Pablo Vargas González
Resumen:
El objetivo principal de este trabajo es analizar la trayectoria del sacerdote José Barón Larios, fallecido en 2013, cuya labor pastoral fue representativa de la Teología de la Liberación (TDL), ya que se vinculó con las comunidades indígenas de la Huasteca hidalguense y con las comunidades de migrantes en EUA. Desarrolló de manera particular los postulados de la Teología de la Liberación, como doctrina vinculada a su fe cristiana y a las luchas históricas de los pueblos. Con este trabajo buscamos revalorar el pensamiento y la obra del sacerdote José Barón Larios y situarlos de cara a los debates sobre la construcción de memorias y contiendas en torno a éstas.
Palabras clave: José Barón Larios, Teología de la Liberación, Huasteca hidalguense, luchas sociales, memoria.
Introducción
La trayectoria del sacerdote José Barón Larios, junto a su grey religiosa católica, compuesta por los pobres de regiones oprimidas, empezó a conocerse a principios de los años setenta del siglo pasado. La Huasteca hidalguense, en México, fue el escenario de su trabajo; en esa región se vivieron momentos de crisis política y social. El centro de la disputa fue el dominio de terratenientes y caciques empecinados en mantener un modelo autoritario (eran los años de los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría)1 que tuvo un alto costo social para la mayoría de la población, campesinos e indígenas.
Fue en esos momentos, en que un grupo de sacerdotes de la región huasteca se convirtieron en actores que incidieron en el proceso social, no pudieron dar la espalda a lo que sucedía, su sacramento les indujo a involucrase directamente con las comunidades, según Gustavo Gutiérrez (1975, p. 64); situaciones de abusos e injusticias, que conformaron lo que hoy denominamos violación sistemática de los derechos humanos contra campesinos e indígenas: detenciones ilegales, desapariciones forzadas, torturas, encarcelamientos y muertos, todo por defender sus tierras y comunidades.
Se pueden ponderar las acciones de los sacerdotes, como en los setenta y principios de los ochenta, en los que el padre Barón Larios, junto con Pablo Hernández Clemente y Samuel Mora Castillo, entendió la labor evangélica desde la perspectiva de las víctimas y de los que sufren. Fueron los primeros en denunciar los atropellos de caciques, de grupos paramilitares y de fuerzas policiacas. Fueron los integrantes del sacerdocio quienes dieron su voto de fe para vivir como sus feligreses, en las comunidades y en la misma situación precaria. Renunciaron a los privilegios de capillas y templos –si es que los tenían en lugares incomunicados– y hasta el fin de sus días permanecieron con un apostolado ejemplar.
La Teología de la Liberación (TDL) fue una corriente de pensamiento y acción que se desarrolló en la década de los 60s y 70s en América Latina y que se extendió años después y que tuvo amplia incidencia dentro y fuera de la iglesia católica. Sus postulados centrados en los oprimidos y el pueblo trabajador (Gutiérrez, 1975; Concha, 2012; Mendoza-Álvarez, 2014) encontró fuertes detractores y adversarios debido a su talante “renovador” en lo eclesial y su sensibilidad social y política, de comprender la opresión y pobreza de los pueblos, así como la posibilidad de modificar estructuras por la vía de la opción por los oprimidos, desde la fe y el compromiso liberador (Gutiérrez, 1975, pp. 15 y 64).
Imprescindible, por tanto, es pensar y rescatar aquellos procesos de construcción de memorias, en plural, como diría Elizabeth Jelin (2002), y las disputas sociales acerca de estas memorias, de su legitimidad social y de su pretensión de “verdad”. Asimismo, la recuperación de la memoria individual y colectiva implica reivindicar a la persona, sus ideales y proyectos:
Si la memoria es crucial, es porque conforma las estructuras propias del pensamiento. La memoria no es un artefacto que se localice fuera de los sujetos. Por el contrario, la memoria los constituye y sostiene su identidad creando coherencia y continuidad dentro de una comunidad determinada. El núcleo de cualquier identidad individual o grupal está ligado a un sentido de permanencia (de ser uno mismo, de mismidad) a lo largo del tiempo y del espacio (Jelin, 2002, p. 17).
Formación y adscripción religiosa: la teología de la liberación
José Barón Larios fue originario de la Unión de Guadalupe, municipio de Atoyac, en el sur del estado de Jalisco. Nació el 22 de julio de 1933. Sus padres, de origen y hablantes de náhuatl, fueron Francisco Barón y Natalia Larios. Ingresó al Seminario Menor de San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala, en 1955, pero posteriormente concluyó su formación como sacerdote en el Seminario Conciliar de Huejutla, Estado de Hidalgo, en 1963 2. Dijo: “Éramos los únicos tres que quedábamos de 44 muchachos que entramos en 1959 a nuestro Seminario de Huejutla” (Peralta, 2015).
De su pueblo de nacimiento, Unión de Guadalupe, Jalisco, el padre Barón rememora: “Hurtada, escondida, huraña, orgullosa y suspicaz; recostada entre verdes montañas cubiertas con perennes y bellos pinares, sorprendí la tierra que fue testigo de mi llegada a este mundo” (Barón, 2019).
Vida, obra y pensamiento están entrelazados:
Lo vivido, lo estudiado, el contexto histórico –tanto genérico como particular– y las relaciones establecidas a lo largo del tiempo modelan la razón y la forma de entender de la persona. Por eso, el itinerario vital y el intelectual de un hombre son inseparables… Se cree en Dios a partir de una situación histórica determinada; el creyente forma parte… de un tejido cultural y social, luego, se intenta pensar esa fe (Gutiérrez, 1975, p. 40).
