Antonio Rngifo Balarezo
Pacarina del Sur. Revista de Pensamiento Político Latinoamericano
Año 1 | Número 1 | octubre – diciembre de 2009
ISSN: 2007–2309
Una obra de colección
Esta es una obra de colección, suelen decir, los Maestros de Arte Popular cuando elaboran una obra extraordinaria, única y perdurable en un mundo que se uniformiza y se rinde culto a lo efímero. A veces esas piezas no tienen precio; sus creadores no aceptan ninguna oferta o las venden presionados por la fuerza del mercado con cierta nostalgia. Los destinatarios de las obras de colección conforman una élite, obviamente, de buen gusto y fina sensibilidad.
La disposición de obras de arte popular en un recinto lo trasmutan en un ambiente grato, íntimo y relajante. Esa sensación se obtiene en una residencia familiar, en un hotel, en los ambientes de una embajada e incluso en la oficina privada de un alto ejecutivo. El arte popular en esta época es un antídoto contra los efectos estresantes de la producción industrial y la competencia en un mundo donde la urgencia y la velocidad se han expandido a escala planetaria.
En una obra de Arte popular la belleza y la utilidad no están disociadas; así como tampoco está disociado el artista popular. Pues, conoce las propiedades de la materia prima, participa en la elaboración de la obra desde la concepción hasta el acabado y proyecta su personalidad en ella. Tal vez a esta particularidad se deba la aureola mágica y gratificante que emana de una obra de Arte popular.
Cuando una obra “le sale” extraordinaria a un Maestro de Arte Popular y se le califica de colección hay que estar prevenido para que ese calificativo no induzca a la contemplación museográfica y aislada de una obra que únicamente le dé prestigio crematístico a su poseedor. Las obras de Arte popular se disfrutan en la convivencia cotidiana y al sentirse sobrecogido y, a la vez, revitalizado por su influjo.
Antecedentes
La artesanía ha sido originalmente utilitaria y bella, pues su elaboración ha respondido a las necesidades materiales de las sociedades de base agraria y a la suntuosidad de los templos y los ornamentos litúrgicos, para conjurar las fuerzas maléficas del entorno o convocar a las entidades protectoras.
La revolución industrial y la secularización de nuestras creencias trastornaron el orden de las cosas. Como reacción a los efectos de la industrialización, se creó en Londres, a finales del siglo XIX, el Movimiento Arts & Crafts, liderado por el diseñador y reformista social William Morris. La influencia de este movimiento se extendió por Europa y Estados Unidos a lo largo de generaciones. El gran interés que la artesanía despierta hoy en el mundo occidental tiene su origen en gran medida en este movimiento
En Lima, con la introducción de las mercancías manufacturadas y el auge de la industria, las obras de arte popular fueron suplantadas. Sin embargo, permanecieron vigentes en las poblaciones rurales y ciudades provincianas.
A principios del siglo XX, Max Uhle (1856-1944), llamado el padre de la arqueología andina, en su recorrido por Sur andino, escribe en Puno sus Impresiones de la Sierra. Entresacamos de ese texto, unas líneas:
Por ahora el indio es un ser abyecto, separado, que no necesita casi nada de la civilización moderna, pero también no posee ninguna propia.1
Uhle fue el introductor en el Perú de la modernidad y de la idea de progreso europeicentrista a través del método científico de la arqueología, etnología y folklore. La población indígena fue tomada como objeto de estudio y considerada incapaz de generar conocimiento propio. En tal sentido, la cultura viva tradicional peruana fue aceptada dentro del orden imperialista, pero solo arqueologizada, museologizada y folklorizada. Y el indio como tal, sólo sería asimilado previa asepsia, es decir, después de fumigarle el cerebro anualmente en la escuela:
El indio necesita educación para que aprenda formas civilizadas de vivir, para que sea más apto para la agricultura…
Durante el llamado Oncenio de Leguía (1919-1930), se sintieron los efectos de los grandes descubrimientos arqueológicos y de los movimientos sociales. Dichos sucesos impactaron en la sensibilidad y el pensamiento de un sector de artistas e intelectuales que generaron la visión de un país integral. Ellos fueron: Emilio Romero, Hildebrando Castro Pozo, Luis E. Valcárcel, V.A. Belaúnde, J.C. Mariátegui, V.R. Haya de la Torre, el pintor José Sabogal, etc. Aunque, sin profundo contacto directo y vivencial con los indios, dieron a conocer –a través de sus propias obras– la originalidad del arte precolombino, la vitalidad del Arte Popular Peruano y plantearon las reivindicaciones indígenas. Algunos de esos artistas e intelectuales se les motejó, simplemente, de indigenistas. Gracias al movimiento generado por ellos, especialmente por Sabogal, el Arte Popular Peruano –aunque descontextualizado- tuvo aceptación en estratos sociales urbanos. Y el arte precolombino ingresa en el diseño del mobiliario y la decoración de interiores. Esto último se debe a Elena Izcue (1889-1970), quien obtuvo una beca del gobierno de Leguía para viajar a Francia.
