas distintas de comprensión de las realidades y de los modos de aprehensión de la peculiaridad de los fenómenos, como en el presente, pero se producen sin polemizar sobre las concepciones e interpretaciones.  Es decir, se imponen conocimientos no por su pertinencia ni por su consistencia explicativa, sino por el poder que elimina el pensamiento crítico que nutre la renovación cognoscitiva, lo que convierte el quehacer societal en un sistema caótico y tecnocrático.

El conocimiento de los fenómenos es una cualidad que ha permitido la superación no solo cognitiva, sino también de la calidad de vida, la salud, la educación y la institucionalidad pública; han sido evidencias de superación con las condiciones del pasado, así como los conocimientos han contribuido política y socialmente a la creación de derechos ciudadanos y humanos, a la vez que ha permitido, a través del tiempo, comprender perseverantemente la complejidad de las realidades en una relación social creativa. El conocimiento trasciende los propósitos utilitarios y se convierte en un compromiso con la vida y la humanidad en cada contexto (Morin, 1984).  

La ciencia y la teoría permiten conocer o reproducir las realidades por la vía del pensamiento, aunque la teoría posee un ámbito acotado de la realidad, mientras que la ciencia tiene la amplitud cognoscitiva que subsume las teorías para integrarlas en una totalidad interdependiente. La teoría forma parte de la ciencia y constituye el medio por el que se renueva y enriquece el conocimiento científico.

Suponer que la ciencia es el relato articulado de las cosas sin significación, sentido ni más allá de la individualización de lo que se describe, como creen muchos, es una simplificación tautológica que ignora la totalidad en la que está inserto el fenómeno estudiado, así como niega la capacidad humana de reflexionar, relacionar, analizar y evidenciar las interrelaciones complejas de las realidades.

El dinamismo de las relaciones sociales incide en los cambios de los conocimientos en cada tiempo y espacio social, debido al condicionamiento dinámico de las realidades y del conocimiento. Imaginar que los conocimientos científicos y técnicos carecen de influencia o impacto en las realidades es suponer que la actuación humana es intrascendente, caótica, sin reflexión ni racionalidad sobre las realidades, así como independiente de las particularidades del contexto o de las determinaciones sociales, culturales o históricas de los pueblos.

La ciencia, al reproducir las realidades por la vía del pensamiento (Marx, 1969), más allá de las simples descripciones, contribuye a la comprensión de los fenómenos y al conocimiento de su propia relatividad. El conocimiento posibilita la actuación consciente que incide en las relaciones y en el devenir colectivo. El conocimiento y las transformaciones de la acción humana, por su propio y peculiar dinamismo, constituyen retos cognoscitivos e imaginativos para su comprensión, dado que ninguna acción colectiva es mecánica ni estandarizada.

El conocer es una aventura que requiere libertad (Zubizarreta, 1983) para abrir caminos desconocidos que transforman y enriquecen conciencias y realidades. La privatización del conocimiento no solo oprime la capacidad humana de conocer, sino que también esclaviza a las poblaciones ante poderes totalitarios. La imposición de la ignorancia mediante verdades únicas y eternas es un auténtico atentado contra la ciencia y la humanidad. Los retos de la ciencia son conocer las realidades e intentar dilucidar los dilemas generados en una aldea global dinámica, inequitativa, contradictoria e interdependiente.

El monopolio cognoscitivo ni el pensamiento único son posibles en el quehacer científico, no solo porque reflexionamos y conocemos de modo distinto, impregnados de creencias, intuiciones y visiones, en la heterogeneidad de intereses de una sociedad desigual e inequitativa, sino también porque las realidades no son iguales ni estáticas. La privatización del conocimiento es una problemática política que atenta contra la ciencia y el devenir de las sociedades.

Las expresiones culturales o ideológicas de todo pensamiento desempeñan un papel significativo tanto en la validación social como en el rechazo al nuevo conocimiento científico, de cuya impronta no es posible deshacerse. Así, la ciencia no se valida por sí misma; depende del contexto social y de su relación con otros conocimientos científicos. De este modo, la historia latinoamericana es testigo de la incidencia cultural, como agudo opositor y de resistencia a conocimientos y prácticas disonantes frente a las fuerzas y tendencias ajenas, y tampoco está desarraigada de la historia y de las condiciones sociales imperantes.

El pasado y el presente de las colectividades han modelado pueblos y pensamientos que, en su dinamismo, generan confluencias y divergencias, así como nacen nuevas formas interpretativas de sus realidades en la heterogeneidad social y en el quehacer.

La relativa continuidad histórica de las sociedades incide en los conocimientos que sustentan los pueblos; por ello, la renovación cognoscitiva tiene detractores no solo en los ámbitos cognoscitivo y cultural, sino también entre quienes están comprometidos con la conservación del statu quo.

La ciencia y la técnica son el resultado de preocupaciones y necesidades en las relaciones sociales, gestadas por las improntas cognoscitivas de cada ámbito social, que inciden en las formas de organizar las investigaciones y sus resultados.

Las creencias en las verdades absolutas y universales, así como las predicciones, son estereotipos o prejuicios arraigados tanto en las ciencias como en las creencias religiosas, culturales o políticas, que aún perduran en la modernidad como atributos sociales en el pensamiento cotidiano; son manifestaciones sociales arraigadas en la vida social que inciden en el quehacer social e histórico de la ciencia. Así, es común escuchar y aplicar teorías como si ellas fueran siempre actuales y pertinentes para cualquier contexto y tiempo, como verdades irrefutables y absolutas, a la vez que se cree posible encontrar una idea inventada capaz de comprender todos los conocimientos del ayer, hoy y del mañana, como ocurre con la reiteración por siglos, que sin matemática nunca podrá ser científica una explicación, lo cual asume que la ciencia es hija de la técnica, que sin técnica no hay ciencia o que toda realidad es inmutable y mecánica. De este modo, el conocimiento crítico se convierte en un contendiente disociador del pensamiento conservador y del pensamiento dogmático.