Esto fue lo que sucedió con José Barón Larios. La pobreza y la marginación no impidieron que entrara en el Seminario; aunque de origen jalisciense, pasó de una comunidad náhuatl a otra y vivió más de cinco décadas en la Huasteca de Hidalgo, donde se ordenó sacerdote en Huejutla en 1963. Estudió sociología, pero ingresó al Seminario en 1959, con algunas dificultades en las que tuvieron que intervenir algunos clérigos que confiaron en que Barón tenía una vocación sincera (I. E. Gutiérrez, 2019).
Él mismo recuerda esos tiempos:
Tuvieron lugar ‘sacerdotti nostri primordia’. Días de entrega generosa, imprudente, desinteresada y, a veces, agotadora. Fue para mí la época en que me creí capaz (¡!) de poner el mundo a los pies de Cristo en un dos por tres. Pronto la realidad se impuso. Iba aprendiendo. Me convencí de que las personas querían seguir siendo ellas y no lo que yo, ingenuo, quería hacer de ellos (Barón, 2002, pp. 1 y 2).
Paralelismo con los exponentes de la Teología de la Liberación
El padre José Barón Larios junto con los sacerdotes Pablo Hernández y Samuel Mora, igualmente clérigos regulares, se formaron en los cánones de formación religiosa, pero el contexto que les tocó vivir fue muy similar al que vivieron en la misma época los grandes exponentes de la Teología de la Liberación como Gustavo Gutiérrez, sacerdote peruano, y los obispos mexicanos Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz, a los que les tenia profundo respeto.
Cuando Gustavo Gutiérrez (1975), formado con los mejores teólogos del mundo y descendiente de la lengua quechua, dio a conocer en 1971 su obra primigenia Hacia una Teología de la Liberación. Perspectivas, José Barón y sus correligionarios ya tenían una lectura del entorno de la Huasteca e estaban involucrados en los problemas de la feligresía, formada principalmente por indígenas nahuas.
La Teología de la Liberación (TDL), que representa una creación del pensamiento religioso comprometido con la realidad, se dio a conocer en un momento crítico en América Latina; en varios países imperaba el autoritarismo y predominaban “las masacres y los martirios de campesinos”. Etapa especialmente dolorosa, pero, llamativamente, para el pueblo empobrecido y marginado de aquellas tierras, de una intensa experiencia de fe en el Dios de Jesús capaz de movilizar una firme esperanza de cara al alumbramiento de una sociedad nueva, diferente y transida de justicia” (Gutiérrez, 1975, p. 16).
La Teología de la Liberación fue alentada por la II Conferencia General del Episcopado Católico Latinoamericano, reunida en Medellín, Colombia, en 1968:
registra en forma inspirada la necesidad de la transformación social de AL y la fuerza de la presencia del Evangelio de Jesús en el tránsito de condiciones menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones (Concha, 2012).
Amplios grupos de religiosos formaron la “Iglesia de los pobres” aun en contra de las estructuras y jerarquías eclesiales, encontrando que los gozos y las tristezas de los pobres y de cuantos sufren son a la vez gozos y esperanzas de los discípulos de Cristo.
Los principios de la Teología de la Liberación fueron retomados en México por un sector de sacerdotes, liderado por Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, quien desde 1972 planteó: “La Iglesia debe denunciar la injusticia dentro de sí misma y la violencia de los opresores, aunque sean sus hijos…” “La exigencia de la lucha es, ante todo, renovación doctrinal, pero también práctica: es una revolución cultural profunda” (Hernández Vicencio, 2012, p. 13).
Con Méndez Arceo se plantearon propuestas que la jerarquía católica reprochó abiertamente por su contenido popular:
Un nuevo modelo de iglesia habría de desarrollarse con la creación de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), consideradas como una Iglesia en movimiento, con el compromiso de muchos cristianos con las luchas populares, con la proliferación de grupos de defensa de los derechos humanos, así como con la emergencia, en el contexto mexicano del surgimiento de una ‘teología india’(Hernández Vicencio, 2012, p. 107).
El padre Barón, guardando las circunstancias y contextos, tiene un paralelismo con Gustavo Gutiérrez, principal exponente de la teología de los pobres; ambos fueron indígenas, basaron su acción y pensamiento en contextos étnicos y fueron excluidos y perseguidos por su opción preferencial evangélica en favor de los oprimidos. La simultaneidad de las acciones de Barón Larios con la aparición del pensamiento de la TDL supone una adscripción a la praxis y al compromiso contra la opresión (Gutiérrez, 1975, p. 78). Conoció a otros representantes de esta iglesia, como Samuel Ruiz, obispo de Chiapas, involucrado en el conflicto del Ejército de Liberación Nacional (EZLN), y Arturo Lona, “el obispo de los pobres”.
Lucha agraria en los 70s en la Huasteca
Un nuevo grupo de jóvenes sacerdotes llegó a finales de los años 60s y principios de los 70s a la Huasteca hidalguense. Se incorporaron a la actividad pastoral. La región huasteca, en los siguientes años, se convertiría en una arena de conflicto social de grandes dimensiones. El padre Barón, junto con Pablo Hernández Clemente y Samuel Mora, formó el Equipo Pastoral de Atlapexco Tlaneltemoquetl (EPA) en 1972, al que se sumaron otros cinco clérigos para atender varias parroquias de la zona.
La Huasteca hidalguense, ubicada en el centro de México, y al norte del estado de Hidalgo, es una región geográficamente compartida por otras entidades federativas (San Luis Potosí, Veracruz, y Tamaulipas) principalmente de población indígena nahua, que hasta la década de los 80s vivió condiciones de opresión y marginación social como también un exacerbado dominio político, de estilo decolonial, que permitió históricamente el control de las tierras de las comunidades indígenas por familias oligárquicas (Vargas, 2009; Reygadas, et al, 2015).