El llamado Oncenio de Leguía fue un periodo sumamente dinámico y de grandes sucesos. Mediante La Patria Nueva, política que sustentaba su régimen, Leguía construyó grandes obras de infraestructura y saneamiento; así, preparó al país para recibir las inversiones norteamericanas que pasaron a sustituir a las del imperialismo inglés. Y aceptó misiones extrajeras para modernizar los sectores de la administración pública. Y, también, misiones religiosas norteamericanas, para erosionar la cultura andina, en nuestro caso, el arte popular.2
Durante el gobierno de Leguía se creó la sección Asuntos Indígenas en el Ministerio de Fomento. Ahí acudían los indígenas a hacer su catarsis. También auspició congresos indígenas con numerosas delegaciones. Los indígenas de Cotahuasi le obsequiaron una extensa alfombra anudada de fibra de alpaca para el palacio de gobierno por la promesa de una obra pública para su localidad… (Alfombra que existió hasta el gobierno de Fujimori). Auspició el reestreno de la ópera Ollanta con funciones gratuitas para escolares, soldados y obreros. El pasado incaico se idealiza, pero se congela para hacerlo inocuo.
El arte y el arte popular fueron utilizados por el gobierno de Leguía para lograr consolidarse y facilitar la aceptación de las inversiones norteamericanas. Es decir, el gobierno, por una parte, se camufla mediante referencias a un pasado idealizado y dislocado. Asimismo, el arte popular es utilizado como maniobra distractiva para desviar las presiones populares. Esta es la lección de manejo político del gobierno de Leguía y aprovechada por otros gobernantes.
La nueva visión
Actualmente, el arte popular sigue vigente en las naciones pobres del mundo debido al desempleo y, por consiguiente, al bajo costo de la mano de obra, así como a la pervivencia de las culturas originarias. Los pobres de todo el mundo son exprimidos para “competir” en el mercado mundial de la artesanía o arte popular. En este período, la producción se destina a nuevos consumidores urbanos del Perú y del mundo; ello obliga a los artesanos o artistas populares a modificar en parte sus procesos de elaboración y, en algunos casos, sus diseños para satisfacer a un consumidor que no conocen y que tampoco comparte sus patrones culturales. Sin embargo, de ahí han surgido grandes maestros del arte popular peruano de proyección mundial. Menciono solo a dos: José Luis Yamunaqué, ceramista y escultor de Chulucanas, y Máximo Laura Taboada, tejedor de tapices de Huamanga; cuyas obras son apreciadas y adquiridas por una élite en cualquier lugar del mundo y, a la vez, conservan su raigambre nativa. Ambos son dos peruanos universales. (Yamunaqué está acreditado como artista en la New England Sculpture Association).
La acertada actitud de una élite que se distingue por incorporar el Arte peruano a los ambientes en donde se desenvuelve, debe trascender a otras capas sociales para humanizar nuestras vidas y evitar el vacío existencial de la modernidad. Felizmente, entre los comuneros andinos y amazónicos aún permanecen unificados el pensar y el sentir. Por lo mismo, y ahora más que nunca, debe imponerse el respeto a su concepción del mundo.
lmagen 1. Máximo Laura Taboada, tejedor de tapices. Huamanga Perú.

Imagen 3. Yamunaqué, ceramista de Chulucanas, Perú. Cabeza.

Notas:
- Max Uhle, Impresiones de la Sierra. Puno, 17-02-1907.Tomado de Yazmín López: Max Uhle y La Narración Oral andina, p. 77. En: El Cóndor y el Zorro. Ed. Embajada República Federal Alemana – Centro de investigación Universidad Ricardo Palma (Lima-2003) ↩︎
- Valcárcel creyó que el indio adventista era el nuevo indio porque no asistía a las fiestas patronales, se cortaba el pelo, vestía a la manera occidental, etc. Mariátegui, quien prologó el libro de Valcárcel Tempestad en los Andes, le advirtió ante su ingenuidad: las misiones adventistas son la avanzada del imperialismo anglosajón. Tempestad en los Andes, le advirtió ante su ingenuidad: las misiones adventistas son la avanzada. ↩︎