El conocimiento científico es relativo, nunca absoluto ni universal, porque la ciencia está impregnada del espíritu de la época, del dinamismo de las sociedades, del estado del conocimiento, de las interpretaciones dominantes y de los poderes prevalecientes.

A lo largo de los siglos, al intentar conocer el mundo, no se evidencia la existencia de fenómenos idénticos, ni lo son los conocimientos en los distintos contextos donde se crean y evolucionan de manera peculiar. Sin embargo, aún predomina la creencia en una ciencia objetiva, mecánica, universal y absoluta que se repite desde el siglo XV (Mason, 1988), con los dogmas imperiales y religiosos que establecían conocimientos como verdades únicas sobre las sociedades, el universo y el futuro, que aún se conservan en las religiones, en el dogmatismo, en el individualismo utilitarista y en las aplicaciones técnicas del capitalismo (Lander, 2000). Así, algunas “verdades” imposibles se han impuesto en el presente por el imperio de dogmas y autoritarismos, que en cada época destruyen conocimientos para imponer pensamientos exclusivos, excluyentes y privativos, afines a los poderes. Se podría afirmar, paradójicamente, que el conocimiento científico no crea consensos; por el contrario, su regularidad histórica es el disenso social propio del devenir científico. El pensamiento crítico no solo es una ruptura con el conocimiento prevaleciente, sino también con el científico y su sociedad y su época.

El poder no solo determina las relaciones en las sociedades, sino que también condiciona estilos de vida y de pensamiento; por ello, son muchos los seguidores y difusores del establishment del poder entre los subalternos y los trabajadores de la ciencia, así como en las formas mediáticas.

Imaginar que los fenómenos deban verse e interpretarse como iguales, por ser tangibles y autónomos de la percepción humana, es una creencia que ha inspirado las concepciones epistemológicas positivistas desde tiempos remotos, desde antes del siglo XVI hasta el presente.

Este proceso es la historia que acompaña el devenir disruptivo de la ciencia a lo largo del tiempo (Moledo y Olszevicki, 2014). El conocimiento científico está en una confrontación eterna y desigual con los poderes fácticos. La ponderación de la pertinencia científica no es una especulación imaginativa; es la subjetivación de la materialidad de las relaciones sociales.

La historia recuerda la censura, la represión y la muerte de reconocidos personajes y de otros muchos olvidados o no identificados, que en el pasado se atrevieron a criticar los pensamientos creados y aceptados por las creencias dogmáticas, sean estas religiosas, políticas o segregacionistas. No obstante, la represión del pensamiento disidente no ha desaparecido; sus formas han cambiado mediante el aislamiento, la desinformación, la persecución, la corrupción o la desaparición de quienes discrepan del poder.

Los pensamientos autocráticos constituyen prisiones cognoscitivas para la investigación y la ciencia debido a las imposiciones establecidas, tanto fácticas como formales, en la institucionalidad de los poderes públicos y privados. Así, se convive en una eterna guerra de posiciones entre el statu quo y el conocimiento comprometido y renovador, sin resolver las paradojas de la razón crítica.

Los medios que tiene el sistema capitalista para expandirse y validarse a sí mismo son variados. Por ejemplo, en el ámbito cognoscitivo, desde la formación académica profesional, distintas especialidades han concebido sus objetos disciplinares como exclusivos y ajenos a otras especialidades científicas. De este modo, se difunde y se promueve el desempeño profesional tecnocrático y capitalista tanto en las actividades empresariales como en el quehacer ciudadano.

La autosuficiencia o la segmentación cognoscitiva en la formación académica ha autonomizado y aislado gran parte de las profesiones, creando auténticas murallas que distorsionan o inventan realidades, degradando el conocimiento científico a su prehistoria. Imaginar que existen algunas ciencias que se definen independientemente de otros conocimientos. El aislamiento interpretativo de las disciplinas privatiza el conocimiento, característico e inmanente de un sistema autorregulado, dogmático y absoluto, que desprecia y destruye todo conocimiento distinto o crítico, a la vez que evidencia la precariedad intelectual y social de la época para oponerse o superar las tendencias políticas, cognoscitivas y tecnocráticas dominantes.

En los siglos transcurridos de la evolución epistemológica y científica, resulta inadmisible que gran parte de las disciplinas interprete sus objetos de estudio como aislados, independientes y mecánicos, lo cual falsifica las realidades y los conocimientos. No obstante, persisten los criterios de certeza absoluta de un mundo mecánico que imagina no admitir la relatividad, la complejidad ni la incertidumbre (Prigogine, 1997). La regresividad cognoscitiva requiere del dogmatismo, de la arbitrariedad y de la ignorancia para perpetuar un sistema irracional, inequitativo y caótico.

Las reformas universitarias de Córdoba, a más de un siglo de haber conmovido positivamente el ámbito universitario latinoamericano, no lograron consolidar un proceso universitario renovador e integral. El pensamiento único aristocrático y monástico fue erradicado de algunos espacios universitarios, producto del movimiento estudiantil en Córdoba, el cual, sin duda, fue importante, pero las nuevas disciplinas que se hicieron predominantes construían nuevas ataduras al quehacer científico, sin imaginar ni dilucidar el creciente peligro que representaba la técnica para el conocimiento científico.