La Huasteca hidalguense vivió a principios de los 70s una confrontación social entre poderosos y desposeídos de la tierra, derivada de pugnas históricas entre terratenientes y caciques por el dominio de la región a través del despojo de la tierra comunal indígena y enfrentados a otros grupos políticos de Hidalgo (Vargas, 2009). Propiciadas por el presidente Luis Echeverría y por organizaciones campesinas oficialistas como la Confederación Agrarista Mexicana (CAM) y la Central Campesina Independiente (CCI), pero, sobre todo, por la reorganización indígena, se suscitaron “tomas de tierra” en predios de rancheros y ganaderos, que configuraron un gran movimiento campesino por la recuperación de la tierra.
Fue una lucha cruenta y sin cuartel que quiso ser sofocada por gobiernos, locales y federales, que incluyó la “guerra sucia” dirigida contra movimientos armados, donde intervinieron de manera violenta el ejército y mercenarios paramilitares para controlar las invasiones de tierra que paulatinamente fueron cientos desde 1974 hasta 1981. En el transcurso de las batallas rurales se produjo una violación sistemática de derechos humanos que, hasta la actualidad, ha quedado impune: desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, secuestros, agresiones y asesinatos individuales y colectivos forman parte del escenario del conflicto (Vargas, 2009; Reygadas et al., 2015).
La violencia estatal social fue inducida, para muestra unos botones, por ejemplo, el 27 de abril de 1975 masacraron a seis representantes indígenas en el centro de Huejutla, capital de la región, ordenada por caciques; estos acontecimientos se repitieron varias veces, la muerte de Pedro Beltrán líder del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en la región; y la masacre del 14 de mayo de 1977 en Huizotlaco, Atlapexco con la ejecución de tres indígenas y 12 heridos por pistoleros enviados por ganaderos, este último acontecimiento dio lugar a la formación de la Organización Independiente de Pueblos Unidos de la Huasteca (Vargas, 2009, pp. 595 y 597).
Ante esta situación, el Equipo Pastoral de Atlapexco Tlaneltemoquetl jugó un papel relevante como actor directo, aunque complementario, que humildemente no se sobrepusieron a los liderazgos campesinos y las organizaciones que fueron surgiendo. Fueron parte de la intelectualidad orgánica, con ideas, apoyos y, principalmente, consuelo, alivio, fe y esperanza.
En el momento crucial del conflicto, los sacerdotes de los pobres hicieron su aparición de manera decidida, jugándose su empleo, su prestigio y su vida. En 1975, el Equipo Pastoral de Atlapexco Tlaneltemoquetl denunció en un escrito que se refería al hambre, la miseria, los sueldos irrisorios y el trabajo eventual de la población indígena; la discriminación en las oficinas gubernamentales; el hecho de ser objeto del odio, la codicia y el racismo hacia los indígenas por parte de los detentadores de la riqueza; y la discriminación de los no indígenas aun en la propia iglesia. Del mismo modo, fue importante su manifestación para denunciar estos abusos, pero también para mantener su posición de que no se está contra ninguna persona y que, antes, lo que se pide es que los ricos vean a los indígenas “como iguales” (Barón, 2002, p. 2).
Esto permitió romper el cerco de silencio que se mantenía en la región. Barón Larios se convirtió en una voz independiente y autorizada para hablar del conflicto y sus orígenes. Los sacerdotes “rebeldes”, como les decían en la diócesis del Obispado de Huejutla, encontraron eco en organizaciones y medios de comunicación nacionales e internacionales, particularmente con el Centro de Comunicación Social (CENCOS), dirigido por José Álvarez Icaza. Después, el Equipo Pastoral hizo un recuento de las desapariciones y asesinatos, y se formuló una denuncia por violación a los derechos de los indígenas nahuas que fue entregada al Tribunal Russell de Holanda en 1980, encargado de atender violaciones a los derechos humanos3. De la respuesta de este tribunal no se sabe nada.
De esa denuncia ante el organismo internacional, hay un expediente, de tres tomos con narraciones, algunos de ellos mecanografiados y otros más manuscritos, se relatan violaciones graves y ejecuciones extrajudiciales, como el del 24 de noviembre de 1979 en Tenexapa, municipio de Huazalingo:
Como los compañeros campesinos se encontraban trabajando (se repartían el maíz cosechado en la milpa colectiva), ahí mismo los pistoleros y sus padrinos aprovecharon para balacear a los compañeros, siendo alcanzado por las balas uno de ellos. Herido, lo aprehendieron, lo llevaron a una peña, lo acribillaron y luego lo despeñaron de una altura aproximada de 80 metros (Montoya, 2018).
Otro acontecimiento más fue el 1 de marzo de 1980 en Ecuatitla, municipio de Huejutla de Reyes: “Hoy a las 5:00 horas entraron el Ejército y la Judicial, ayudados por pistoleros, a la comunidad de Ecuatitla y a la de Mesa de Limantilla, ambas del municipio de Huejutla, reprimiendo brutalmente a nuestros hermanos campesinos. El Ejército respaldaba a los judiciales y a los pistoleros de los caciques regionales Efraín Zúñiga, Emilia Badillo, y la familia Austria”.