Las distintas ciencias tienen en común la explicación de las realidades y la comprensión de que no son idénticas entre sí ni pueden ser conocidas por alguna ciencia de modo aislado. La complejidad de los fenómenos requiere complementos y articulaciones cognoscitivas de otras disciplinas, así como de la imaginación y la intuición para aproximarse a conocer las realidades. Ningún conocimiento científico es privativo de una disciplina ni de un investigador.

Toda explicación articula imaginación, creencias, abstracciones, experiencias, conocimientos propios y de otros, pero nunca desarraigados del contexto ni del pensamiento de la época, ni de los implícitos sociales al interpretar las realidades (Chalmers, 1982).

Los Estados de Bienestar, otrora promotores de la equidad social, los derechos ciudadanos, la política pública y la investigación científica, se han transformado en protagonistas de la privatización del bienestar y de la institucionalidad pública, a la vez que transgreden derechos constitucionales y degradan la educación y el conocimiento científico.

La configuración tecnocrática del capitalismo

En todos los tiempos, la inteligencia y otras capacidades humanas han posibilitado la creación de instrumentos útiles y necesarios para la producción, la vida cotidiana y la supervivencia. La capacidad humana ha sido y es inagotable para adaptarse y crear los medios e instrumentos necesarios para su creatividad, sus quehaceres y sus necesidades. En cada época se producían transformaciones instrumentales como expresión de los cambios en los contextos y en los conocimientos de los grupos humanos. En el Medioevo, el crecimiento de las técnicas estaba asociado con su descomposición social, que, desde sus rudimentos en la división social del trabajo, convertía la técnica en expresión simbólica del surgimiento de una nueva forma organizativa de la sociedad, que no ha dejado de transformarse desde finales del siglo XVII hasta nuestros días.

Una larga historia ha transitado desde una concepción de un mundo cerrado hasta la visión de un universo abierto e infinito; quizás no habría concluido sin el espíritu cognoscitivo del homo faber, como en la actualidad el capitalismo ha impuesto barreras cognoscitivas, políticas y fácticas que limitan el conocimiento que se impone al mundo.

Las técnicas están arraigadas históricamente en el quehacer humano, en la evolución del conocimiento y del poder en las sociedades; así, los utensilios en el pasado permitieron una adecuación a sus necesidades peculiares; hoy, las técnicas se crean, diseñan y producen como mercancías, extrañas a las necesidades de los usuarios, que deben adaptarse a los diseños y usos preestablecidos empresarialmente. De este modo, la producción de técnicas destruye y desplaza las técnicas impregnadas de concreciones sociales hacia las actividades agrícolas y artesanales, y su mercantilización masiva altera los estilos de vida y de trabajo de los pueblos, como lo hicieron las reformas borbónicas en la colonialidad. De este modo, el ser humano pasó de ser sujeto creador de sus técnicas y de la particularidad de sus usos a ser objeto de sus aplicaciones estandarizadas impuestas por consorcios mundiales.

Las tensiones políticas, sociales y económicas que determinaron el colapso de la forma feudal del poder, la producción, la organización y la legalidad no liquidaron la explotación ni el dominio del poder despótico en las sociedades; por el contrario, las masas explotadas y dominadas aumentaron, diversificándose en sus formas y maximizando la apropiación de excedentes y riquezas, y surgieron nuevos modos de explotación, subordinación y control social. En el período colonial latinoamericano, las técnicas estandarizaron la producción y destruyeron formas productivas originarias a favor de las mercancías de las metrópolis coloniales, un proceso que no es extraño en el presente. La experiencia independentista de la India respecto del colonialismo inglés, con el rescate de sus formas de vestir tradicionales y la desaparición de los casimires coloniales, fue un factor que contribuyó a la liberación del dominio imperial.

En el capitalismo, la transformación y masificación de las técnicas radica en su funcionalidad en el proceso de valorización del capital, que ha convertido al trabajador y su trabajo en mercancías estandarizadas para la mayor explotación, incrementando la producción, productividad y rentabilidad privada, así como desfalca los recursos públicos, sociales y naturales, atentando contra la salud de trabajadores y poblaciones consumidoras de mercancías, además de liquidar los medios de vida de los subalternos.

Las cuatro revoluciones técnicas que reconoce el capitalismo han sido resultado de las ambiciones por la acumulación del capital, posibilitadas por la renovación de las técnicas y, particularmente, las técnicas armamentísticas que no solo promueven la destrucción y muerte, sino que también son medios para la renovación de las máquinas de uso civil, como un gran negocio privado y de los poderes hegemónicos dispuestos a la destrucción total por la absolutización del poder global.

El extraordinario auge mecanicista actual imposibilita, contradictoriamente, la absorción laboral, el medio de subsistencia y el consumo de millones de personas, lo que configura un futuro trágico que se ha generalizado en todas las esferas de la actividad social. La alienación tecnocrática controla y domina globalmente a los subalternos y a las sociedades mediante técnicas blandas o medios formales que regulan, condicionan e imponen relaciones sociales.

Las técnicas de patrimonio de la humanidad se han extendido desde el siglo XVIII hasta el presente, despojando a las poblaciones de su capacidad creativa y laboral, a la vez que los propietarios del capital elevan la composición orgánica del capital (mayor proporción de capital empleado en máquinas e instrumentos y menor en el valor de la fuerza de trabajo), para optimizar la explotación, lo que contradictoriamente afecta la tasa de ganancia, proceso que es compensado con otras técnicas que aumentan la apropiación de recursos y riquezas mediante otras formas de exacción. Proceso que de ningún modo es mecánico, automático ni autorregulado; es una decisión y acción política, como también lo es el empobrecimiento social.