De los años de la lucha agraria, el padre Barón lo recuerda nítidamente:
En los 70, si se quiere, fue la insurrección de los indígenas, pero antes, por ejemplo, veía usted las grandes extensiones de tierra que habían sido de nuestros padres y que las poseían otros, y que se usaba la ganadería extensiva. Iban robando es la palabra. Iban recorriendo los linderos en una borrachera con el juez y el comisariado, y se iban ampliando y ampliando, reduciendo la cuestión agrícola de los campesinos. Llegamos a un tiempo en que el campesino en lo que fue su tierra tenía que pedir prestado para que lo dejaran sembrar, pero la obligación era que tenía que dejar sembrado pasto. Y después sí le daban otra parte de lo que era de él, pero lo tenía otro (Peralta, 2015).
El José Barón fue convirtiéndose, con el paso de los años, en vocero de los problemas de la región, todo ello con anuencia de liderazgos locales; inclusive se hizo una voz autorizada para tratar asuntos de las organizaciones indígenas, hasta de las más radicales como la de la Organización Independiente de Pueblos Unidos de la Huasteca (OIPUH-FDOMEZ) con las que tenía estrecho vínculo, de tal forma que efectuaba críticas y sugerencias a la organización interna: “No deben tener miedo los líderes hay que aceptar las condiciones de que puede o no puede, ahora no se ve lucha social, es casi imperceptible… y sí se piensa en una restructuración de la organización tiene que abrirse a las ideas de los muchachos” (S. Hernández, 2009, p. 13).
El compromiso teológico por los pobres
El padre Barón tenía conciencia de que su opción evangélica le traía problemas, incluso dentro de su parroquia y entre la jerarquía eclesiástica con la que estaba directamente relacionado, en particular la Diócesis de Huejutla, de la que dependía. El Equipo Pastoral de Atlapexco fue constantemente agredido, tanto dentro como fuera de la iglesia. Los colegas que no comulgaban con sus ideas les decían “sacerdotes rebeldes”; uno de sus ofensores llegó a decir: “Excelentísimo señor obispo, qué admirable trabajo realizan los padres de Atlapexco, ¡lástima que se encuentren fuera de la Santa Madre Iglesia!” (Barón, 2002, p. 2).
El tema principal de los sacerdotes rebeldes era que se alejaban de la ortodoxia y que su compromiso con los humildes no se veía correctamente dentro de la jerarquía. El padre Barón y sus compañeros vivieron todo tipo de presiones, incluso ser vigilados y perseguidos por las estructuras del poder político. Desde dentro de la iglesia los intentaron sancionar, dispersar, separar y remover de sus parroquias cuando estalló el conflicto por la tierra.
En los años 80s, cuando el conflicto agrario empezó a reducirse, tuvieron problemas con su desempeño y formación. El sacerdote Pablo Hernández acudió a Medellín, Colombia, y Barón Larios obtuvo una beca en 1980 para realizar la maestría en desarrollo regional en la Universidad Iberoamericana, ambos sin apoyos ni concesiones (Barón, 2002, p. 3). El Equipo Pastoral (EPA) se fue diluyendo debido a la ausencia de los tres principales sacerdotes, pero la labor continuó con los catequistas.
Recibieron toda clase de acoso y hostigamiento por su labor. Atlapexco es un municipio donde históricamente gobiernan cacicazgos, el padre Barón relata una acusación ante el obispado que fue causa de su remoción de la parroquia:
Una familia… que nunca pudo someterme a sus intereses, políticos en esta ocasión”. Les dijeron a mis superiores que prácticamente era yo el que encumbraba a los candidatos para que fueran presidentes municipales… llegaron tarde porque en 18 años pude haber encumbrado por lo menos cinco alcaldes (Barón, 2002, p. 4).
Esta denuncia fue aprovechada por la Diócesis para trasladarlo de la parroquia de Atlapexco a la de Macuxtepetla, Huejutla, de modo fulminante, donde había muchos problemas:
No ha sido fácil. Nada fácil. Pregunten a los que han estado ahí. Me tocó llegar en un momento de marcada violencia: cafetales y milpas chapoleadas…gente amarrada y golpeada con salvajismo feroz. Muchos de los golpeados se han venido muriendo a consecuencia del trato inhumano que recibieron (Barón, 2002, p. 4).
La remoción y dispersión del EPA no amainaron la vigilancia y el hostigamiento a los sacerdotes rebeldes.
En 1994 con el surgimiento del EZLN, en Chiapas, y la campaña de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial por el PRI en 1994 que inició en Huejutla, le entrevistaron medios de prensa, su respuesta fue “las condiciones de la Huasteca no son diferentes de las de Chiapas, unas cuantas palabras me trajeron complicaciones constantes y prolongadas”, esto orilló a que llegara el gobernador de Hidalgo Jesús Murillo Karam4 y el Delegado de Seguridad Nacional y tenía constantemente a policías judiciales: “en promedio venían a mi casa dos veces por semana” (Barón, 2002, p. 5).
Sobre la visita de Jesús Murillo Karam a la Huasteca, dijo: “El gobernador fue a buscarme al templo donde yo realizaba el sacramento del bautismo. Antes se había introducido, de improviso, al curato pensando quizá encontrase con cajas y cajas repletas de armas. Le falló” (Barón, 2002, p. 5).
Pensamiento y doctrina
En la Teología de la Liberación se encuentra una serie de elementos o principios característicos que fueron comunes desde el inicio del sacerdocio de Barón Larios. Pero además de realizar su labor pastoral, creía fervientemente que era indispensable seguirse formando para responder a las necesidades de la gente de “manera integral”, Pablo Hernández fue a Medellín, Saúl Mora estudió psicología y el desarrollo regional.