La sociedad tecnocrática capitalista ha impregnado en gran medida el espíritu de la época, más allá de los procesos productivos, comprometiendo una gran parte de las actividades sociales. Esto es, las técnicas son medios aparentes que encubren decisiones empresariales y estatales que garantizan la reproducción de la economía capitalista, así como crean las condiciones que controlan e imponen medios para la perpetuación de un sistema inhumano.

En un sistema diseñado para la explotación, la guerra y la concentración de la riqueza social y del poder, las técnicas son instrumentos que encubren la polarización social y la confrontación entre lo individual y lo público, entre la riqueza privada y la pobreza social, así como entre la dictadura y la democracia.

En nuestros días son cotidianas las referencias a los avances técnicos de la época, con la peculiaridad de ser considerados como renovaciones científicas, aun cuando se pretende  conocer las realidades ni su dinamismo, sino el de aplicar procedimientos estandarizados para obtener resultados específicos, lo cual rememora creencias sobre ciencia y técnica anquilosadas, que no han desaparecido. Los acuerdos internacionales, en virtud de reglas, son violados por imposiciones hegemónicas.

La regresión cognoscitiva cuenta cada vez con más evidencia y análisis (Geymonat, 1980; Watzlawick,1981 y 2018; Maturana, 1996; Sacristán, 1999; Morris, 2008; Honneth, 2009b; Uribe, 2009; Sousa, 2019). Una regresión cognoscitiva que no es la imposibilidad de expresar o escribir un pensamiento que sea disonante a las ideas dominantes, porque hay modos de hacerlo en distintos ámbitos, es el pensamiento que no interesa, con el cual no polemiza ni al que se considera importante para el quehacer cotidiano para comprender una realidad compleja que está siendo interpretada de modo parcial y funcional al poder, que afecta el entender, los intereses y la actuación de los sectores subalternos.

La regresión cognoscitiva está presente, afectando y amenazando nuestro futuro social, aceptar, por ejemplo, que la técnica es ciencia, absoluta e incuestionable; que las elecciones son equivalentes a la democracia; que la crisis educativa se debe a las diferencias en las evaluaciones estudiantiles de otros países; que los datos y su procesamiento son ciencias; que los procesos delictivos generalizados en la sociedad son determinaciones individuales; que el bienestar social depende del Producto Interno Bruto; que los pobres lo son por no aprovechar las oportunidades; y que la política es la actuación independiente de los políticos, etc.

La alienación tecnocrática considera los conocimientos científicos como inexactos o relativos y no necesariamente aplicables al quehacer pragmático y utilitarista en la hegemonía capitalista. La concepción tecnocrática usurpa el estatus científico, desfigurando el quehacer científico para convertirlo en un instrumento del sistema.

La ponderación de la mal llamada inteligencia artificial desestima las particularidades y cualidades de la inteligencia y de las realidades, para simplemente atribuírsela a la velocidad de procesamiento de datos, así como a la repetición de conocimientos e información existentes, incluso cuando sean falsos o inconsistentes. La inteligencia artificial plagia, registra y recopila datos para la elaboración de informes, tesis, pseudoestudios e incluso para la docencia. Esa inteligencia artificial es la expresión contemporánea de la regresión cognoscitiva, así como de la estupidez del poder aferrado al pasado. Las aplicaciones técnicas generan millones de trabajadores sobreexplotados, convertidos en apéndices de máquinas, que, esta vez, con la IA, están siendo desplazados de sus fuentes de ingreso, y su aplicación en las investigaciones sustituye y condena el quehacer científico al estancamiento y la ignorancia. (Varela, 2006; Garza, 1987). Así como liquida el conocimiento particular e inédito de cada realidad.

El procesamiento de datos mediante inteligencia artificial es la continuidad de un proceso mecánico iniciado en el siglo XVIII (Mason, 1988), que subordinaba el trabajo humano a un quehacer alienante, controlado por máquinas que mataban a los operarios. Hoy se han multiplicado los medios que esclavizan a millones de trabajadores, con muchas otras técnicas, como el software, los robots y, ahora, la mal llamada inteligencia artificial.

El predominio tecnocrático no requiere pensamiento, organicidad, análisis, debate ni conocimiento científico, como tampoco lo requerirán las próximas guerras en un contexto de desocupación, hambruna y genocidios en el mundo.

Durante mucho tiempo, la técnica fue considerada como “ciencia aplicada”, e incluso Ortega y Gasset estimó que el propósito de la ciencia era la creación de técnicas e incluso la sintetizó, como la técnica de las técnicas, a pesar de que este intelectual fue el creador de la filosofía de la técnica y tuvo algunos reparos en su uso.

Pero también se ha modificado el vínculo entre la técnica, la naturaleza y la vida, ya que la expansión técnica ha puesto en riesgo la reproducción de las condiciones naturales y la propia existencia humana debido a la capacidad de destrucción bélica, la inteligencia artificial, entre otras formas existentes. 

La técnica, símbolo pragmático e ideológico del capitalismo, impone el mecanicismo como modelo unilateral y arbitrario sobre el quehacer social del mundo, pero sin ser sustento para la ciencia ni del quehacer investigativo, así como tampoco es el lenguaje de la ciencia; no representan las realidades ni permiten conocerlas, además de ser una forma alienante que robotiza a las personas y sociedades, lo cual antagoniza con la libertad y la creatividad en la heterogeneidad y multiplicidad de formas del quehacer humano. El pensamiento único liberal y tecnocrático no solo expresa el poder político y el determinismo economicista, sino que también se manifiesta en todas las relaciones sociales cotidianas (Rapoport, 2002; Boron, 1999). 

Imaginar una ciencia sin valoración y compromiso social es un absurdo; no existe conocimiento científico sin relación histórica, cultural y ambiental, ni sin compromiso político-humano con las sociedades (Morin, 1984), como tampoco podrá existir sin nutrirse del conocimiento crítico, diverso y renovador de las realidades cambiantes y siempre particulares, nunca espontáneo, autónomo, aislado ni estático (Garza y Hervitz, 2019; Zemelman, 2006).