El pensamiento del padre Barón coincide de manera simultánea con la TDL, sin seguir el canon teórico y, más bien, centrado en los principios fundamentales; fue en el campo de la realidad, como fue desarrollando sus ideas progresistas, que coincidieron con la teología de la liberación, en la praxis misma, en la caridad y en la fe cristiana. La opción preferencial por los pobres se tuvo de modo connatural desde su formación inicial; siempre hablaba de “mis hermanos campesinos”, conocía muy bien los términos “otro” y “nuevo humanismo” (S. Hernández, 2013).
La identidad directa con sus creyentes era sincera; fue construyéndose desde que salió del Seminario y se quedó en la huasteca:
El afán de identificarme con mi pueblo me ha llevado a experiencias fuertes, intensas y muy satisfactorias, las más; y no han faltado las que producen temor y dolor; sin embargo, unas y otras me han ayudado a ser más hermano de mis semejantes… Se cumplieron 40 años de que fui ordenado sacerdote católico; este tiempo y el de formación, he querido utilizarlo para volver a mis raíces que sin culpa perdí, soy consciente de que en mi vida ha empezado a ser de noche, esta realidad no me inquieta; compruebo que vivo porque estoy muriendo, solamente me digo, de vez en cuando: se pudo hacer algo más y se pudo hacer mejor (E. Hernández, 2005).
El vínculo y la praxis de llevar el evangelio a los más pobres (Concha, 2012) se realizaron de manera natural. Los más pobres eran los indígenas de la Huasteca. El acercamiento de la pastoral a los movimientos sociales fue directo y sencillo con las comunidades indígenas nahuas. No tuvo ninguna contradicción teórica ni filosófica que generara el compromiso con las causas populares: él mismo lo dijo: “fuimos acompañantes y asesores del movimiento campesino” (Barón, 2002, p. 2).
La manera de impartir la catequesis en las localidades indígenas de la Huasteca fue muy directa y sencilla, los sacerdotes leían y enseñaban la biblia con ejemplos del entorno, inclusive el Equipo Pastoral (EPA) se constituyeron en alfabetizadores, sobre todo en lugares incomunicados donde no había caminos ni los servicios más elementales, fue en ese momento en que conectó el catecismo con el desarrollo de la conciencia de la fe y las aspiraciones de la grey católica con las demandas reivindicativas de los indígenas. La TDL alcanzó su verdadero significado.
La igualdad entre sacerdote y creyente se practicaba comúnmente:
Tuvo y defendió una visión de compañerismo y respeto hacia los campesinos de la Huasteca, en un plano de igualdad compartía su lengua, vestuario, música, y como entendían la religión; a muchos de ellos les dio voz, plasmando en su libro de relatos pero que en ese texto nos los dio a “los de afuera” para que entendiéramos la cultura indígena (Comunicación personal Irma Eugenia Gutiérrez, 14 de mayo de 2021).
La visión de su práctica religiosa quedó plasmada en un hecho singular, entre quienes le conocieron:
Muchas veces vi al padre Barón reunido al pie de un árbol o recargado en una piedra con un grupo de campesinos en la hora del catecismo donde con ellos hablaba de la tenencia de la tierra, de sus derechos sobre ella y también hablaba de Emiliano Zapata. Para el padre Barón era la tarea necesaria de un sacerdote allá (I.E. Gutiérrez, 2019, p. 23).
La apropiación de los principios de la TDL fue plena; tanto la narrativa de los preceptos como la comprensión del papel que desempeñó y su estrecho vínculo con su grey nunca se vieron fuera de su entorno ni en la otredad:
El indígena en un país como el nuestro vale desde donde se le ve. Si se ve desde la parte de los explotadores, valemos en cuanto les sirvamos, y si se ve desde la parte de nosotros, pues es otra identidad, porque yo encuentro dos identidades: una con la que nos designan nuestros hermanos mestizos, y aquella con la que nosotros nos designamos (Peralta, 2015).
Los sacerdotes jugaron un papel estratégico en la formación de la conciencia, pero nunca intentaron suplantar a los verdaderos actores del cambio social, los indígenas, como protagonistas de su propia liberación. La Teología promovió la renovación de la Iglesia católica desde la fe de las personas y el papel de las comunidades y el anuncio liberador del Reino de Dios (Gutiérrez, 1975, p. 67). El padre Barón entendía la Teología de la Liberación como una doctrina que enseña a acercarse al pueblo, a convivir con él y a comprometerse con su vida y sus demandas como parte de la fe.
El desarrollo de la conciencia se realizó mediante la labor evangélica. La catequesis tenía una función alfabetizadora en muchos sentidos: los sacerdotes de la TDL hablaban de la palabra de Dios y al mismo tiempo enseñaban las primeras letras y les enseñaban a los estudiantes sobre su entorno. Así formaron una gran cantidad de generaciones, en toda la región, en decenas de comunidades.
La reflexión de los creyentes sobre la reconstrucción de la fe, parte medular de la TDL (Gutiérrez, 1975, p. 16), también se llevó a cabo en misas y homilías de la Huasteca. Un periodista le preguntó: “¿El Evangelio es para los muertos o para los vivos?” “Es para los hijos de Dios, para hacerlos más hombres, más capaces de responder a sus principios y al trabajo que tenemos con los demás”. El padre Barón nunca abandonó las virtudes teológicas y los principios de la doctrina social de la Iglesia; la caridad, la esperanza y la felicidad fueron las palabras que acompañaron el bautismo. Sobre el Evangelio pensaba: “¿El Evangelio es para el espíritu o para la carne? Es para los hombres que somos cuerpo y alma (Peralta, 2015).