El pensamiento científico no es un quehacer circunscrito a la abstracción epistemológica ni a la descripción de los fenómenos económicos, políticos u otros; su función social es conocerlos, sin los cuales estamos condenados a la ignorancia, a lo desconocido, sin posibilidad de comprender la complejidad y la dinámica de los fenómenos.

El creciente posicionamiento de la técnica en el ámbito cognoscitivo y en la cotidianidad de las sociedades fue un proceso de descomposición paulatina de las relaciones sociales del sistema feudal, que no fue simultáneo ni idéntico en los distintos espacios sociales. La descomposición del mundo feudal, las revueltas campesinas, el surgimiento de nuevas relaciones en los alodios y en los centros donde se diversificaban las relaciones laborales y se adquirían nuevos conocimientos que renovaban las relaciones productivas, así como la dinamización de las relaciones mercantiles, configuraron otras formas organizativas y la formación de un nuevo sistema.

La crisis feudal del siglo XIV y el surgimiento de otras relaciones articulaban formas feudales en un sistema distinto, donde las aplicaciones técnicas del siglo XVII, como la máquina de vapor, aceleraban la transición sistémica que marcaba el devenir de dicho sistema.

Las técnicas fueron significativas en el surgimiento y el fortalecimiento de las relaciones capitalistas nacientes, así como en su consolidación, expansión y dominio. Este proceso, acompañado de la epistemología positivista desde el siglo XIX, contribuyó a su consolidación y, desde entonces, se argumenta sobre la objetividad de la ciencia y la influencia de las técnicas en las relaciones económicas y políticas, mientras se subestima la capacidad intelectual para interpretar las realidades y sus inéditas y complejas interrelaciones. 

Esto es: se niega la reflexión, el análisis o la imaginación para acercarse a la comprensión de los fenómenos y ponderar lo mecánico como expresión de la objetividad. La aplicación de protocolos y reglamentos inventados e impuestos por la administración no crea conocimiento científico, ya que ningún objeto de estudio ni planteamiento interpretativo admite procedimientos estandarizados.

El denominado método científico aún es aceptado, a pesar de las objeciones epistemológicas formuladas a lo largo de los siglos, y se construye en una condición exigida para proponer y efectuar investigaciones, otorgando a la técnica la imposible capacidad de generar conocimiento científico. Las técnicas son invenciones y, como tales, están imposibilitadas para conocer y predecir, pues las realidades no son mecánicas (Amin, 1998).

Las técnicas cuantitativas que nutren el pretendido método científico simplifican, estandarizan y homogenizan lo heterogéneo en un mundo, contexto de múltiples relaciones y significaciones, así como dinámico e imprevisible, más allá de cualquier cuantificación formal y tautológica.

Las aplicaciones técnicas, métodos o procedimientos cuantitativos construyen instrumentos para colectar datos que se asumen como representaciones de las realidades, sin requerir interpretación alguna ni conocimientos científicos previos, en cada tiempo y espacio, además de desarticular los fenómenos de las realidades articuladas y complejas.

Esta cosmovisión subyace en la actualidad en paradigmas teóricos y metodológicos y, lo más trágico a nuestro entender…, derivó insensiblemente en el tecnicismo en el que se desenvuelven las ciencias. Las ciencias se insertan en una determinada estructura social y en un sistema de dominación; por ello, las ciencias, no por sí mismas, sino por la forma de instrumentarlas, pueden coadyuvar a la cosificación… (Micieli, 1984, p. 33).

La posición empirista implícita en la valoración de las técnicas en el proceso investigativo, está en íntima relación con la manipulación cuantitativa, la matemática y la estadística son usadas profusamente en la economía y en gran parte de las disciplinas y actividades cotidianas, donde todo es medido, evaluado y proyectado cuantitativamente, cuando las cantidades miden, pero no explican ni representan la complejidad de las realidades, creando cualidades ajenas y externas a ellas que no las representan.

Las cuantificaciones son datos o registros parciales y relativos de la realidad (Huaylupo, 2008), pero creer que los datos pueden relacionarse arbitrariamente con otros es un error común, porque la interrelación estadística no coincide en tiempo ni en espacio con su registro ni es estática; luego, las cuantificaciones son relaciones que carecen de significación real. La interrelación de datos de eventos distintos en contextos diferentes es un artificio o un juego cuantitativo arbitrario y especulativo.

El dinamismo peculiar de los fenómenos modifica sus registros, así como sus vínculos con otros datos, y ninguna realidad es comprendida cuantitativamente, ni las investigaciones son concreciones cuantitativas (Horkheimer, 1973). Asimismo, la interrelación de datos, sin la mediación del conocimiento existente y de las propuestas interpretativas sobre el objeto de estudio, y la consistencia epistemológica que inciden en la metodología y en el procesamiento de datos. Las cualidades de los fenómenos complejos confieren significación particular a sus cantidades, no a la inversa (Huaylupo, 1998, 2008; Zemelman, 1993).

La matemática y la estadística se han arraigado en el presente como un prejuicio social desde las élites del siglo XVI, convirtiéndose aún en la fuente del empirismo que domina el quehacer cotidiano e investigativo, bajo el supuesto de que los “datos hablan por sí mismos” sin mediación alguna. Así, todo se matematiza: la naturaleza, la física, las sociedades, las personas e incluso lo intangible como la inteligencia, la cultura, el desarrollo, etc.

La perpetuación, en nuestros días, del mecanicismo de Copérnico y Newton constituye una regresión cognoscitiva. El espejismo de las leyes universales de Newton del siglo XVIII (Prigogine y Stengers, 2004), lejos de haber sido superado, se ha revitalizado en el capitalismo contemporáneo.

La matemática: los algoritmos son procesos técnicos creados bajo el mito de ser neutrales, objetivos y universales; se aplican para alterar procesos y lograr, con el diseño funcional creado para propósitos específicos, una concreción fáctica, aun cuando las cantidades no forman parte de los fenómenos, dado que las realidades no son magnitudes ni relaciones entre cantidades. La homogeneización cuantitativa de realidades particulares es una ficción, al igual que lo es la igualdad matemática recurrente que contradice la desigualdad y la peculiaridad de los procesos reales. La igualdad cuantitativa no iguala realidades; es una suposición ideológica, como la igualdad de derechos gestada con la Revolución Americana y la Revolución Francesa, que solo son igualdades formales, ciudadanas y democráticas, y sobre lo público y lo político, aun cuando no reales. La igualdad cuantitativa es el implícito básico que compara realidades distintas, ignorando las particularidades y cualidades inéditas de los fenómenos comparados. La igualdad, como ideal, es implícita en todas las comparaciones presentes en los escritos de la CEPAL, del FMI, del Banco Mundial y de muchos estudios, que solo son obvias simplificaciones entre realidades distintas. Comparar lo desigual con parámetros idénticos es una práctica inconsistente, lógica, teórica y epistemológica. Destacar las obvias diferencias entre realidades distintas persigue mostrar falsamente la superioridad o el desarrollo entre contextos no comparables.  

Las magnitudes igualitarias en un mundo ancho y ajeno son palabras del discurso del poder para persuadir a los subalternos de la explotación, del desfalco y del desprecio social hacia los trabajadores, un discurso que es una ilusión fantasmagórica (Sloterdijk, 2006; Honneth, 2009a; Espiter, 2020).

Las técnicas de la estadística y la matemática son esenciales en un sistema que mide y cuantifica todo; así, sirven para medir, cuantificar, comparar y correlacionar cantidades, como si las diferencias entre los objetos cuantificados fueran idénticas. Sin embargo, no sirven para conocer ni refrendar conocimientos cuantificados, y mucho menos para validar conocimientos científicos (Mason, 1988). Aunque la matemática puede ser estudiada desde sus orígenes y funciones primigenias, así como desde sus aspectos epistemológicos implícitos, también cumple funciones en la medición de precios, costos, rentabilidad de las inversiones, velocidad de rotación del capital, etc. Es decir, los conocimientos sobre el origen de la matemática y el impacto de sus aplicaciones en la economía y las finanzas mundiales pueden ser científicos. Así, los acuerdos de Bretton Woods de 1944 no son cuantitativos; son políticos y han transformado las relaciones económicas internacionales durante los últimos 80 años. Las técnicas las operacionalizan y aumentan la velocidad de rotación del capital en las relaciones financieras internacionales, que son inequitativas y especulativas. En los procesos de circulación del capital no se crea plusvalor, pero sí se apropian recursos y riquezas existentes.

El profuso uso de las matemáticas es una necesidad en la sociedad capitalista porque concretiza decisiones no cuantitativas. Las cuantificaciones impiden la interpretación integral de la economía y la sociedad (Morin, 1984; Zemelman, 2005; Cáceres, 2015; Aguilar, 2017; Fromm, 1964; Chomsky, 2009; Huaylupo, 2010).

La consistencia circular de la matemática, de su lógica formal, impregna el ejercicio profesional de cada vez más disciplinas, que creen en su exactitud y absoluta certeza, y desarrollan nuevos modelos y algoritmos2, más allá de su formalización. Las cantidades homogenizan la heterogeneidad de los fenómenos que cuantifican; las unidades cuantitativas se interpretan como idénticas, aunque sean diferentes en forma, contenido y significación. Las cantidades no están relacionadas con la naturaleza de los fenómenos cuantificados (Maturana y Varela, 1998; Yturbe, 1990; Morin, 2003).

Las cuantificaciones caricaturizan y omiten cualidades, pues lo real es particular, mientras que las cantidades son identidades inventadas y externas a los fenómenos. Las magnitudes autonomizadas simplifican y falsifican la heterogeneidad y las determinaciones existentes (Pereyra, 2010; Huaylupo, 2014).

La mecanización de las relaciones productivas y sociales se imponen mediante algoritmos, protocolos, procedimientos normativos y administrativos, funcionales en las relaciones sistémicas estandarizadas, como medios para garantizar inversiones, propiedades e intencionalidades económicas y políticas del poder. En la actualidad, la libertad de pensamiento y la comprensión científica de los fenómenos se enfrentan desigualmente ante la robotización colectiva.

Creer que “los datos hablan por sí mismos”, como supone el empirismo, es una posición que los imagina comprensibles por sí mismos, a la vez que exactos y universales. Así, las realidades se convierten en un conjunto caótico de datos, como ocurre con las proyecciones estadísticas y las cifras censales, como en el realizado en Costa Rica, que solo encuestó al 60% de la población para proyectarla al 100% (INEC, 2023). Las proyecciones no son reales, son fantasías imposibles.

Asimismo, las encuestas de opinión solo recopilan datos sin contexto, ni propuesta teórica, ni interpretativa, para asignar significación a las respuestas que no han sido demostradas, como si el dato aislado tuviera algún sentido más allá de su construcción, como verdades sin mediación sobre lo que se interroga, su pertinencia cognoscitiva, los implicados en las preguntas, el contexto en el cual se interroga, su procesamiento, etc. De este modo, se crean magnitudes sin contexto ni significado. Los datos y las relaciones cuantitativas son externos y ajenos al fenómeno cuantificado; los datos requieren necesariamente del contexto y de su significado para ser comprendidos o interpretados. El utilitarismo de lo aparente en las encuestas de opinión constituye una falsificación de las realidades (Slokerdijk, 2003; Watzlawick, 1981). 