El diálogo con el comandante Marcos5
El periodista Enedino Hernández tuvo la oportunidad de entrevistar al Padre Barón, en que reveló un dialogo con el comandante Marcos, líder del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en una gira sobre principales regiones del país, que denominó la “Otra campaña”, que fue una convocatoria a la sociedad mexicana y particularmente a los pueblos indígenas mostrando el México profundo de grandes desigualdades, en el contexto del proceso político electoral presidencial de 2006, conversación que rescata las coincidencias y diferencias entre ambos sobre el cambio social en México,
Apenas el 28 de noviembre tuve la oportunidad de estar presente en la ciudad de Xilitla, en el estado de San Luis Potosí, en un evento indígena para mí muy importante. El Subcomandante Marcos presidió el acontecimiento, precisamente cuando clausuraba ahí La Otra Campaña, luego de estar en los 32 estados de nuestro país. De este hombre debo decir: que he aprendido muy bien a medir el tiempo con nuestro metro indígena… (E. Hernández, 2005)
Barón Larios pudo contrastar con Marcos sus ideas y estrategias para abordar el tema de la opresión:
No lo vi porque llevaba su mascarita, no sé si es hombre de fe, pero coincidimos en que nos hemos acercado al que sufre, quizá de forma equivocada, pero coincidimos en creer en el hombre. Él (Marcos) está haciendo bien, pero a lo mejor por otra vía. Quizá en la meta nos encontremos porque nosotros tomamos otro camino. No estamos contra ninguna persona. Simplemente reprobamos la explotación, la injusticia y la maldad. Trabajamos por la liberación total del hombre. Estamos contra esas relaciones de injusticia que vivimos en esta región y buscamos la transformación de esta sociedad (E. Hernández, 2006).
Seguidamente, subrayó:
tengo la convicción de que, en Xilitla, Marcos, escuchó y sintió nuestras congojas mediante la participación de unos treinta indios, líderes naturales, valientes y comprometidos; intervinieron también tres personas no indígenas pero sí preocupadas y comprometidas en la problemática indígena, estas intervenciones se desarrollaron por espacio de cinco horas, el Sub permaneció atento y tomaba notas; incluso durante un lapso en el que unos muchachos bailaron huapangos (E. Hernández, 2005).
La presencia del padre Barón en esa reunión, permitió rememorar su teoría-práctica de los postulados de la teología de la liberación y del problema indígena tanto de la huasteca como de otras regiones indígenas:
¿De qué hablamos, de aquellas hermanas y hermanos? Se tocaron muchos temas; entre otros, los siguientes: desempleo y migración, educación (para instruir a los indios cualquiera puede ser maestro), violencia en las comunidades indígenas, maltrato a la mujer indígena (está culturalmente marginada), salud (clínicas sin médico ni medicinas), alcoholismo (causante de mil tragedias), discriminación del indígena en todas partes… (E. Hernández, 2005).
También dijo que se abordaron temas en ese encuentro tales como:
engaño de todos los políticos que sólo nos utilizan como escalera, dependencia total del gobierno en cualquiera de sus niveles, agotamiento de nuestras comunidades, transculturación forzada de nuestras y nuestros jóvenes, destrucción de nuestras culturas (quieren lo nuestro sin nosotros), experiencias negativas con gente de iglesia, SIDA, droga, exterminio, etc. (E. Hernández, 2005).
José Barón Larios expresa que, ante toda esta situación,
“hay conciencia de clases que se fortalece; tenemos organización que se afirma, no obstante los obstáculos, la vigilancia malsana y mucha sospecha; sentimos apoyo de muchas personas, también de sacerdotes y religiosas…” (E. Hernández, 2005).
Dijo que en su intervención no insistió en lo dicho, pero mostró la dimensión histórica de los movimientos sociales en México y su comprensión del pasado-presente:
Sólo afirmé que los problemas son los mismos o muy similares a los de nuestro estado que reaccionó en los años setentas; Chiapas lo hizo en 1994; Guerrero en los cincuenta; Chihuahua en su momento; Oaxaca lo está haciendo… Todos estos movimientos han tributado sangre y vidas (E. Hernández, 2005).
Otra de las coincidencias con la “Otra campaña” fue rememorar la situación indígena de la huasteca hidalguense:
Nuestros muertos fueron alrededor de 300, demasiada represión. Agradecía yo al visitante el hecho de que, de 1994 para adelante, hubiera logrado cimbrar la conciencia indígena de un extremo a otro del continente; desde el Canadá a la tierra de fuego. Es usted todavía muy joven, le decía al visitante de Xilitla, aún tiene mucho por hacer y terminaba mi alocución con una frase náhuatl: Amo ximo tzinquixti (no te rajes) (E. Hernández, 2005).
Asimismo, José Barón Larios compartió su idea sobre la política y los políticos, que fue acuñando y los trató durante seis décadas:
después Marcos, hizo salir a la prensa, incluso a los suyos e invitó a algunos pocos a quedarnos. Ahí, lo que dijo podía resumirse en las siguientes ideas: “del lado político nada se puede esperar, todos los partidos políticos son lo mismo y hacen lo mismo (E. Hernández, 2006).
La conversación con el Subcomandante Marcos fue aleccionadora para Barón Larios, supo diferenciar los bandos del trabajo sacerdotal y el político, de la opción por la fe y el compromiso de la acción radical:
La guerra no nos sacó de apuros; con las intervenciones le insistían en que hablara con el presidente de la República, nos dijo que no lo haría. Hablé con él y nada se logró, tampoco este es el camino; sugiere la unidad, pero no con las armas en la mano, insiste en la organización solidaria y coordinada; les ve futuro a las cooperativas (E. Hernández, 2006).
Cultura, derechos indígenas y migrantes
A grandes rasgos, se podría decir que el padre Barón concentró su obra de vida en la “opción por los pobres”, en particular en los derechos indígenas, la cultura y los emigrantes en Estados Unidos.
Sobre los derechos indígenas, expuso:
Llevo en el corazón y en la mente el deseo y el propósito de aprovechar cualquier instancia para hablar, oportunamente e importunamente, del mundo indígena. Es decir, de mi gente, de mi raza; de los míos, que pareciera que en todas partes ocupáramos un lugar ajeno, a pesar de que nuestros padres fueron dueños de esta inmensa tierra (E. Hernández, 2006).
Sobre derechos indígenas escribió muchos artículos, algunos pudieron publicarse en diarios locales; en su ponencia “Violencia Social en la Huasteca”, presentada en el I Congreso Nacional Derechos Humanos, Violencia Social y de Género en 2010, vincula los derechos indígenas con la violencia social y no se deslindan de la posición pastoral. Acuña sus propias definiciones: la violencia es “la violencia consiste en obligar a una persona, grupo, minoría o pueblo a ceder en algo, aun contra su dignidad, naturaleza y voluntad, no importando los medios” (Barón, 2010, p. 2).
Ubica el surgimiento de la violencia, el odio y la discriminación contra las minorías indígenas:
Se inauguró con el mal llamado “descubrimiento” y las consecuentes invasión y conquista. El primer día del “descubrimiento”, Colón escribió en su diario, repetidas veces, el nombre de Dios. Los siguientes días, el término oro es la palabra que más se repite… nunca les importó –ni les importa– el valor de las personas. Junto con el amanecer del 12 de octubre de 1492, nació para nosotros el infierno que se perpetúa. Ya muchos grupos se extinguieron; de otros sólo quedan unos cuantos individuos; sin embargo, la justicia no llega. Ya pasaron 500 años del despojo, la explotación, la manipulación, el desprecio, la marginación y la discriminación del indio, y aún persisten. Decía un hombre de la Iglesia hace sólo unos meses que el mayor error en la Huasteca de Hidalgo fue haber devuelto la tierra a los indígenas. Con esos defensores, nuestros enemigos salen sobrando (Barón, 2010, p. 5).
Sobre la cultura indígena, fue compilador del libro Nahuas. Tradiciones, ritos, creencias (1994), en el cual presentó más de 60 relatos sobre el nacimiento, el matrimonio y los ritos celebratorios en la Huasteca, un auténtico catálogo de la práctica cultural.
La presencia del padre Barón se fue extendiendo fuera de la Huasteca, viajaba a las ciudades de Pachuca y México porque era recibido en varias familias y comunidades donde profesaba su fe sacerdotal. Lo mismo sucedió con familias emigrantes a Estados Unidos, viajaba por lo menos una vez al año a localidades de Los Ángeles, donde ejercía su labor con familias de la Huasteca.
Martirologio de un hombre de fe
Humilde como fue, al padre José no le gustaban los reflectores ni era adicto a las cuestiones mediáticas; rehuía los escenarios y las parafernalias grotescas y huecas. Para la cúpula religiosa, fue un sacerdote “incómodo” y constantemente era requerido para llamar la atención, bajo la presión de las autoridades de Gobernación.
Tal vez por eso, para los poderosos, por no ajustarse a los cánones “permitidos” por el oficialismo en 2012, postulados por organizaciones civiles para el Premio Estatal de Derechos Humanos, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Hidalgo (CEDH), dirigida por Raúl Arroyo, rechazó su candidatura, claramente por ser identificado como un promotor de las causas populares, particularmente por los derechos indígenas. Fue irrisoria la decisión en ese año, a favor de personas “premiadas” con nulo trabajo por los DD. HH.
Ante esta situación ominosa, la Fundación Arturo Herrera Cabañas (FAHC) y la Academia Hidalguense de Derechos Humanos (ACADERH), organizaciones civiles de hidalgo, decidieron instituir un reconocimiento a las personas que han aportado al engrandecimiento de la sociedad y, de algún modo, han dado parte de su vida a la defensa y protección de los derechos y libertades ciudadanas. El padre Barón Larios fue el inspirador y el primero que la iba a recibir; su fallecimiento el 26 de abril en Guadalajara obligó a que se entregara la distinción el 1º de mayo de 2013, de forma post mortem. Las organizaciones de la sociedad civil de Hidalgo decidieron que este reconocimiento, en lo sucesivo, se denominara José Barón Larios.
El cuerpo del padre Barón fue trasladado de Guadalajara a Macuxtepetla, donde la comunidad le hizo un guardia de honor, y de ahí pasó a Ixtlahuac II, Huejutla, donde vivió los últimos años y fue sepultado.
La memoria de las comunidades
Años después de su muerte, diferentes comunidades de la Huasteca Hidalguense recuerdan el fallecimiento de los tres sacerdotes Pablo Hernández, Samuel Mora y José Barón Larios (Manrique y González,2014). También en la localidad de su última morada, Ixtlahuac realizan misas cada año.
Aurelio San Juan García, jefe de redacción en el matutino ZuNoticia, manifestó que tiene recuerdos de Barón Larios desde los cinco años: “llegaba en un imponente caballo negro a la comunidad San Isidro, municipio de Atlapexco, Hidalgo, y ofrecía misa algunos domingos y días religiosos festivos”. Sabiamente, el sacerdote nunca nos obligó a creer en el dogmatismo de la Iglesia que tanto amaba; siempre nos respetó. Lo que nos unía a los tres eran los pueblos indígenas (S. Hernández, 2013b).