Los procesos complejos y dinámicos, como se evidencia en la física cuántica y en los fenómenos naturales, sociales, históricos o ambientales, son particulares; no son estandarizados ni se repiten de manera idéntica.

La magnificación de los datos, de lo tangible y de la cuantificación en la epistemología positivista y empirista, que, desde el siglo XVII, ignora y niega a la ciencia, impide comprender y explicar los fenómenos y se limita a describirlos, empleando técnicas y procesos de datos como absolutos. El empirismo y el formalismo son las visiones predominantes en la actualidad en el quehacer investigativo, sin haber resuelto las objeciones y falsificaciones que se presentan en nombre de la ciencia.

La cosmovisión de la técnica está asociada con una concepción omnipotente, lo cual ha incidido en su indistinta atribución divina, como ocurre con la concepción de la economía capitalista, que es valorada como omnipotente, con capacidad de ser autosuficiente, de regenerarse y de crecer infinitamente, como la mejor economía que ha conocido la humanidad, como han afirmado muchos en el pasado y el presente, que la identifican como una doctrina teológica, con muchos creyentes o clérigos que han sido adoctrinados en las universidades como economistas, politólogos, entre otros, pero ello no es ajeno a la consideración del padre de la economía capitalista, Adam Smith (1723-1790), quien valoraba a la economía como la disciplina de los sentimientos morales, porque condicionaba y se practicaba de modo creciente por propietarios y trabajadores, aun cuando reproducía desigualdades, beneficiando y enriqueciendo a unos, empobreciendo y esclavizando a muchos. Una noción de moral que valora positivamente la explotación y la exclusión en favor de los propietarios, una consideración clasista que aún ilumina a los propietarios que se creen moralmente comprometidos con el bien de la sociedad, quizás como clérigos del capital y de algunas religiones que imaginan el enriquecimiento privado como un designio divino. 

Las normas morales para Smith no solo eran válidas para la economía, sino que también implicaban valores y acciones similares para la sociedad (Pizza, 2015). Así, la validación universal de los valores morales es una consideración que trasciende lo religioso, pues no son pautas establecidas por dogmas religiosos, sino por patrones sociales impuestos (Muñoz, 2008). Aunque el dogma religioso es un actor activo en esa moral clasista (Torgler, 2006), determina una ética privada para toda la sociedad.

Lo moral y lo religioso en Adam Smith están articulados como prejuicios e imperativos de la vida comunitaria sin alternativa. La visión en el presente capitalismo es una ideología que abriga poder y violencia, más allá de toda razón y moral, que ninguna religión ha logrado en poblaciones impedidas de pensar (Bilbeny, 1993).

Esta visión interpretativa, que aprecia las relaciones capitalistas como poseedoras de capacidades que trascienden a las personas, también está sostenida por Friedrich Dessauer, quien afirmaba que la esencia de la técnica en el capitalismo no radica en su gran producción de mercancías de consumo masivo, pues estas son producto de la armonía del ser humano con las leyes de la naturaleza y del dominio de soluciones preestablecidas por mandamiento divino (Mitcham, 1989). Esta visión divina sobre la técnica y el capitalismo perdura encubierta por el pragmatismo cotidiano, que guarda correspondencia con algunas religiones, como la protestante que estudió Max Weber (2014), entre otras. Así, las creencias y las prácticas cotidianas que consideran al capitalismo algo insuperable e inmutable, cuyas crisis deben resolverse mediante el castigo y el sacrificio de los trabajadores y los pueblos, por ser adversarios potenciales del sistema y por ser ellas quienes sostienen realmente la reproducción privada de la riqueza y de la propia sociedad capitalista.

Desde la perspectiva crítica de Walter Benjamin (2017), las relaciones capitalistas están asociadas con la expansión religiosa que, con violencia implícita y miedo al dogma religioso, complementa, esta vez de manera concreta y material, más allá de las creencias y la subordinación religiosa. Así, el capitalismo y la religión constituyen un binomio de explotación y dominación hegemónica, que configura “la demoníaca ambigüedad” (Benjamin, 2017) en el devenir de las personas y las sociedades.

Desde esta visión, todas las crisis económicas se resuelven transitoriamente mediante una mayor explotación y apropiación privadas de lo público; se las ve como inevitables para salvar a un sistema insuperable y divino. La hermandad de lo religioso y lo secular, la sumisión y la explotación son trágicos pares dialécticos, sin los cuales no es posible el capitalismo, aunque, a decir de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), la estupidez es el requisito de la ignorancia de la realidad que imposibilita reconocer y comprender las inconsistencias inventadas que se asumen como verdades (Rotterdam, 2004; Hinkelammert, 2016).

La concentración y centralización del capital amparan y promueven el pensamiento conservador como una agresiva forma de incidir desigualmente contra todo pensamiento crítico que analice y responsabilice a los propietarios del capital y el Estado como causantes de la explotación, dominación e inequidad en las sociedades. El poder conservador no requiere adversar o negar a la ciencia; simplemente la ignora, como tampoco es consciente de su regresividad cognoscitiva; cada vez es más evidente en la cotidianidad contemporánea (Bourdieu, 2003; Castel, 2010). Asimismo, cabe anotar que, en buena medida, las investigaciones científicas han perdido centralidad en el quehacer de los Estados y de centros de investigación públicos, para convertirse en una labor utilitaria y técnica de laboratorios privados y públicos al servicio del capital mundial, los cuales obedecen a intereses exclusivos y excluyentes vinculados con el dominio político, las formas de apropiación de los recursos sociales, la generación de pandemias y guerras por doquier.