La importancia de la acción colectiva vinculada a proyectos sociales, como fue el vínculo de la defensa de la cultura e identidad indígenas de la huasteca hidalguense en conjunción con valores compartidos, fue construyendo una memoria colectiva bastante robusta que ha permanecido al pasar del tiempo. El pensamiento y la trayectoria de los sacerdotes de la TDL dieron significado profundo a los aprendizajes, a las enseñanzas en común, que en la actualidad se pueden reconocer, transmitir y valorar. Conjuntamente, individuos, comunidades y movimientos construyeron la memoria histórica de ese periodo y de esta región.
A manera de conclusiones
La Huasteca Hidalguense fue un escenario donde se dio el vínculo entre teoría y práctica de la Teología de la Liberación sobre todo en la década de los años 70s, en que un grupo de sacerdotes unió la labor pastoral con la grey religiosa católica y desarrolló el compromiso de la opción de los pobres. En esa región y ese momento, había los componentes de los que habló Gustavo Gutiérrez, promotor de la TDL, condiciones de opresión, catequistas comprometidos con su entorno, y una ferviente creencia en el cambio y liberación social.
Los aspectos sobresalientes de la TDL fueron aplicados y vividos tanto por sacerdotes como por las comunidades de base católica. El vínculo y la praxis de llevar el evangelio a los más pobres, el pensar la fe de forma crítica en relación con el entorno, la catequesis como una función alfabetizadora, el vínculo iglesia-mundo desde la praxis social, la igualdad entre el sacerdote y el creyente, la creencia de que la persona puede renovar el evangelio, el compromiso de caridad con la fe para la transformación y liberación social. Ello se dio en una región en proceso de cambio social, donde la problemática indígena fue el centro de la reflexión y la praxis para acercarse al reino de Dios.
Este vínculo original, de la palabra de Dios y acción liberadora, se produjo por la presencia y labor comprometida de sacerdotes, como el padre José Barón Larios, Pablo Hernández Clemente y Samuel Mora, quienes conformaron una corriente de renovación de la iglesia, precisamente en los años en que la TDL era puesta en cuestión por la jerarquía eclesiástica en Latinoamérica. Fue el primero de ellos quien más destacó por su labor intermediadora entre dos mundos, eligiendo la opción preferencial por los pobres.
El Padre Barón perteneció al grupo selecto de cronistas, catequistas y profesores que, desde la época colonial, no solo tradujeron la doctrina cristiana en la lengua indígena, sino que además vivieron el martirio de su gremio y trabajaron sistemáticamente por el rescate y recuperación de la mitología y cultura indígenas, enfrentándose a la barbarie, la discriminación, la exclusión y el autoritarismo, inclusive de la misma institución religiosa.
Es importante destacar que el compromiso de Barón Larios fue genéricamente dirigido a los más pobres, su elección fue convivir, alentar, y luchar con los nahuas de la Huasteca. Uno de sus principales trabajos se inscribió en el periodo de recuperación de tierras indígenas de las que los habían despojado. El papel de los sacerdotes de la TDL fue dar consuelo y orientación a sus seguidores, y algunas veces hicieron trabajo de intermediación y traducción de las demandas indígenas frente al poder. Y en veces, salieron a dar la voz y dar respuesta en medios de comunicación. Siempre fueron una voz mesurada que intercedió por la paz y la solución pacífica.
El padre Barón Larios, en los últimos días, dejó una petición póstuma:
Sintiéndome próximo al llamado del Padre –mi única esperanza– busqué la oportunidad de saludarlos –a todos los amo en mi Jesús–, agradecerles, pedirles su perdón generoso porque no siempre me comporté como hermano de ustedes en Cristo. En “los últimos años, me he dado a los cristianos de Ixtlahuac II”. La casa, las cosas y mis pobres restos son de ellos. No quiero salir de aquí. Si la enfermedad que me llevará a la muerte se prolonga, déjenme aquí con ellos. Mis vecinos sabrán qué hacer conmigo y con mis restos. Que aquí se lleven a cabo mis funerales de acuerdo con las costumbres de la comunidad. Si algún sacerdote en la misa de cuerpo presente me recuerda, por favor, que no hable de virtudes que nunca tuve. Ya saben ustedes qué se dice: «si quieres ser malo, cásate; y si quieres ser bueno, muérete». Una súplica postrera: oren por mí, pecador. Gracias. Las y los bendigo. Nos veremos en el cielo (Cencos, 2013).
Sobre el autor
Pablo Vargas González es director del Colegio del Estado de Hidalgo, cuenta con estudios de doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Guadalajara/CIESAS y realizó un posdoctorado en América Latina Contemporánea en el Instituto Ortega y Gasset de la Universidad Complutense de Madrid.
Ha investigado diversos temas: movimientos sociales, estudios electorales y análisis políticos, estudios de opinión pública y cultura política. Correo electrónico: pevargas@elcolegiodehidalgo.edu.mx, pablovg2001@yahoo.com.mx
Notas:
- El periodo de mandato de los presidentes Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría (1970-1976) estuvo marcado por la represión y la “guerra sucia” contra movimientos sociales opositores. ↩︎
- Sobre todo, en noticias y artículos periodísticos se dan diferentes fechas sobre la vida y la obra del personaje; tuve la oportunidad de tener varias conversaciones y me proporcionó datos de manera directa. Desde luego, las diferentes versiones también fueron el resultado de entrevistas. ↩︎
- En el libro Floriberto Díaz. Escrito: Comunalidad, energía viva del pensamiento mixe (La pluralidad cultural en México) se menciona que la denuncia fue entregada en 1980. ↩︎
- Jesús Murillo Karam ejerció como gobernador de Hidalgo entre 1993 y 1999. ↩︎
- La información de este rubro corresponde a la entrevista del periodista Enedino Hernández de 2006. ↩︎
Referencias
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