El gobierno de las técnicas en las relaciones sociales ha anulado el pensamiento crítico y la conciencia social y científica (Morin, 1984), más allá de su propia existencia, convirtiendo a personas, organizaciones y Estados en cosas útiles y necesarias para el poder sistémico que niega, contra toda evidencia, los daños ambientales, la salud pública y la vida (Vincenzi, 1938; Mumford, 1992, 2010, 2011, Habermas, 1986).

En la actualidad, las técnicas inundan gran parte del quehacer humano y mecanizan los procesos administrativos, organizativos, procedimentales, normativos y legales en los procesos laborales, empresariales e institucionales, y en la obtención de resultados predeterminados, incluso en entornos no mecánicos, convirtiendo al ser humano en un simple instrumento, sin pensamiento, iniciativa ni creatividad.

La gran máquina capitalista crece y se reproduce mediante nuevas técnicas que polarizan las relaciones sociales, las organizaciones y las naciones. La utopía de la eterna e infinita maximización de la riqueza, en la esclavitud, es la paradoja imposible del sistema imperante.

Las relaciones sociales del poder privativo del capital han impuesto las condiciones laborales y de vida a los trabajadores, así como han creado las condiciones para su reproducción, modelando las relaciones sociales, jurídicas, institucionales, económicas y políticas, no solo en los espacios nacionales, sino también en la globalización, donde se hacen intentos de pretensiones por universalizar políticas y formas de organización, contra las identidades, cultura, voluntades y anhelos de pueblos y naciones. La imposibilidad de erradicar su pavor a los subalternos en sus luchas por conquistar la libertad, la democracia y el progreso. Así, el discurso del poder totalitario tiene la peculiaridad de estar dirigido hacia quienes domina y teme, como un medio para confundir, dividir e imponer acciones contra lo público y lo nacional; sin embargo, al poder totalitario, en su aparente omnipotencia, siempre le son sorpresivas las protestas y las rebeliones radicales.

En la historia ningún poder totalitario ha sido ni será eterno. El destino trágico del poder totalitario posee la impronta de su descomposición e inviabilidad social e histórica.

En la actualidad, la privatización y la regresión cognoscitiva son una tendencia que crece sin resistencia e incluso con anuencia académica, mientras que la trascendencia de la investigación científica se debilita en la cotidianidad institucional, que banaliza la ciencia y privilegia las técnicas y sus aplicaciones. Así, la investigación científica, en la colonialidad del saber (Lander, 2000), es una retórica que falsifica y manipula realidades mediante pensamientos obsoletos, correlaciones y algoritmos cuantitativos. El pensamiento crítico, necesario e inherente al quehacer científico, ha sido sustituido por imposiciones normativas y procedimientos estandarizados, independientemente de toda consistencia lógica, teórica, epistemológica o metodológica.

Las crisis inherentes del capitalismo transitan hacia una vuelta al totalitarismo del pasado; por ello, las guerras, las invasiones, la agudización de la colonialidad del poder (Quijano, 2014), la descomposición institucional del Estado, la regresión cognoscitiva y la desaparición de gran parte de los medios que han contribuido a la preservación de un sistema irracional y destructivo contra la vida y la naturaleza. El fracaso histórico del capitalismo es cada vez más evidente para las personas y los pueblos en el presente. 

En palabras premonitorias de extraordinaria vigencia, Albert Einstein afirmaba: “Temo por el día en que la tecnología sobrepase la interacción humana. El mundo tendrá una generación de idiotas.”


  1. El sobre dimensionamiento sobre la tecnología le permite asumir que la carencía tecnología de la comunicación es factor causal de lo inexistente, cuando es sabido que lo que no existe no puede ser factor causal de lo existente, como tampoco puede asumirse que el orden social es producto del debate de millones de personas, así como tampoco que haya sido la causa de distintos poderes, naciones y épocas optaran por un orden social procedente del cielo. El individualismo metodológico es una de las expresiones de la epistemología positivista (Pereyra, 2010). La sobredeterminación de la tecnología es absoluta, lo que incluso incide en lo que aún no ocurre o en el futuro de las sociedades, o crea “… el cielo o el infierno.” (https://www.reasonwhy.es/actualidad/yuval-noah-harari-converge-globant-nuevas-tecnologias-cielo-infierno). La magnificación de la técnica de Yuval del nuevo poder, así como la convicción de que la vida humana podrá prolongarse gracias a la sustitución de cualquier órgano humano y a crear un superhumano de millonarios y una masa prescindible, lo cual retará a la muerte (Clemente, 2016). ↩︎
  2. Leonhard Paul Euler, matemático suizo: “… creía que las fórmulas no podían hacer ningún mal, y que mientras continuaran proporcionándole a su creador variaciones nuevas y más prolíficas de sí mismas, merecían crecer y multiplicarse, confiando sin duda en que algún día todos sus vástagos quedarían legitimados” (Bell, 1995, p. 300). Esto es, siempre es posible disponer de nuevas formulaciones lógico-matemáticas, creadas con propósitos e intencionalidades de interés específico que regulan las relaciones mercantiles y financieras. ↩︎

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La pacarina

Pacarina o paqarina es una voz andina, un término quechua de tenor polisémico, que alegóricamente nos ayudará a expresar nuestras ideas, sentires y quehaceres. Signa y simboliza el amanecer, el origen, el nacimiento y el futuro. Se afirma como limen entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte, lo femenino y lo masculino, el silencio y lo sonoro. La pacarina es lago, laguna, manantial y  mar del Sur, el principal eje de la unidad y movimiento del mundo contemporáneo.

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